IrakViajes y crónicas

Cómo se vivió la última guerra de Irán en nuestro pueblo

Una columna de humo se eleva cerca del Aeropuerto Internacional de Erbil, en Erbil, el 1 de marzo de 2026. Foto: AFP

The New Region – Ayub Nuri – 27 abril 2026 – Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid

A primera hora de la mañana, en el trigésimo cuarto día de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, me desperté al ver una gran columna de humo negro elevándose en las afueras de nuestro pueblo, al oeste de Erbil. Con los ojos aún somnolientos, no tenía ni idea de qué estaba ardiendo ni cuál podía ser la causa, pero momentos después, mientras sacaba a pasear a uno de mis perros, vi a un vecino, un joven estudiante de Microbiología, sentado en una colina, leyendo un libro de la universidad y cuidando del rebaño de ovejas de su padre, y me dijo que el humo procedía de un incendio provocado por un ataque con drones contra una fábrica de plástico en la carretera de Mosul.

El humo seguía elevándose, haciéndose más denso por momentos, y el viento lo llevaba hacia el cielo de la ciudad de Erbil, donde se veía a muchos kilómetros de distancia. Un par de horas más tarde, a través de los medios de comunicación locales, supe que se trataba de una planta de aceite de motor que había sido atacada por cuatro drones. Ahora todo tenía sentido. El tipo de humo procedía sin duda de algún tipo de producto derivado del petróleo. Afortunadamente, nadie había resultado herido, ya que el incidente había ocurrido muy temprano por la mañana, antes de que el personal se presentara a trabajar.

De pie en la cima de una colina y comparando lo que veía con mis propios ojos con los vídeos que empezaban a inundar las redes sociales, se oía el sonido constante de aviones de combate sobre mi cabeza y muy cerca. Miré hacia arriba e intenté con todas mis fuerzas verlos, pero su velocidad, la distancia y los parches esporádicos de nubes primaverales lo hacían imposible. Pero entonces, justo cuando me rendía en mi intento de localizar ese sonido amenazador, un avión de combate apareció de la nada y descendió hasta el punto más bajo que jamás había visto a un avión de combate. Interceptó un dron ante mis propios ojos, sobre unos campos de trigo a no más de un kilómetro y medio de distancia. El dron quedó hecho pedazos y el sonido de la explosión, junto con el estruendo ensordecedor del propio avión, llenó toda la zona. En cuestión de un par de horas, aparecieron en Internet muchos vídeos del avión, grabados por transeúntes locales, y supe que se trataba de un F-15 que había derribado el dron y había fallado al intentar derribar otros. En 2017, desde la cubierta del USS George H.W. Bush en Baréin, había visto aviones despegar en misiones de bombardeo contra el ISIS en Irak y Siria, pero nunca los había visto en acción tan de cerca.

Desde luego, no era el primer dron que se interceptaba en los cielos sobre nuestro pueblo durante esta última guerra. Conté al menos una docena sobrevolándonos, a veces tan bajos que, si fuera un experto en drones, habría podido distinguir sus detalles y marca. En la mayoría de los casos eran interceptados a nuestro alrededor, o tras pasar por nuestro pueblo y antes de llegar al aeropuerto de Erbil o a cualquier otro objetivo al que se dirigieran.

La mayoría de los drones venían de la dirección de Mosul, que se encuentra al oeste de donde estamos, y lo más probable es que fueran lanzados desde zonas controladas por milicias iraquíes conocidas como las Fuerzas de Movilización Popular (PMF, o Hashd al-Shaabi) en las llanuras de Nínive.

La guerra transformó por completo el cielo de nuestro pueblo. Una mañana normal en mi pueblo, antes de la guerra, consistía en observar algún pájaro nuevo que se acercaba a las granjas, arroyos y campos de nuestra zona. La mayoría de las mañanas se trataba de una pequeña bandada de patos salvajes o un par de halcones revoloteando por ahí. Ahora, con la primavera en pleno apogeo, es la temporada de las golondrinas. Llegan en grupos familiares, sobrevuelan nuestros estanques cazando mosquitos e insectos, y aterrizan tan suavemente sobre los juncos que no provocan el más mínimo movimiento en el juncal. Durante las tormentas, se refugian en los marcos de las lámparas bajo el alero de mi casa. Entre ellas hay abubillas, alondras y cernícalos, por no mencionar los diversos búhos que nos visitan al caer la noche.

Este armonioso coro de aves se mezclaba con el sonido de drones, cohetes, aviones de combate, bombarderos, aviones de transporte y helicópteros. En algunas ocasiones, logré grabar la acción, y cada vez que revisaba los vídeos más tarde, veía en la pantalla aves y drones volando en diferentes direcciones. Las explosiones sacudían todo el pueblo y notaba cómo cada criatura se veía sacudida de su tranquila rutina. Por ejemplo, en el momento en que un dron cayó no muy lejos de mi casa, una enorme bandada de palomas de roca que se había estado alimentando discretamente en las laderas rocosas se dispersó y desorientó. Durante las interceptaciones nocturnas, no podía ver a las aves, pero las oía, especialmente a las avefrías y a las cigüeñuelas, chillando y alzando el vuelo hacia la oscuridad. Mi perro y los de otros aldeanos también empezaron a emitir un sonido característico que solo empecé a oír con el inicio de la guerra y que era, sin duda, el sonido del miedo.

Como periodista que ha cubierto diversas guerras y conflictos en Irak, he visto aviones de combate y bombarderos en acción. Durante la invasión estadounidense de Irak en 2003 para derrocar el régimen de Sadam Husein, me situaba junto a los observadores estadounidenses en el frente y los veía solicitar ataques aéreos contra las posiciones enemigas. Oía el sonido lejano de los aviones antes de que se acercaran y lanzaran bombas devastadoras sobre su objetivo, lo cual parecía una película o un videojuego en el que jugaba otra persona.

Esta guerra, sin embargo, estaba literalmente mucho más cerca de casa. Tan cerca que en algunas ocasiones pensé que los drones podrían llegar a atravesar mi ventana o, al menos, caer sobre mi tejado si eran interceptados allí. Esos drones que pasaban rozando a menudo caían cerca y yo sentía la sacudida, veía el humo y oía la explosión. Esas ocasiones me transportaban a mi infancia en los años 80 y a los días de la guerra entre Irán e Irak. Me trajeron a la memoria las precauciones que nos habían enseñado de niños para protegernos durante un bombardeo. Así que cada vez que pasaba uno de esos drones, instintivamente me tumbaba en el suelo para evitar la metralla y los escombros que volaban, mantenía la boca abierta y evitaba taparme los oídos.

Aquí la historia realmente se repite.

Un día, en los primeros compases de la guerra, conté más de trece aviones, muy altos en el cielo y resplandecientes bajo la luz del sol, volando hacia el este, en dirección a Irán, y más tarde ese mismo día llegó la noticia de intensos bombardeos en Irán. Al igual que los aviones de combate, los bombarderos y los drones sustituyeron a la miríada de pájaros en el cielo, estos aviones militares también sustituyeron a la innumerable cantidad de aviones comerciales transcontinentales que solía sentarme a observar desde el jardín delantero de mi casa antes de la guerra, preguntándome a qué país volaban.

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