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LENGÜICIDIO. En busca de una lengua prohibida

Kurdistan au féminin – 21 febrero 2026 – Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid

LENGÜICIDIO. Con motivo del Día Internacional de la Lengua Materna, que se celebra el 21 de febrero, volvemos a publicar este artículo sobre la lengua kurda, fechado en marzo de 2020, pero que sigue siendo de actualidad mientras la mayor parte de Kurdistán siga colonizada.

«¿Quién puede decir que robarle la lengua a un pueblo es menos violento que la guerra?». Ray Gwyn Smith

Hoy en día, es muy probable que un kurdo te diga: «Soy kurdo, pero no hablo kurdo». De hecho, desde la división de Kurdistán a principios del siglo XX, los Estados ocupantes de Kurdistán han querido acabar con la existencia del pueblo kurdo aplicando políticas de genocidio lingüístico, ya que era muy difícil exterminar físicamente a millones de personas, a pesar de las numerosas masacres perpetradas, como en Dersim, Zilan, Halabja… Por lo tanto, estos Estados (Turquía, Irán, Irak*, Siria) prohibieron severamente el uso del kurdo a partir de la segunda mitad del siglo XX.

Los kurdos no pueden recibir educación en lengua kurda, no pueden defenderse ante la justicia, etc., ni siquiera pueden afirmar que tienen una lengua llamada kurda, ya que Turquía niega la existencia de esta lengua milenaria y la registra como «lengua X» (X significa «desconocida»).

Retrospectiva de un genocidio lingüístico a través de la mirada de una superviviente

Mi familia vivía en una granja aislada en las montañas, en Kurdistán del Norte (Bakur), bajo ocupación turca. Durante el invierno, el único vínculo que teníamos con el mundo exterior era la radio que mi padre había comprado y los escasos invitados que venían de los pueblos de los alrededores cuando no había demasiada nieve bloqueando los caminos que conducían a la montaña. Un día, cuando yo aún era un bebé, mi padre le dijo a mi madre que a partir de entonces todos los niños debían hablar solo turco, porque el Estado turco había prohibido formalmente nuestra lengua, bajo pena de multa o prisión, etc.

Esta prohibición de hablar nuestra lengua materna causaría traumas insospechados en las nuevas generaciones. Me llevó años darme cuenta de su gravedad. Numerosos flashbacks me recuerdan esta lenta destrucción de un pueblo a través de su lengua prohibida.

Nuestro pueblo, donde había una escuela primaria reciente, estaba a varios kilómetros de nuestra granja y los meses de invierno nevados impedían a mis hermanos y hermanas acudir a ella. Así que mi padre tuvo que enviarlos a un internado.

Para «cortar» la lengua kurda de raíz, ya en la década de 1980, el Estado turco decidió crear internados** para los niños kurdos. A partir de los 7 años, los kurdos pasaban el año escolar en internados a merced de profesores y supervisores cuya misión era inculcar la lengua turca a niños que no sabían ni una palabra y turquizarlos separándolos de sus familias, su cultura y su lengua. No quiero ni pensar en los abusos psicológicos, físicos y sexuales que sufrieron muchos niños kurdos en esos horribles internados…

Unos años más tarde, tuvimos que abandonar nuestra granja y nos mudamos más cerca de la pequeña ciudad donde estaban internados mis hermanos y hermanas. Así pudieron dejar el internado y volver a casa. Pero todos hablábamos turco entre nosotros y con nuestro padre. El kurdo se reservaba para nuestra madre, que hablaba muy mal el turco.

El hecho de que los profesores nos repitieran hasta la saciedad que no había kurdos en «Turquía» (porque para Turquía no existían ni los kurdos ni Kurdistán), yo, una niña pequeña, me sentía culpable. Culpable de existir cuando, lógicamente, no debía hacerlo, ya que eso era lo que decían nuestros profesores. Culpable también de hablar, a escondidas, una lengua que no existía. Así que, un día, cuando nuestro maestro preguntó si había niños que no sabían hablar kurdo y que levantaran la mano, yo lo hice inmediatamente. Era la única y no me sentía muy orgullosa de mí misma…

Con la escuela, la televisión y la radio turcas, ya no había necesidad de esforzarse por olvidar esa lengua clandestina. El Estado turco lo había previsto todo para nosotros. Solo teníamos que dejarnos llevar. Nuestro vocabulario kurdo disminuía día a día, sustituido por el turco, incluso en nuestros sueños, y esto sin «ningún» remordimiento. De todos modos, no nos gustaba ese idioma ilegal. ¿A quién le gusta la ilegalidad, sobre todo cuando eres un niño que quiere hacerlo todo bien?

Yo, la niña «buena» e «inteligente», era la favorita de mis profesores e incluso me habían puesto el apodo de «la turca» en el barrio por haber empezado a hablar turco antes que kurdo, mientras que a los demás niños les costaba más convertirse en perfectos turcos de la noche a la mañana. ¿Y qué decir de la vergüenza que sentía ante mi madre, que no dominaba el turco? Vergüenza de pertenecer a un pueblo que no debía existir, un pueblo «atrasado», según la definición del Estado colonialista que quería acabar con nosotros turquizándonos como es debido.

Una vez adulta y exiliada en un país occidental (Francia), cuyo idioma no conocía, quise aprender francés inmediatamente para deshacerme del turco, porque ese exilio físico fue el detonante de un retorno mental a mis orígenes. De repente, empecé a tener los famosos flashbacks que me recordaban todas las humillaciones que habíamos sufrido como kurdos y niños, y la prohibición de hablar nuestra lengua en nuestra propia tierra.

Pasaba los días escuchando casetes para aprender francés, leía y hablaba con personas que no eran kurdas para aprender francés rápidamente. Por la noche, tenía el diccionario «Le Petit Robert» en mi cama (¡siempre digo que Petit Robert fue mi primer amante francés!).  En pocos meses, conseguí desenvolverme bien y, al cabo de unos años, el francés se convirtió en mi primera lengua. Pero seguía sin hablar correctamente mi lengua materna y mi entorno me había apodado esta vez «la francesa».

Hace unos meses, estaba hablando con un amigo kurdo que me preguntó si había nacido en Francia porque mi francés era «muy bueno». Le dije que no, que había venido siendo ya adulta, sin haber pasado por la escuela. ¡Apenas me creyó! Le hablé de mis dos apodos relacionados con los idiomas, antes de añadir que había conseguido ser turca y francesa y que ahora era el momento de (re)convertirme en kurda y que por fin me llamaran «Kurdê» (la kurda).

Hoy en día, leo y escribo en kurdo, con dificultad, excepto cuando son poemas huérfanos los que llaman a mi puerta para llevarme a mi país. Pero no desespero, voy a conseguir convertirme en una «verdadera kurda» que habla su idioma, aunque sea difícil, aunque tenga que tropezar con las palabras, caerme al suelo, después de tantos años de parálisis lingüística impuesta. ¡Viva la revancha de los «vencidos»! (Keça Bênav)

*En otras partes del Kurdistán, en Irak, Irán y Siria, existían prohibiciones similares. Hoy en día, en el Kurdistán autónomo de Irak y en Rojava, se enseña en lengua kurda, mientras que en Irán el kurdo sigue estando criminalizado… Por eso, hoy en día muchos kurdos, sobre todo los de Turquía, ya no hablan su lengua, pero son muchos los que luchan por tener derecho a volver a aprenderla y a hablarla, a reapropiarse de su música, sus costumbres y tradiciones, saqueadas y prohibidas por sus colonizadores. El precio que deben pagar los kurdos para conseguir lo que quieren sigue siendo muy alto. A menudo les cuesta la vida, pero siguen decididos.

** Esta decisión se aplicó con bastante éxito, con efectos devastadores que se pueden imaginar fácilmente a nivel psíquico y/o sociocultural en los niños kurdos y en los adultos en los que se convirtieron.

Para terminar con los derechos y prohibiciones relativos a las lenguas, he aquí una historia escrita por un escritor kurdo que relata la prohibición del kurdo y lo que nos esperaba si la desafiábamos.

«Un pan en turco» o cómo prohibir a los kurdos hablar su lengua materna

Estamos en la década de 1980, en una región kurda bajo ocupación turca. Un campesino corre a la panadería de su pueblo al volver del campo y quiere comprar un pan antes de que anochezca, ya que en esta región kurda, el Estado turco ha decretado el estado de emergencia con toque de queda al atardecer. El campesino dice apresuradamente «ka nanakî, bi tirkî.**» en kurdo, que podría traducirse como «un pan, en turco». Este pobre campesino no sabe hablar turco, pero tiene que comprar el pan de una forma u otra.

Ahora, imaginemos por un momento que esta escena tiene lugar en Francia, durante la ocupación nazi: un campesino de Corrèze, al regresar de su campo, corre a la panadería de su pueblo. El sol está a punto de ponerse y hay toque de queda al anochecer. Los nazis han prohibido hablar francés y han impuesto el alemán en todo el país, pero nuestro campesino de Corrèze no habla ni una palabra de alemán. Por lo tanto, probablemente diría: «Un pan, en alemán».

De hecho, el Estado turco había prohibido el kurdo en todo el país, incluidas las regiones kurdas, desde la creación de Turquía en 1923. Incluso en sus hogares, los kurdos no podían hablar su idioma so pena de ser detenidos y/o torturados, además de pagar una multa. (El Estado turco había enviado funcionarios a tal efecto a todo Kurdistán).

Aún hoy, en Turquía, el kurdo sigue estando prohibido, aunque se puede hablar en la esfera privada…

** «Ka nanakî bi tirkî / Bana türkçe bir ekmek ver» es el título de un relato de Cezmi Ersöz, escritor y periodista kurdo.

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