El nuevo rostro del colonialismo turco: la manipulación de la descolonización
Un foro organizado por una potencia colonial bajo la bandera de la descolonización y el anticolonialismo se puede describir como un intento deliberado de manipulación y engaño político.

ANF – 9 mayo 2026 – Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid
El «Foro Mundial sobre la Descolonización» se celebra en Estambul los días 11 y 12 de mayo bajo la dirección de la Fundación NÛN para la Educación y la Cultura, cuyo nombre hace referencia a la letra «Nun» del Corán. En el texto marco redactado para el foro, la presidenta de la fundación, Esra Erdoğan Albayrak, también hija de Recep Tayyip Erdoğan, articula su crítica al colonialismo en torno al debate sobre la «carga del hombre blanco», haciendo referencia a la conocida frase de Rudyard Kipling. Estructurado en torno a temas como las crisis globales, el legado del colonialismo, las desigualdades epistémicas y la búsqueda de la justicia, se espera que el foro acoja a figuras como el fundador de la teoría descolonial Walter Mignolo, Mireille Fanon-Mendès-France, hija del icono de la lucha anticolonial Frantz Fanon, así como a Joseph Massad y Ann Pettifor.
A primera vista, este panorama da la impresión de que la crítica al colonialismo está cobrando fuerza a escala mundial. Pero la cuestión ya no es cuáles son los conceptos, sino quién habla y qué queda sin decir. Porque la realidad fundamental es esta: no puede haber descolonización sin un cambio de estatus.
Llegados a este punto, es necesario recordar un episodio histórico. En una viñeta publicada en el periódico Milliyet el 19 de septiembre de 1930, una lápida que representaba el monte Ararat llevaba la inscripción: «Aquí yace enterrado el Kurdistán imaginario». No se trataba simplemente de una viñeta, sino de una expresión concisa de la mentalidad estatal de la República turca hacia Kurdistán: negación, borrado y voluntad de eliminarlo de la historia. Kurdistán fue declarado «imaginario» en un intento de eliminarlo políticamente. Casi un siglo después, lo que ha cambiado no es la esencia de este enfoque, sino solo su forma. La realidad que antes se negaba directamente ahora se vuelve invisible mediante métodos más sofisticados, mediados por los propios conceptos.
Al examinar la historia moderna de Kurdistán, hay dos puntos de inflexión especialmente decisivos para comprender la transformación actual. El primero es el inicio de la lucha guerrillera en Turquía el 15 de agosto de 1984. Esta fecha marcó el momento en que la cuestión kurda traspasó el marco de la negación y se impuso como una realidad política. El segundo es la intervención de la coalición liderada por Estados Unidos en Irak el 20 de marzo de 2003. Esa intervención llevó el debate sobre el estatus kurdo a una realidad concreta en una parte de Kurdistán y alteró fundamentalmente los equilibrios regionales.
Estos dos acontecimientos se influyeron y reforzaron mutuamente, transformando la cuestión kurda de un asunto interno en una realidad internacional.
En este punto, la obra de Ismail Besikci titulada La resurrección del Kurdistán imaginario se erige como una de las respuestas más contundentes a esta política de negación. A pesar de ser de etnia turca, Besikci pasó más de veinte años en prisión por hablar abiertamente sobre el estatus colonial de Kurdistán, pagando el precio por articular esta realidad. Su obra representa no solo un análisis académico, sino una ruptura histórica que insiste en la existencia de una realidad que el Estado afirmaba que «no existía». Por esta razón, el marco que estableció Besikci no es simplemente una opinión, sino una posición forjada a través del sacrificio.
Y si hoy se va a debatir verdaderamente el colonialismo, uno de los interlocutores más naturales de tal discusión debería haber sido el propio Besikci. Sin embargo, el marco que se está construyendo no prefiere una confrontación directa y concreta con el colonialismo, sino más bien un debate abstracto vaciado de sus perpetradores; un esfuerzo que, en última instancia, sirve para legitimar el colonialismo turco.
Hoy en día, la mentalidad del Estado turco no se limita a organizar un foro; está intentando invisibilizar su estatus colonial sobre Kurdistán. El discurso político que en su día se construyó en torno a las reivindicaciones de liderazgo en el mundo islámico se está reconstruyendo ahora a través de un lenguaje anticolonial. Sin embargo, esto no es una transformación, sino un desplazamiento. Que una potencia colonial organice un foro bajo la bandera de la descolonización y el anticolonialismo no es una simple contradicción, sino un acto deliberado de reorientación y engaño. Mientras continúe el estatus colonial impuesto a Kurdistán, este discurso no elimina el colonialismo; lo oculta y lo reproduce bajo un nuevo lenguaje.
Esta realidad también muestra que el propio terreno de la lucha está cambiando. La lucha por Kurdistán hoy en día no solo está cambiando de forma, sino que se está desplazando de la esfera armada hacia los ámbitos del pensamiento, los conceptos y el significado. Y precisamente por esta razón, el peligro va en aumento. Porque en este nuevo terreno, cada concepto que se pierde se convierte en una posición perdida. El lenguaje construido a través de conceptos como «normalización», «integración», «resolución» y ahora «descolonización» oscurece la esencia histórica de la cuestión kurda y busca disolver la reivindicación de estatus dentro del sistema al convertirla en ambigua. No se trata de un cambio lingüístico accidental, sino de una intervención semántica sistemática. En otras palabras, el debate que se desarrolla hoy no es solo político, sino también una intervención llevada a cabo en el nivel del significado mismo.
La cuestión hoy no se reduce a los conceptos. Porque un mismo concepto puede tener significados totalmente diferentes dependiendo de en qué manos se encuentre. Como se expresa en la tradición samurái, que en la memoria histórica de Japón representa no solo una clase guerrera, sino también una doctrina moral y social: «El honor y la vergüenza no están en la espada, sino en la mano y el corazón que la empuñan».
El concepto de descolonización no es intrínsecamente liberador por sí mismo; lo decisivo es qué sujeto político habla a través de él y desde qué posición histórica.
Esta es precisamente la forma más refinada de colonialismo. Para comprender esta realidad, basta con recordar la advertencia de Frantz Fanon. Según Fanon, el colonialismo no es meramente un orden militar o económico; es también un sistema construido a través de la producción de significado. El colonizador busca no solo controlar la tierra, sino también la propia mentalidad, determinando qué es real, qué es razonable y qué es posible. El lenguaje que se está construyendo hoy opera exactamente en este nivel.
En este contexto, la referencia a Rudyard Kipling resulta particularmente llamativa. Kipling fue un poeta capaz de escribir obras de profundidad universal y humana, como «If», que fue traducida al turco por Bülent Ecevit. Sin embargo, The White Man’s Burden, escrita por la misma mano, demuestra abiertamente cómo el colonialismo se presenta a sí mismo como una «misión civilizadora». Este enfoque constituye uno de los ejemplos más claros de cómo el colonialismo se legitima no solo a través de la fuerza, sino también a través del lenguaje de la responsabilidad moral.
La reintroducción de esta referencia en el discurso público actual apunta menos a una crítica del colonialismo que a la reconstrucción de su lenguaje.
La conclusión es ahora tan clara e indiscutible como lo era hace un siglo: «Kurdistán es una colonia. Sin cambiar este estatus, ninguna solución es genuina. Todo discurso construido sobre la negación de este estatus, independientemente de su nombre, es una continuación del colonialismo».
Por esta razón, lo que hay que hacer hoy no es rechazar el concepto de descolonización, sino devolverlo a la realidad concreta a la que pertenece. La descolonización solo cobra sentido mediante el desmantelamiento de un estatus colonial. Cualquier discurso de descolonización construido sin el reconocimiento del estatus de Kurdistán seguirá sin ser un camino hacia la liberación, sino una manipulación que oculta ese mismo estatus.