La libertad del arte es la libertad de pensar

Rudaw– Jan Ilhan Kizilhan – 22 mayo 2026 – Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid
La historia de los kurdos no es solo una historia de desplazamientos, represión y negación de la identidad. Es también una historia de supervivencia a través de la lengua, la música, la poesía y la memoria. Cuando los Estados intentaron borrar nombres, prohibir lenguas y silenciar culturas, la música siguió siendo a menudo el último espacio de libertad. La voz del dengbêj, la canción del exilio, la poesía de la pérdida y las historias contadas por las madres se convirtieron en formas de resistencia.
Para los kurdos, el arte nunca fue meramente entretenimiento. Era dignidad, memoria y supervivencia psicológica.
Y entre todas las formas de arte, la música ocupaba un lugar especial. Los músicos kurdos transmitieron las emociones de un pueblo a través de fronteras, prisiones, el exilio y generaciones. Mucho antes de que existieran las instituciones políticas, las canciones preservaban la memoria colectiva. Una melodía solía sobrevivir allí donde desaparecían los libros, las escuelas e incluso las aldeas.
Por eso, la libertad artística no es una cuestión secundaria para la sociedad kurda. Es una cuestión existencial.
Un pueblo que se vio obligado al silencio durante generaciones no debería silenciar a sus propios artistas y músicos en nombre de una «verdad superior».
Sin embargo, esto está ocurriendo cada vez más en algunos sectores del panorama cultural kurdo. En los últimos años ha surgido una brecha cada vez mayor entre los artistas independientes y aquellos que creen que el arte y la música deben estar al servicio de una organización política, una ideología o una línea nacionalista.
Por supuesto, todo artista tiene derecho a ser político. La propia música kurda surgió a menudo del sufrimiento, la resistencia y el anhelo de libertad. Muchos cantantes se convirtieron en símbolos de la lucha colectiva. No hay nada de malo en que los músicos apoyen movimientos u organizaciones políticas.
El problema comienza cuando el compromiso se convierte en presión.
Hoy en día, los músicos kurdos se atacan cada vez más entre sí públicamente. Algunos acusan a otros de traición porque actúan en determinados eventos, hablan con ciertos medios de comunicación o se niegan a alinearse políticamente. Otros son insultados por su riqueza, su estilo de vida personal, sus familias o sus elecciones artísticas. Las redes sociales han amplificado esta cultura de humillación y sospecha.
Pero cuando los músicos comienzan a destruirse mutuamente moral y psicológicamente, la propia cultura resulta herida.
El arte no puede crecer en una atmósfera de miedo.
Ningún músico debería ser objeto de ataques psicológicos, humillaciones públicas o condenas morales por optar por mantenerse independiente. Ningún cantante debería ser tratado como un traidor por negarse a repetir consignas políticas. En el momento en que se obliga a los artistas a la obediencia, el arte pierde su esencia. Se convierte en propaganda.
El arte no es una orden militar.
No es una directiva de partido.
Y la música no es propiedad de ninguna organización política.
El filósofo Michel Foucault describió una vez el poder no solo como algo impuesto por los Estados, sino como algo que se infiltra lentamente en el lenguaje, el pensamiento y el comportamiento social. Esto es especialmente importante para las sociedades moldeadas por largas historias de opresión. Con el tiempo, la represión externa puede convertirse en control interno. El miedo a la división genera conformismo. La solidaridad se convierte en disciplina. La identidad política se transforma en vigilancia moral.
Pero la libertad comienza donde vuelve a ser posible pensar.
Una sociedad que solo tolera lo que es políticamente útil pierde poco a poco su energía creativa. El arte ya no busca entonces la verdad. Solo confirma lo que se espera que la gente piense. El artista ya no es visto como una mente libre, sino como un funcionario de una causa.
Los kurdos, más que muchos otros, conocen las consecuencias de la represión cultural. Se prohibieron las canciones kurdas. Se encarceló a escritores. Se criminalizó a los músicos. Los Estados decidían qué lengua se podía hablar y qué cultura se permitía que existiera. Sería trágico que ahora se reprodujeran mecanismos similares dentro de la propia sociedad kurda.
La verdadera libertad significa aceptar no solo las voces con las que estamos de acuerdo, sino también aquellas que rechazamos. Uno puede considerar una canción vulgar, comercial, políticamente ingenua o decepcionante, y aun así defender su derecho a existir. Esa es la madurez de una cultura democrática.
La libertad no comienza cuando protegemos lo que amamos.
Comienza cuando toleramos lo que nos desafía.
Hannah Arendt advirtió que el pensamiento totalitario comienza cuando las personas dejan de pensar por sí mismas y se limitan a repetir verdades colectivas. Por eso los sistemas autoritarios siempre han temido a los artistas, escritores, músicos e intelectuales. No porque el arte porte armas, sino porque genera duda. El arte abre espacios para la contradicción, la ambigüedad y la individualidad.
La música, en particular, siempre ha tenido un significado especial para los kurdos. Friedrich Nietzsche escribió una vez: «Sin música, la vida sería un error». Para los pueblos apátridas, la música es a menudo más que arte. Se convierte en un archivo colectivo de sufrimiento y esperanza. Las canciones kurdas han transmitido el exilio, el dolor, el amor, la resistencia y la memoria a través de generaciones y fronteras.
Por esta razón, la música kurda no puede pertenecer a partidos políticos, movimientos ideológicos o autoproclamados guardianes del patriotismo.
A un cantante se le debería permitir cantar canciones de amor sin que se le tache de traidor.
Un músico debería tener libertad para mantenerse al margen de la política.
Un artista tiene derecho a alcanzar el éxito y la riqueza.
Un compositor debe tener libertad para criticar.
Y los intelectuales deben tener el valor de pensar a contracorriente.
Es el público, y no los guardianes políticos, quien debe decidir qué música y qué arte son importantes.
La cultura kurda no es propiedad de nadie.
Históricamente, la identidad kurda nunca fue homogénea. La sociedad kurda siempre ha sido religiosa y laica, tribal y urbana, tradicional y moderna. Los kurdos son suníes, alevis, yazidíes, cristianos y no religiosos. Su fuerza nunca provino de la uniformidad, sino de su capacidad para preservar la diversidad en condiciones de opresión.
Por eso la sociedad kurda necesita urgentemente un debate intelectual más profundo sobre la libertad del arte y la música. Un debate más allá de las estructuras partidistas, la intimidación en las redes sociales y los reflejos ideológicos. Un debate sobre el papel de los músicos, los artistas y los intelectuales en una futura sociedad kurda democrática.
Jean-Paul Sartre veía al intelectual como alguien que pone de manifiesto las contradicciones dentro de la sociedad. Foucault sostenía que los intelectuales deben revelar las estructuras ocultas del poder. Noam Chomsky describió su responsabilidad de forma más directa: decir la verdad y desenmascarar las mentiras.
Quizás este sea el significado más profundo del arte para los pueblos oprimidos: el arte nos recuerda a los seres humanos que la libertad no comienza con la creación de un Estado. Comienza con la libertad de pensar, de dudar, de hablar y de crear sin miedo.
Un pueblo no sobrevive solo gracias a la política. Sobrevive gracias a su capacidad para recordar, imaginar y crear libremente.
Y precisamente por eso la libertad artística no es una amenaza para la causa kurda. Es una de sus expresiones más democráticas y humanas.
EL AUTOR: El Dr. Jan Ilhan Kizilhan es psicólogo, autor y editor, experto en psicotraumatología, trauma, terrorismo y guerra, psiquiatría transcultural, psicoterapia y migración.
Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente la posición de Rudaw.