Por el fin del «campismo», la guerra contra Irán y el lavado de imagen anti-imperialista de la República Islámica

Tempest Magazine – Somayeh Rostampour – 9 mayo 2026 – Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid
Somayeh Rostampour sostiene que quienes se oponen a la agresión estadounidense e israelí en Irán deben superar el «campismo» [1]; de lo contrario, no lograremos reconstruir una izquierda genuinamente emancipadora ni revitalizar un internacionalismo verdaderamente popular.
Irán está atravesando una fase de violencia e intensidad excepcionales. Tras el genocidio en Palestina y la destrucción a gran escala infligida al Líbano, Estados Unidos e Israel también están participando en la devastación de vidas, cuerpos, territorios e infraestructuras vitales en Irán. Allí han estado atacando no solo refinerías y depósitos de combustible, sino también centros de salud, recursos hídricos, sistemas energéticos, instalaciones petroleras, escuelas y otros espacios civiles. En Minab, una escuela de niñas quedó arrasada y más de 168 personas perdieron la vida, entre ellas niñas baluchis. Esta guerra ha alterado las condiciones mismas de la reproducción social, agravando aún más la vulnerabilidad de las clases trabajadoras. Ha socavado la base material de la autonomía social, haciendo retroceder varios pasos las luchas desde abajo y reforzando formas de etnonacionalismo impulsadas por el Estado o la sociedad. El rápido cambio, en el espacio de un mes, de la promesa de Trump de «hacer grande de nuevo a Irán» a la amenaza de reducir el país a la «edad de piedra» disipó cualquier ambigüedad restante sobre la lógica imperial en juego —una fórmula que recuerda inequívocamente el lenguaje de la Guerra del Golfo de 1991 contra Irak.
Esta violencia imperialista «externa», sin embargo, no puede entenderse al margen de la crisis interna a través de la cual la República Islámica ha estado intentando reconstituir su autoridad. Desde el levantamiento de 2022, tras el asesinato policial de la joven kurda Jina Mahsa Amini, la República Islámica ha buscado continuamente, en cada guerra y crisis geopolítica, formas de restaurar parte de la autoridad y la respetabilidad que ha perdido.
La paradoja del asalto imperialista y la legitimidad del régimen
La guerra librada por la potencia colonial genocida israelí contra los palestinos tras el 7 de octubre de 2023, seguida del primer ataque israelí-estadounidense contra Irán en junio de 2025, ofreció a la República Islámica un marco inicial para su rehabilitación. Sin embargo, la masacre de enero de 2026, durante la cual miles de manifestantes iraníes fueron asesinados en solo dos días por las fuerzas del Estado teocrático, simplemente por protestar contra la crisis económica y la dictadura política, reabrió una aguda crisis de legitimidad, tanto a nivel nacional como internacional, para Teherán.
Cuando los iraníes aún estaban de luto, y mientras muchas familias ni siquiera habían podido recuperar los cuerpos de sus seres queridos asesinados en enero, Estados Unidos e Israel lanzaron una nueva invasión imperialista el 28 de febrero de 2026, aún más violenta que los asaltos anteriores. Paradójicamente, los ataques han ayudado hasta ahora a la República Islámica a recuperar parte de la credibilidad que había perdido a causa de la sangrienta represión del mes anterior.
Estos dos acontecimientos, la masacre y la guerra, no constituyen secuencias separadas ni dos formas opuestas de violencia —una represiva y la otra supuestamente liberadora—, sino más bien momentos sucesivos, incluso asimétricos, de un proceso contrarrevolucionario interconectado. La guerra «externa» prolonga y profundiza la contrarrevolución interna, permitiendo al Estado iraní reforzar la cohesión interna y, una vez más, sofocar la disidencia popular.
Reconocer esto no minimiza en modo alguno el hecho de que Irán ha sido, y sigue siendo, blanco de una agresión imperialista y colonial llevada a cabo con impunidad. Por el contrario, nos obliga a interpretar este asalto en términos de su función política más profunda: en primer lugar, como una empresa asesina de destrucción dirigida contra vidas civiles, cuerpos, infraestructuras y territorios, llevada a cabo bajo falsos pretextos y que amplía la empresa genocida llevada a cabo en Gaza, así como en Cisjordania y el Líbano; y, en segundo lugar, como el suministro de nuevos recursos a la República Islámica para su propia reconstitución.
¿Qué es el «campismo»?
La agresión israelí-estadounidense está reforzando la militarización de Irán, la represión y el aplastamiento de los levantamientos populares. También está intensificando una polarización política letal. Por un lado, parte de la oposición, especialmente los monárquicos, acogió con satisfacción los bombardeos imperialistas en nombre de su hostilidad hacia el Estado teocrático. Por otro lado, otras fuerzas políticas han vuelto a caer en la órbita de la República Islámica en nombre del anti-imperialismo y la oposición a la guerra. Mientras que la naturaleza reaccionaria de la primera corriente —proisraelí, proestadounidense y progenocidio— ha sido fácilmente combatida gracias a un consenso relativo entre las fuerzas progresistas y de izquierda, la segunda corriente ha captado, lamentablemente, a sectores de la izquierda y es igual de significativa.
Es en este punto muerto donde la cuestión del «campismo» resurge con especial urgencia. Por «campismo» me refiero a una serie de posiciones y tendencias que apoyan a cualquier fuerza o Estado basándose en su oposición al imperialismo occidental, independientemente de su naturaleza reaccionaria o progresista.
El «campismo», un legado de la Guerra Fría articulado por autoproclamados anti-imperialistas y partidarios del llamado «eje de la resistencia», suele reducir el mundo a una lógica binaria de dos «bandos»: el imperialismo (Estados Unidos, la OTAN, Israel y sus aliados) frente a «la resistencia» (Irán, Rusia, China, la Siria de Assad, etc.). Los levantamientos democráticos y subversivos contra estos últimos Estados, como Rojava, son así descartados como intrínsecamente sospechosos o como un «caballo de Troya» del enemigo. Cualquier crítica a los dictadores es inmediatamente descalificada como «complicidad con el imperialismo».
Las movilizaciones populares se reducen a meros «relés occidentales», o bien se instrumentalizan siempre que pueden servir a uno de los bandos. La lógica de «el enemigo de mi enemigo» se convierte en una coartada: se convierte en una excusa para pasar por alto la represión interna y las protestas que le siguen, como si no fueran más que partes de un conflicto geopolítico más amplio.
El resultado es que la solidaridad internacionalista y mutua, basada en las experiencias y destinos compartidos de las clases oprimidas, queda paralizada, incapaz de mantener unidos el antiautoritarismo y el anti-imperialismo. Con el pretexto de prevenir cualquier «explotación imperialista» de las revoluciones, los partidarios de los bandos tienden a privilegiar a una izquierda «prudente» y estructuralmente marginada, a veces condenada a la derrota perpetua.
Este «anti-imperialismo basado en la identidad» privilegia la lealtad a los Estados «antioccidentales» por encima de un análisis del capitalismo global. Al hacerlo, justifica la represión, el patriarcado, la homofobia y el colonialismo interno en nombre de la «resistencia». Se da prioridad absoluta a la lucha contra el imperialismo occidental, y las víctimas de estos Estados «anti-imperialistas» se convierten en «daños colaterales».
El ensayista irlandés Fred Halliday describió este tipo de pensamiento como «el anti-imperialismo de los necios». En nombre de la hostilidad hacia Estados Unidos, esta postura refuerza violentamente, en la práctica, un Estado teocrático que reprime a la izquierda, a las minorías nacionales, a las feministas y a los consejos populares. El concepto fue retomado posteriormente por la activista siria Leila Al-Shami en su libro Burning Country para designar a los partidarios de Bashar al-Assad durante la revolución árabe de la década de 2010. Desde la represión soviética del levantamiento húngaro en Budapest en 1956 hasta la actualidad, este anti-imperialismo de los necios ha enmascarado la violencia de Estado y la represión de las revueltas.
Esta tendencia se observa en ciertos segmentos de la izquierda occidental blanca, pero también en los modos de pensamiento descoloniales. Pertenece a lo que se podría llamar «anti-imperialismo-washing», el uso estratégico de la retórica anti-imperialista para ocultar, justificar o minimizar formas de autoritarismo y violencia fascista ejercidas dentro de las fronteras nacionales, especialmente cuando estos Estados se presentan como adversarios del poder hegemónico occidental. Aunque estas figuras denuncian el colonialismo de las potencias occidentales, permanecen en gran medida ciegas, e incluso cómplices, cuando se trata del «colonialismo interno», es decir, la forma en que los pueblos minoritarios, como los kurdos y los baluchis, describen su relación con el poder estatal iraní.
Esta práctica suele ir acompañada también de una forma de manipulación psicológica racial. El «gaslighting» se refería originalmente a la manipulación de las mujeres mediante el cuestionamiento sistemático de su palabra y su estado mental. Tras convertirse en un término clave en psicología y más tarde en una herramienta crítica del feminismo, ahora abarca de manera más amplia una forma de lenguaje político engañoso, violento e incluso negacionista. A las comunidades que históricamente han estado sometidas tanto a la dominación imperial como a la represión interna se les «enseña», desde posiciones de relativo privilegio, la interpretación «correcta» del imperialismo y la resistencia. Esta postura condescendiente no se limita a reafirmar las jerarquías coloniales del conocimiento; deslegitima las ideas y las experiencias vividas —la propia agencia— de quienes están sometidos a sistemas de violencia entrelazados.
Las consecuencias son demasiado tangibles. La República Islámica de Irán instrumentaliza este discurso descolonial para tildar a los manifestantes de «terroristas» y endurecer su aparato coercitivo. Esta lógica también ayuda a justificar las políticas discriminatorias dirigidas contra los migrantes afganos en Irán: al presentarlos como una amenaza interna, el Estado les atribuye la responsabilidad de dificultades que, de hecho, se derivan de su propio régimen político, social y económico.
Ninguna lucha debería quedar relegada a la «sala de espera de la historia» en nombre de una concepción lineal de la liberación, ni sacrificarse en aras de una jerarquía de causas supuestamente más urgentes.
La lógica contrarrevolucionaria del «campismo»
Tras el genocidio en Gaza y la guerra librada por Israel y Estados Unidos contra Irán en junio de 2025, el «campismo» ha vuelto a imponerse en parte de la izquierda radical mundial en Occidente, así como en América Latina, África y el mundo árabe. Reduce la política iraní a un duelo entre «Irán» y el «eje estadounidense-israelí». Los levantamientos populares, reprimidos sangrientamente desde 2017, son ignorados o reinterpretados a través del discurso oficial del Estado: «infiltración del Mossad», «revolución de colores», «complot occidental», etcétera. Este marco convierte a los movimientos sociales en una amenaza para la seguridad y legitima la represión —desde la violencia callejera hasta las ejecuciones— bajo el pretexto de un «estado de emergencia» o un «momento inoportuno». Al tratar a la población insurgente como el enemigo principal, resulta, de hecho, profundamente contrarrevolucionario.
Bajo el régimen en expansión de la guerra permanente, a las personas en lucha se les dice repetidamente que se retiren, que se pospongan en aras de una urgencia mayor. Incluso quienes reconocen la naturaleza represiva de estas fuerzas suelen dejar de lado las luchas emancipadoras en nombre de la estrategia. Esto es lo que Morteza Samanpour y Amir Kianpour han denominado «campismo estratégico». Las luchas feministas llevan mucho tiempo atrapadas precisamente en esta lógica: siempre se les pide que esperen, primero por la clase, ahora por el anti-imperialismo. Pero la política feminista ha denominado con claridad la verdad de este aplazamiento: más tarde significa con demasiada frecuencia nunca. Ninguna lucha debería ser relegada a la «sala de espera de la historia» en nombre de una concepción lineal de la liberación, ni sacrificada en aras de una jerarquía de causas supuestamente más urgentes.
Los recientes acontecimientos geopolíticos han dado a los campistas un margen de maniobra aún mayor. Durante la guerra de Israel contra Irán en junio de 2025, a menudo denominada la «Guerra de los Doce Días», la experiencia concreta de la destrucción reforzó las tendencias antibélicas dentro de Irán. Sin embargo, tras la sangrienta masacre perpetrada por el Estado en enero de 2026, una parte de la sociedad, agotada y enfrentada a un callejón sin salida, llegó a considerar erróneamente la intervención extranjera como un medio para derrocar al Gobierno, tras haber probado sin éxito otras vías internas y ante un Estado que no cede a la presión. Un destacado médico informó de que «al menos mil» pacientes (manifestantes) con lesiones oculares graves habían acudido a un solo hospital de Teherán tras las protestas de enero, todos ellos requiriendo tratamiento urgente para intentar salvar su vista.
Es precisamente aquí donde el «campismo» se derrumba. Condenar la guerra externa mientras se guarda silencio sobre la violencia estatal interna no es una postura antibélica basada en principios, sino una forma de relativismo que borra diferencias cruciales entre regímenes y modalidades de violencia. No se trata de una reivindicación del excepcionalismo iraní invocada para legitimar un ataque militar, como han hecho algunas corrientes trumpistas y monárquicas. Se trata, más bien, de la insistencia en que una dictadura teocrática, en la que un líder no elegido ejerce un poder extralegal sobre noventa millones de personas mediante el terror social, las ejecuciones, la tortura, el encarcelamiento político, el aislamiento digital, un régimen religioso misógino y políticas racistas y coloniales hacia las minorías nacionales y los migrantes afganos, no puede ser tratada como equivalente a Estados donde aún existen libertades civiles y legales, por limitadas que sean, y donde la violencia opera a una escala y forma estructuralmente diferentes. .
Condenar la guerra externa o la intervención imperialista sin denunciar explícitamente estas violencias internas, la masacre de su propia población, como hacen los «campistas», es tanto una completa interpretación política errónea de la dinámica en Irán como significa ponerse del lado del Estado contra el pueblo al que está matando. Los Estados gobiernan dividiendo a la gente y aplastando los levantamientos. Los «campistas» no se resisten a esta lógica; la siguen. Al tomar los Estados y sus alineamientos geopolíticos como su principal punto de referencia, reproducen y legitiman las divisiones impuestas desde arriba, sustituyendo la lealtad a los bandos estatales por las solidaridades forjadas desde abajo entre las personas en lucha.
Al tomar como punto de referencia principal a los Estados y sus alineamientos geopolíticos, reproducen y legitiman las divisiones impuestas desde arriba, sustituyendo la solidaridad forjada desde abajo entre las personas en lucha por la lealtad a los bandos estatales.
[1]
Una traición a la memoria del Sur Global
Desde la contrarrevolución islámica contra la auténtica revolución de 1979, parte de la izquierda nacional e internacional ha subordinado el análisis de clase y de género a su interpretación unilateral del anti-imperialismo. Las protestas de las mujeres contra el uso obligatorio del velo, por ejemplo, fueron marginadas, lo que contribuyó inadvertidamente a la consolidación del orden religioso y patriarcal, y llegaron a presentarse como una garantía de «autenticidad cultural», un signo de distinción respecto a Occidente y un indicador de independencia nacional. Así se configuró una narrativa dominante que ve la Revolución Iraní exclusivamente a través del prisma del antioccidentalismo y, al hacerlo, borra las fuerzas seculares, feministas, queer, kurdas, socialistas y otras fuerzas progresistas. Esta ideología es estructuralmente incapaz de reconocer la legitimidad de las luchas internas dentro de los Estados antioccidentales. Los pueblos no occidentales solo son reconocidos como objetos del imperialismo occidental; las experiencias vividas, las memorias colectivas y las subjetividades políticas de los grupos subalternos —mujeres, comunidades queer, minorías étnicas y clases populares— son sistemáticamente descartadas como distracciones insignificantes o como inventos de Occidente.
Tras el colapso de la URSS en 1991, esta orientación persistió en forma de tercermundismo estatista: la lealtad de las poblaciones se transfirió a los Estados «antiamericanos», y los derechos de las mujeres, las personas queer y las minorías se subordinaron a la «unidad anti-imperialista». Este enfoque, a la vez eurocéntrico y orientalista, ignora la subjetividad de los pueblos no occidentales. Considera que la violencia solo es grave cuando emana del bando estadounidense y se niega a reconocer que las poblaciones del Sur Global puedan luchar genuinamente por los derechos y libertades democráticos.
La «unidad anticolonial» se transforma así en autoritarismo nacionalista. Y acepta la lógica de un «estado de emergencia» aparentemente permanente: se da prioridad al poder estatal, la seguridad y la influencia geopolítica (por ejemplo: «Luchamos en Siria para no tener que luchar en Teherán»).
El «campismo» convierte la memoria anticolonial en un instrumento para legitimar a los Estados poscoloniales autoritarios. Convierte al Estado en el agente de la resistencia y despoja a los pueblos tanto de su legitimidad como de su subjetividad política. Al hacerlo, traiciona las memorias subalternas que a menudo se constituyeron contra el propio Estado. Paradójicamente, Estados como Irán se presentan como «independientes del capitalismo global», aun cuando siguen siendo máquinas de explotación interna y militarismo, preocupados precisamente por integrarse y competir con otros Estados en el escenario del capitalismo global.
Es precisamente en su relación con los márgenes colonizados de Irán donde esta lógica revela más claramente su violencia. El «campismo» no solo borra la pluralidad de las fuerzas de oposición iraníes. Arraigado en una concepción cuasi-colonial y securitizada de la soberanía y las fronteras, también reproduce jerarquías internas al relegar a un segundo plano las luchas étnicas kurdas y otras no persas, o incluso al descalificarlas. En este sentido, desde la yihad de 1980 contra el Kurdistán hasta los más de 100 ataques recientes contra partidos kurdos iraníes en el exilio en el Kurdistán iraquí durante la guerra, los «campistas» se han mostrado a menudo incluso más hostiles hacia los kurdos que el propio Gobierno iraní, minimizando o marginando la legitimidad de su resistencia.
Estas violencias forman parte de una historia más larga, agravada por el apoyo activo —o el silencio— de algunos actores del mundo árabe y de ciertos segmentos de la izquierda. El genocidio de Al-Anfal llevado a cabo por Sadam Husein durante la guerra entre Irán e Irak, que costó la vida a unos 180.000 kurdos simplemente por su identidad, ilustra esta dinámica. El trauma de la represión asesina se vio agravado por el apoyo de parte del mundo árabe y la negación del genocidio por parte de los intelectuales.
Más recientemente, en 2018, la ocupación de Afrin en Rojava por el ejército turco trajo consigo violencia, desplazamientos y destrucción sistemáticos. En respuesta, el líder de Hamás, Jaled Mashaal, declaró: «La victoria en Afrin es un símbolo de la voluntad de Turquía. Si Dios quiere, presentaremos grandes epopeyas para ayudar a nuestro pueblo», antes de elogiar el liderazgo del presidente turco Recep Tayyip Erdoğan y su partido, el Partido de la Justicia y el Desarrollo, que lleva más de veinte años en el poder.
Lamentablemente, estos acontecimientos han provocado una ruptura duradera en los lazos entre las luchas kurdas y las del mundo árabe o persa, así como con ciertos sectores de la autoproclamada izquierda anti-imperialista, que con demasiada frecuencia no han sabido reconocer ni apoyar la lucha kurda.
Instrumentalización estatal de las sanciones occidentales
La reciente guerra contra Irán no surgió de repente; se gestó durante mucho tiempo a través de un régimen de sanciones que funciona como una tecnología imperial para generar vulnerabilidad social, tal y como ya había demostrado Irak. Las sanciones no solo han empobrecido a la población, alimentado la inflación, erosionado la sanidad y el empleo, y debilitado las capacidades colectivas de resistencia; también han contribuido a generar las condiciones mismas para la escalada militar. Al encerrar al país en una prolongada economía de asedio, han normalizado el estado de excepción, consolidado los aparatos rentistas y de seguridad del Estado, y desplazado los costes de la crisis hacia las clases populares. Al hacerlo, han preparado el terreno tanto material como ideológico de la guerra: una sociedad agotada, fragmentada y reducida a la lucha por la supervivencia queda más expuesta a los proyectos externos de militarización. Las sanciones se revelan así como lo que son: no una alternativa a la guerra, sino una de sus formas preparatorias.
Sin embargo, aunque las sanciones son reales y devastadoras, no explican por sí solas las condiciones de vida indignas en un país rico en recursos como Irán. Frente a las lecturas «campistas» que reducen todas las formas de desigualdad social en Irán a las sanciones occidentales, el análisis debe abordar también la propia economía política de Irán: un orden capitalista marcado por una privatización drástica, una precariedad laboral generalizada —con más del 90 % de los contratos, según se informa, de carácter temporal— y un régimen de dominación y privación organizado internamente, sostenido en parte mediante la explotación extrema y la expropiación de trabajadores racializados e indocumentados, especialmente afganos y baluchis. Para los campistas, las protestas populares en Irán se interpretan como un descontento económico, causado enteramente por las sanciones, lo que oscurece el papel central de las propias políticas del Estado. Una implicación de esta lógica campista es que, al minimizar la dinámica real de la oposición interna a la República Islámica, establece una falsa equivalencia basada en la noción errónea de que dicho «descontento económico» es consonante con el proyecto reaccionario pahlavista de cambio de régimen desde arriba. Contrariamente a lo que afirman los partidarios del «campismo», oponerse al cambio de régimen imperialista no requiere descartar o deslegitimar la revuelta interna contra la República Islámica.
La pobreza generalizada en Irán no es atribuible únicamente a las sanciones; también tiene sus raíces en una economía política rentista y en la monopolización de las importaciones, ambas instrumentalizadas por la República Islámica. Sus políticas de seguridad y regionales no son simples reacciones a la presión exterior. Más bien, estas políticas son parte integral de la lógica de supervivencia del Estado, que canaliza los recursos hacia instituciones coercitivas y proyectos ideológico-militares, mientras que la población queda agotada y empobrecida. Como argumenta Kayhan Valadbaigi, las sanciones contribuyen a intensificar la concentración de la riqueza en la oligarquía al tiempo que consolidan las estructuras de poder. Trasladan los costes a los más vulnerables, justifican la represión y enriquecen aún más a la oligarquía. Las políticas de choque económico —las fluctuaciones del dólar, la eliminación del tipo de cambio preferencial— se presentan como medidas calculadas de «supervivencia» en un contexto de vulnerabilidad.
Además, los partidarios del «campismo» borran la violencia de la República Islámica contra el pueblo. Los asesinatos, la tortura, las ejecuciones, los disparos a personas heridas en los hospitales y los ataques a ceremonias fúnebres se ignoran o se niegan, y así se legitiman. Este apoyo a una teocracia autoritaria y anti-imperialista vacía el lenguaje de la emancipación de cualquier contenido real.
Deja de juzgar una causa por la forma en que es cooptada
La propagación del «campismo» autoritario tiene lugar en gran medida a través de las redes sociales. Allí, la legitimación de los Estados autoritarios se entrelaza con un antioccidentalismo reduccionista y, en algunos casos, con el antisemitismo y los patrones de pensamiento conspirativos.
A pesar de las asimetrías objetivas entre Israel (respaldado por Occidente) y la República Islámica (sometida a sanciones occidentales), operan mecanismos políticos y simbólicos similares: banderas de EE. UU. e Israel en ciertas manifestaciones «pro-Irán»; banderas del Estado iraní (o de la República Islámica) y retratos de Alí Jamenei en ciertas movilizaciones pro-palestinas. Todos estos son gestos susceptibles de convertir luchas legítimas en justificaciones de la violencia, al tiempo que desacreditan tanto a la resistencia iraní como a la palestina. La misma lógica se aplica al ya famoso lema «Mujer, Vida, Libertad» (Jin, Jiyan, Azadî). Apropiado por la extrema derecha occidental, la extrema derecha iraní en la diáspora y las corrientes pro-genocidio, ha sido instrumentalizado en apoyo de la violencia militarizada.
Esta lógica no es específica de Irán. Como ha argumentado David Brophy en relación con Xinjiang, parte de la izquierda internacional ha tratado la represión de los uigures y otros pueblos musulmanes no tanto como una cuestión de derechos nacionales y violencia de Estado, sino como un problema de propaganda occidental, financiación o manipulación geopolítica; en el caso de Vijay Prashad y Tings Chak, esta postura apologética se ha basado incluso en fuentes inventadas, aparentemente generadas por IA. Pero la instrumentalización cínica de los derechos humanos por parte de los Estados occidentales no hace que el sufrimiento al que se refiere ese lenguaje sea menos real.
Sabemos muy bien cómo los movimientos progresistas y radicales del Sur Global a menudo acaban siendo apropiados por la derecha una vez que se difunden en Occidente. Pero este proceso no puede llevarnos a abandonar el deber de solidaridad. El caso del movimiento queer lo ilustra bien: el «pinkwashing» por parte de Estados como Israel no anula ni la fuerza emancipadora de lo queer ni la necesidad de solidaridad con las personas queer que se enfrentan a la represión en cualquier contexto. La legitimidad de una resistencia depende únicamente de su contenido emancipador y de su arraigo entre los oprimidos, nunca de su apropiación.
El «campismo» contribuye de manera muy concreta a la perpetuación de las injusticias históricas y contemporáneas. Crea un vacío político a través de la dispersión y la fragmentación, un vacío que poco a poco llenan la derecha y la extrema derecha, tanto en la región como en todo el mundo. La extrema derecha iraní en la diáspora ocupa este vacío simplificando la revolución y demonizando el «anti-imperialismo». De este modo, puede presentarse como la única fuerza de cambio. Al homogeneizar artificialmente a poblaciones enteras («Todos los ucranianos que se resisten a Rusia son nazis». «Todos los revolucionarios sirios son yihadistas». «Todos los iraníes en revuelta apoyan a Israel o a los monárquicos»), el «campismo» se convierte en cómplice del auge de las fuerzas imperialistas y reaccionarias.
Al homogeneizar artificialmente a poblaciones enteras («Todos los ucranianos que se resisten a Rusia son nazis». «Todos los revolucionarios sirios son yihadistas». «Todos los iraníes que se rebelan apoyan a Israel o a los monárquicos»), el «campismo» se convierte en cómplice del auge de las fuerzas imperialistas y reaccionarias.
La extrema derecha es la extrema derecha en todas partes
En Europa, ninguna izquierda coherente aceptaría unirse bajo las banderas de la extrema derecha con el pretexto de que una potencia enemiga está atacando al país. Sin embargo, cuando se trata de Irán, hay quienes consideran aceptable exigir a los iraníes que se mantengan al margen y se unan a fuerzas reaccionarias, nacionalistas, fanáticas e incluso fascistas. Tal asimetría implica, en efecto, que los pueblos del Sur Global deberían conformarse con elegir entre la dominación imperial y la barbarie interna. Y, sin embargo, la República Islámica es precisamente un Estado que debe ser llamado por su nombre: una formación fascista, una extrema derecha no occidental, especialmente en lo que respecta a las minorías étnico-nacionales y a los inmigrantes afganos.
La reciente declaración «antiguerra» sobre Irán pone de manifiesto el callejón sin salida político del «campismo»: un discurso antiguerra que permite a ciertos segmentos de la izquierda converger con círculos fascistas, antisemitas, neonazis y conspirativos. La declaración reunió a firmantes de entornos políticos aparentemente opuestos: por un lado, figuras anticolonialistas y «campistas» contra la guerra como Vijay Prashad, Sandew Hira, Ramón Grosfoguel, Boaventura de Sousa Santos, Munyaradzi Mushonga, Ajamu Baraka, Nordine Saïdi y Paulina Aroch Fugellie; y, por otro, una serie de figuras —entre ellas Dieudonné, Alain de Benoist, Thomas Werlet, Jean-Michel Vernochet, Christian Bouchet, Marion Sigaut, Jacob Cohen, Pierre-Antoine Plaquevent y Arnaud Develay—, así como organizaciones como el RN, Égalité & Réconciliation, L’Œuvre française y el Mouvement France Résistance, todas ellas asociadas a corrientes conservadoras, de extrema derecha, nacionalistas o fascistas. Esta yuxtaposición ilustra cómo una forma puramente geopolítica de anti-imperialismo puede hacerse compatible con la política de extrema derecha. En este marco, el régimen iraní y su criminal líder supremo, Ali Jamenei, se presentan como «una voz contra la arrogancia y el terrorismo», mientras que se normaliza, bajo la bandera de la política antibélica, una tolerancia profundamente preocupante hacia la violencia de los Estados poscoloniales contra sus propias poblaciones.
La coherencia política exige rechazar, tanto para los iraníes como para cualquier otro pueblo, cualquier imposición de acomodar el fascismo en nombre de un «mal menor» geopolítico. No debemos pedir a los iraníes que acepten políticamente ninguna realidad que la izquierda se negaría a aceptar para sí misma en cualquier otro lugar. No marchamos con los fascistas ni bajo sus estandartes: luchamos contra ellos, incluso cuando se apropian del léxico de la libertad para invertir su significado.
Al igual que el estalinismo, que tanto hizo por desacreditar el socialismo, el «campismo» en Irán debilita a la izquierda y fortalece a la extrema derecha. Al mismo tiempo, profundiza la división Norte-Sur y legitima la represión de los movimientos antitiránicos en el Sur. El resultado es el aislamiento de las fuerzas emancipadoras, la desconfianza de los exiliados hacia la izquierda del Norte (incluidas las corrientes descoloniales) y el colapso de la solidaridad internacional.
No debemos pedir a los iraníes que acepten políticamente ninguna realidad que la izquierda se negaría a aceptar para sí misma en otros lugares. No marchamos con los fascistas ni bajo sus estandartes: luchamos contra ellos, incluso cuando se apropian del léxico de la libertad para invertir su significado.
Mientras que las presas feministas kurdas condenadas a muerte en la prisión de Evin son capaces de expresar su solidaridad con la resistencia palestina —incluso a riesgo de perder parte de su apoyo en Irán—, los anti-imperialistas autoritarios y basados en la identidad, que hablan desde la comodidad de Occidente o de otros lugares, se muestran incapaces de mostrar una solidaridad comparable con las luchas populares en Irán. En ocasiones, y lo que es aún más grave, se niega o se pone en duda el alcance total de esos sufrimientos.
Es urgente superar el «campismo». De lo contrario, no se logrará reconstruir una izquierda genuinamente emancipadora ni revitalizar un internacionalismo verdaderamente popular, como intentan hacer redes como «Peoples Want». El anti-imperialismo solo es auténtico si lucha contra todas las formas de dominación, en todas partes y para todos.
[1] El «campismo» es la creencia de que el mundo está dividido en grandes grupos políticos de países («bandos») que compiten entre sí, y de que las personas con determinadas orientaciones políticas deben apoyar a un bando frente a los demás. El término se utiliza más comúnmente en referencia a la política de izquierdas. A diferencia de los nacionalistas, los campistas no apoyan a ningún país por motivos como la etnia o la identidad nacional. En cambio, los campistas apoyan a su bando por razones ideológicas, ya que creen que este promueve su ideología, como el socialismo o el antiimperialismo.
En general, un partidario del primer bloque es alguien que se alinea con Estados Unidos y sus aliados; un partidario del segundo bloque es alguien que se alinea con el bloque de países que se oponen a Estados Unidos (como la Unión Soviética y sus aliados, los países comunistas en general o Rusia y sus aliados); y un partidario del tercer bloque es alguien que no se posiciona a favor de ninguno de los dos bandos y, en su lugar, aspira a organizar a la clase obrera mundial en un tercer bloque.
El «campismo» es una aplicación del principio del «mal menor» a la política de poder mundial: un partidario del primer bando o del segundo bando cree que su bando, a pesar de todos sus defectos, es mejor que el de la oposición.