Adivinar el futuro desde una celda: sobre la visión geopolítica de Abdullah Öcalan
Oriente Medio no cambia de repente; con el tiempo, va revelando lo que ya había empezado a cambiar bajo la superficie. Hace más de dos décadas, desde una isla-prisión, Abdullah Öcalan describió ese proceso como una secuencia que se extendería de Irak a Siria, de Siria a Irán y, posiblemente, más allá.

Bianet – Sayid R. Darati – 15 abril 2026 – Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid
Hay momentos en los que las declaraciones políticas, inicialmente ignoradas o descartadas, resurgen años más tarde con una claridad casi inquietante. Lo que antes sonaba especulativo, exagerado o inverosímil empieza a parecerse a un mapa que ya estaba trazado, pero que en aquel momento no se reconoció. Uno de esos momentos surge de un comentario realizado por Abdullah Öcalan a principios de la década de 2000, en unas circunstancias en las que hablar de estrategia global desde una isla-prisión difícilmente se tomaría en serio.
Tras años de tensión entre Irak y la comunidad internacional, en 2002 se produjo un punto de inflexión significativo. El 16 de septiembre, Sadam Husein notificó a las Naciones Unidas que Irak aceptaría las inspecciones de armas. Poco después, el 13 de noviembre de 2002, Irak aceptó formalmente la Resolución 1441 de la ONU. Las inspecciones comenzaron el 27 de noviembre, creando un breve momento de alivio global, la sensación de que tal vez se podría evitar la guerra, de que la diplomacia había prevalecido.
Fue precisamente en ese momento —cuando el mundo exhaló, sintiéndose aliviado de la presión de la guerra— cuando Öcalan, encarcelado en la isla de İmralı, ofreció una lectura radicalmente diferente de la situación. Durante una reunión con sus abogados, según se informa, respondió al optimismo reinante con una severa advertencia: la aceptación de Sadam no lo salvaría. Irak caería de todos modos. Luego le seguiría Siria. Después de Siria, Irán. Y si Turquía continuaba con su línea política actual —lo que implicaba, si no llegar a un acuerdo con los kurdos—, sería el siguiente objetivo. Lo que articuló no fue una predicción en sentido estricto, sino una interpretación más amplia de una trayectoria regional moldeada por la estrategia imperial a largo plazo en Oriente Medio.
En aquel momento, esta declaración no tuvo eco. Ni las autoridades turcas ni los círculos políticos en general la consideraron una evaluación geopolítica seria. Sin embargo, en retrospectiva, lo que destaca no es simplemente la secuencia que describió, sino la lógica estructural que la subyace.
En 2003, Estados Unidos invadió Irak y el régimen de Sadam Husein se derrumbó poco después. Menos de una década después, comenzaron las revueltas árabes, que reconfiguraron el panorama político de la región. Siria se sumió en una guerra civil que culminó —tras años de devastación— con la caída del régimen de Assad en diciembre de 2024. Por esas mismas fechas, la escalada de tensiones con Irán, incluidas las confrontaciones directas en las que participaron Estados Unidos e Israel y cuya guerra aún continúa, empujó una vez más a la región hacia un conflicto más amplio.
Vistos desde una perspectiva histórica más amplia, estos acontecimientos sugieren algo más que una serie de crisis inconexas. Apuntan hacia el desmoronamiento gradual de un orden geopolítico que había estructurado Oriente Medio durante aproximadamente un siglo; un orden comúnmente asociado al Acuerdo Sykes-Picot. Si ese marco dio forma al siglo XX, sus límites se hicieron cada vez más visibles en el XXI. En este sentido, se produjo un momento crítico en 2014, cuando ISIS avanzó por Irak y Siria, borrando de hecho gran parte de las fronteras que antes se consideraban fijas. En ese momento, quedó claro que el anterior diseño regional había perdido su coherencia.
Lo que se ha venido desarrollando en las últimas décadas puede entenderse, por tanto, como un proceso de desmantelamiento de esta antigua configuración de Oriente Medio y la imposición gradual y desigual de una nueva. Este proceso, sin embargo, dista mucho de ser lineal. Se caracteriza por giros inesperados, alianzas cambiantes y resultados que no pueden preverse por completo. Si hay un patrón, no reside en una predicción precisa, sino en reconocer que la región está experimentando una reconfiguración estructural cuya forma final sigue siendo incierta.
En el marco de esta transformación más amplia, llama la atención la renovada difusión de un discurso concreto —especialmente en Turquía—: la idea de una línea geopolítica secuencial —Irak, Siria, Irán y, potencialmente, Turquía—. Esta narrativa ha ido ganando cada vez más terreno en los debates políticos y las discusiones públicas. Sin embargo, muchos de los que ahora articulan esta secuencia lo hacen sin hacer referencia alguna a la formulación anterior de Öcalan sobre precisamente esta trayectoria, realizada hace más de dos décadas.
Esta desconexión revela algo importante: no solo sobre la capacidad de Öcalan para realizar lecturas geopolíticas a largo plazo, sino también sobre la memoria selectiva del discurso político. Las declaraciones pueden ignorarse cuando cuestionan los supuestos dominantes, para luego ser reproducidas —desvinculadas de su fuente original— una vez que la realidad comienza a alinearse con ellas.
Al mismo tiempo, esta situación pone de manifiesto una segunda capa: una forma de hipocresía política o amnesia estratégica. Los mismos marcos analíticos que en su día fueron descartados se están adoptando ahora, pero sin reconocimiento alguno. La voz que los articuló sigue excluida, incluso cuando su estructura analítica se normaliza.
Sin embargo, el cuarto elemento de la declaración de Öcalan —relativo a Turquía— introduce una cuestión más compleja. Durante mucho tiempo, esta parte parecía menos plausible que las demás. A diferencia de Irak, Siria o Irán, Turquía es miembro de la OTAN y, en virtud del artículo 5, un ataque contra un miembro se considera un ataque contra todos. Dentro de este marco, la idea de que Turquía sea blanco directo de una intervención militar externa ha parecido improbable, si no imposible.
Sin embargo, esta suposición se basa en la estabilidad de la propia alianza. ¿Y si esa estabilidad ya no se puede dar por sentada? ¿Y si el período de la OTAN —creada en oposición al Pacto de Varsovia— ya hubiera expirado? En los últimos años, las tensiones dentro de la OTAN, especialmente en el contexto de los cambios en la política exterior estadounidense, han planteado dudas sobre su coherencia a largo plazo. El enfoque asociado a Donald Trump —caracterizado por el escepticismo hacia las alianzas y la voluntad de romper los acuerdos geopolíticos establecidos— ya ha demostrado que el marco transatlántico no es inmune a la erosión interna.
Esto abre una nueva línea de reflexión. Si la OTAN se debilitara significativamente, se transformara o incluso se disolviera, el marco protector que rodea a Turquía también se vería alterado. Lo que hasta ahora ha funcionado como una barrera estructural podría volverse incierto. En ese caso, el cuarto elemento de la declaración anterior de Öcalan ya no parecería inverosímil, sino contingente; dependiente no solo de Turquía, sino del destino del sistema de alianzas más amplio en el que está integrada.
Esto no significa que tal desenlace sea inevitable. Más bien, pone de relieve la importancia de considerar los escenarios geopolíticos más allá de sus configuraciones institucionales actuales. Al igual que el orden de Sykes-Picot pareció estable durante décadas antes de entrar en una fase de disolución, las alianzas contemporáneas también pueden resultar menos permanentes de lo que parecen.
En este sentido, la importancia de la declaración de Öcalan no radica en su precisión profética, sino en su perspectiva estructural. Intenta interpretar los acontecimientos geopolíticos como parte de un continuo más amplio, en lugar de como sucesos aislados. Lo que importa no es si cada detalle se desarrolla exactamente como se afirma, sino que una forma particular de interpretar la región —a través de secuencias, transformaciones y lógicas estratégicas subyacentes— se articuló desde el principio y fue ignorada en gran medida.
Hoy, a medida que se intensifican los debates sobre el futuro de Oriente Medio, la cuestión no es solo qué sucederá a continuación, sino cómo se interpretan esos acontecimientos. El resurgimiento de este marco anterior invita a una reconsideración: no solo de las declaraciones pasadas, sino de las condiciones bajo las cuales ciertas voces son desestimadas, ignoradas o posteriormente apropiadas.
En este sentido, la cuestión no es solo la previsión geopolítica. Se trata también de reconocimiento: quién tiene permiso para interpretar el futuro, y cuyas interpretaciones solo se reconocen después de que se vuelven inevitables. (SD/VK)