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La sombra de la guerra: el miedo y la escasez siguen marcando la vida cotidiana en todo el Kurdistán iraquí

Runak Radha, miembro de CPT-Kurdistán iraquí, reflexiona sobre el coste para la población civil que conlleva la guerra de EE.UU. e Israel contra Irán y de los ataques de represalia vinculados a Irán.

CPT-IK – Runak Radha – 16 junio 2026 – Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid

Durante tres meses, el conflicto entre Estados Unidos/Israel e Irán ha proyectado una sombra oscura sobre la región de Asia Occidental. Irán y sus países vecinos se han visto especialmente afectados. Entre las zonas más afectadas se encuentra la Región del Kurdistán iraquí, que comparte una extensa frontera con Irán y sigue vinculada económica, política y socialmente a los acontecimientos que tienen lugar al otro lado de la frontera. 

Aunque la cobertura internacional se ha centrado en gran medida en las operaciones militares y las tensiones geopolíticas, la población civil del Kurdistán iraquí sigue conviviendo con las consecuencias a largo plazo del conflicto. Desde la inestabilidad económica y la subida de los precios hasta el trauma psicológico y el miedo a nuevos ataques, la guerra ha afectado profundamente a la vida cotidiana.

El impacto económico

Irak y el Gobierno Regional de Kurdistán dependen en gran medida de Irán para satisfacer muchas de sus necesidades básicas diarias, especialmente en los sectores energético y comercial. Una parte significativa del gas y la electricidad de Irak se importa de Irán, mientras que productos esenciales como alimentos, frutas, verduras, medicamentos, materiales de construcción y productos industriales entran habitualmente a través de los pasos fronterizos entre Irán y el Kurdistán iraquí.

A medida que se intensificaban las tensiones entre Irán y Estados Unidos, las importaciones se ralentizaron y aumentó la inquietud en los mercados. Esto provocó rápidamente una subida de los precios de los alimentos, el combustible, el transporte y otros bienes esenciales en toda la Región del Kurdistán. Incluso tras el alto el fuego, muchos precios se han mantenido elevados, lo que ha supuesto una presión adicional para las familias que ya se enfrentaban a la inestabilidad financiera y a los retrasos en el pago de los salarios del sector público.

Irak y el Gobierno Regional de Kurdistán dependen en gran medida de Irán para satisfacer muchas de sus necesidades básicas diarias, especialmente en los sectores energético y comercial. Una parte significativa del gas y la electricidad de Irak se importa de Irán, mientras que productos esenciales como alimentos, frutas, verduras, medicamentos, materiales de construcción y productos industriales entran habitualmente a través de los pasos fronterizos entre Irán y el Kurdistán iraquí.

A medida que se intensificaban las tensiones entre Irán y Estados Unidos, las importaciones se ralentizaron y aumentó la inquietud en los mercados. Esto provocó rápidamente una subida de los precios de los alimentos, el combustible, el transporte y otros bienes esenciales en toda la Región del Kurdistán. Incluso tras el alto el fuego, muchos precios se han mantenido elevados, lo que ha supuesto una presión adicional para las familias que ya se enfrentaban a la inestabilidad financiera y a los retrasos en el pago de los salarios del sector público.

Shilan, propietaria de una cafetería en Sulaymaniyah, describe cómo el conflicto trastornó tanto su negocio como el ambiente emocional de la vida cotidiana:

«Las dimensiones de esta guerra contra el Kurdistán son mucho mayores de lo que se refleja en las noticias», explica Shilan. «Como empresaria, el conflicto afectó a mi trabajo y a mi vida cotidiana desde múltiples perspectivas. El primer día de la guerra, sufrimos un apagón total. Muchos de mis clientes habituales venían simplemente a cargar sus teléfonos y dispositivos, pero cuando se dieron cuenta de que la cafetería tampoco tenía electricidad, la mayoría se marchó y no volvió en días. Para evitar perder a todos nuestros clientes, tuvimos que comprar un generador por nuestra cuenta. Al mismo tiempo, los precios de las verduras y los productos de cocina aumentaron drásticamente. El precio de una bombona de gas subió de 9 000 a 34 000 dinares iraquíes».

Shilan explica que muchos de sus clientes son empleados públicos y trabajadores jornaleros que ya se enfrentaban a dificultades económicas antes de que comenzara el conflicto: 

«Durante años, mucha gente de la Región de Kurdistán ha pasado apuros debido a los retrasos en el pago de los sueldos y a la inestabilidad económica. Intentamos mantener los precios de los alimentos asequibles para la gente corriente, pero esta guerra nos ha obligado a subirlos también. Como es lógico, ahora vienen menos clientes».

Más allá de las consecuencias económicas, Shilan afirma que el conflicto también ha cambiado a la gente a nivel emocional:

«Incluso ahora, tras el alto el fuego, la ansiedad sigue siendo visible en los rostros de la gente. Solía recibir a los clientes con una sonrisa cada día, y la cafetería siempre tenía un ambiente alegre. Ahora ese sentimiento ha desaparecido. De todo, perder esa sensación de vida normal ha sido lo más duro».

El coste humano

Más allá del aumento de los precios y la presión económica, el conflicto también ha dejado tras de sí pérdidas humanas irreversibles.

El 7 de abril de 2026, a las 00:23 horas, grupos afiliados a Irán en Irak llevaron a cabo dos ataques con drones contra la aldea de Zargazawy, situada en el subdistrito de Darashekran, en la provincia de Erbil.

Uno de los drones impactó en una vivienda civil y, como consecuencia, fallecieron dos personas: Musa Anwar Rasul, de 39 años, y su esposa, Muzhda Asaad Hassan, de 35 años.

Musa y Muzhda dejaron atrás a dos hijas, que ahora viven con familiares.

Shukur, un vecino de un pueblo cercano, recordó la noche del ataque en una entrevista con CPT-IK realizada en mayo de 2026:

«Soy de Darashekran, muy cerca de Zargazawy. En esta región, todo el mundo se conoce. Todos somos vecinos y formamos parte de una gran familia. Aquella noche, recibimos una llamada en la que nos informaban de que Musa y su mujer habían sido trasladados de urgencia al hospital tras un ataque con drones contra su casa».

«Al principio, la gente creía que toda la familia había fallecido. Nadie sabía qué había sido de las niñas. Más tarde, nos enteramos de que las dos hijas habían sobrevivido ilesas».

El ataque supuso un duro golpe para los miembros de la comunidad. No podían entender por qué se había atacado una vivienda civil. En palabras de Shukur: «El ataque sembró el miedo entre todos, porque demostró que la gente corriente no está a salvo».

A ojos de los miembros de la comunidad, el asesinato reavivó los temores con los que muchas comunidades kurdas han convivido durante décadas. Shukur comenta: «No es la primera vez que Kurdistán sufre bombardeos y ataques de países vecinos. La gente de aquí lleva muchos años conviviendo con este miedo».

Al hablar de quién soporta la carga más pesada, Shukur señala a la generación más joven: «En toda guerra, los niños son los que más sufren. No entienden por qué hay explosiones ni por qué desaparece la gente. Incluso después de que cesen los ataques, el miedo permanece en su interior durante mucho tiempo».

El alto el fuego entre Irán y Estados Unidos no ha logrado poner fin a la violencia. El Kurdistán iraquí ha sufrido más de un centenar de ataques posteriores por parte de Irán y sus grupos afines. Debido a esta amenaza constante, muchos residentes siguen viviendo en una ansiedad permanente.

«La gente sigue teniendo miedo porque estos drones no solo atacaron zonas militares. Las viviendas de civiles también se vieron afectadas. Ese miedo no ha desaparecido».

Shukur añade que, aunque las autoridades locales reconocieron a Musa y a su esposa como mártires y prometieron apoyo a los hijos supervivientes, siguen sin resolverse muchas cuestiones relativas a la indemnización y la ayuda a largo plazo para las familias afectadas.

Cuando se le preguntó si había algo sobre la guerra que, en su opinión, los medios de comunicación no estuvieran contando al mundo exterior, Shukur respondió: «Si pudiera decir una cosa a quienes están muy alejados de esta guerra, sería esto: en este conflicto, las partes que sufren el daño principal no son ni Estados Unidos ni el régimen iraní, sino el pueblo de Irán y la población de esta región». Como hemos podido comprobar, tras los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán, Irán y sus aliados respondieron con represalias dirigidas contra territorios vecinos, en particular el Kurdistán iraquí. No es la primera vez que Kurdistán se convierte en chivo expiatorio y objetivo tras los ataques occidentales o israelíes contra Irán».

Un futuro incierto

Para muchas personas de la Región de Kurdistán, la guerra también ha agravado el estrés psicológico, la ansiedad social y la sensación de incertidumbre sobre el futuro.

Incluso antes de la reciente escalada, muchas comunidades del Kurdistán iraquí vivían bajo la presión de la inestabilidad regional, los recurrentes ataques transfronterizos y los conflictos en curso en los países vecinos. 

A medida que la guerra se intensificaba, muchos  se encontraban en un estado constante de alerta. La gente seguía de cerca las últimas noticias a lo largo del día, temía la posibilidad de una escalada regional más amplia y se preocupaba por si los ataques pudieran extenderse aún más a zonas civiles.

Muchos civiles describen cómo luchan contra el agotamiento emocional, el miedo a explosiones repentinas y la ansiedad cada vez que se oyen aviones o drones sobrevolando la zona. Los padres se preocupaban por la seguridad de sus hijos, mientras que otros temían perder sus hogares, sus trabajos o a sus seres queridos si la violencia se intensificaba aún más.

El conflicto también reavivó recuerdos colectivos más antiguos y profundamente arraigados de guerra y desplazamiento. Para muchas familias, los recientes ataques formaban parte de una historia más larga de inestabilidad e inseguridad regional.

Las dinámicas actuales en toda la región han visto cómo el desarrollo del conflicto en Siria y las intervenciones militares turcas han afectado a las comunidades kurdas. Para muchos kurdos del Kurdistán iraquí, la escalada entre EE. UU. e Irán supuso otro capítulo más en una larga historia de conflicto regional y desplazamiento.

Un residente local, al reflexionar sobre la carga emocional que supone vivir ciclos repetidos de guerra y escalada, comentó: «Durante años, Estados Unidos e Israel han amenazado a Irán. Para nosotros, que vivimos en Kurdistán, al formar parte de Oriente Medio y ser vecinos directos de Irán, nuestros oídos se han acostumbrado a estas amenazas. Pero cuando se produjeron los primeros ataques estadounidenses contra Irán esta vez, me dije a mí mismo: “Finalmente, ha sucedido”. Inmediatamente, recordé el primer misil estadounidense que impactó en Bagdad hace 23 años, y me invadió una profunda ansiedad. La guerra en la casa de tu vecino significa guerra en tu propia casa, sobre todo si ese vecino nunca se ha portado bien contigo ni con tus compatriotas kurdos al otro lado de la frontera. Sé que mucha gente puede no estar de acuerdo conmigo, pero después de haber sido testigo de tanta guerra y de sus secuelas, he aprendido una cosa: desear la guerra como camino hacia la liberación es como jugarse todo lo que uno tiene. Ni siquiera el jugador que se marcha con dinero es ganador por mucho tiempo».

Aunque el alto el fuego ha atenuado los temores inmediatos a una escalada, muchas personas de toda la Región del Kurdistán siguen viviendo en la incertidumbre. El impacto psicológico del conflicto sigue presente en la vida cotidiana: en las conversaciones, en los recuerdos y en el temor constante a que, en cualquier momento, pueda producirse una nueva escalada.

El Kurdistán iraquí, al igual que el resto de la región, necesita desesperadamente que esto termine.

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