Cuando las palabras no significan lo mismo para todos

Chavia Ali – 5 febrero 2026 – Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid
El aroma del comino y el ajo flotaba en los estrechos pasillos del campo de refugiados. Sabía que alguien estaba cocinando calabacines rellenos otra vez.
Hace varios años, yo viví en ese campo. Como persona con formación jurídica, a menudo me encontraba ayudando a otros con sus trámites de asilo. No era algo formal, ni remunerado, pero significaba mucho para quienes me rodeaban. A cambio, muchos me expresaban su gratitud de la única forma que podían: a través de la comida. Los residentes del campamento me invitaban a compartir lo que habían podido preparar y ponían todo su corazón y alma en transformar ingredientes sencillos en algo especial.
Una semana, los calabacines estaban en oferta en la tienda local y casi todos en el campamento los utilizaron a su manera. Los sirios prepararon «Sheikh al-Mahshi», un plato de calabacines rellenos que yo creía conocer bien. Esa semana, comí «Sheikh al-Mahshi» cuatro veces. Y cada vez era completamente diferente. Diferentes especias. Diferentes rellenos. Diferentes manos. El mismo nombre, pero no el mismo plato. En ese campamento en el lejano norte, lejos de casa, aprendí más sobre la rica diversidad de las tradiciones culinarias sirias de lo que había aprendido en Siria. Ninguna de las familias del campamento se ponía de acuerdo sobre la forma correcta de preparar los calabacines rellenos, pero todas y cada una de esas familias sabían cómo ser generosas y consideradas, incluso en aquellas circunstancias tan difíciles.
En otra ocasión, durante una visita a Túnez, una joven muy amable me ofreció «hout» para almorzar. Acepté, sorprendida y muy curiosa. En árabe sirio, «hout» significa ballena, así que imaginé algo enorme y exótico, un plato que nunca había probado ni siquiera había oído nombrar. Pero cuando llegó el plato, era un delicioso plato de sardinas recién fritas. Aprendí que, en el dialecto tunecino, «hout» solo significa «pescado».
La misma palabra. Un mundo diferente. Y esto sin tener en cuenta el significado más importante: nuestra experiencia vital. Toda mi vida he luchado por transmitir a mis amigos lo especial y delicioso que es el «Bahjanly» de Kobane. El tipo de cocina que solo puede desarrollarse a lo largo de generaciones, a partir de la conexión íntima con la tierra y los ingredientes que esta produce. Hay que probarlo para entenderlo.
El hecho de que utilicemos la misma palabra no significa que nos refiramos a lo mismo. Cada cocinero tendrá su propia versión del calabacín relleno. Y esto no se aplica solo a la comida. Se aplica a los derechos, la ley y la dignidad. Las decisiones sobre quién puede vivir y quién morirá, quién puede hablar y quién es brutalmente silenciado. A menudo nos encontramos con frases poderosas como «la libertad está garantizada» o «los derechos están protegidos» en las constituciones y los textos legales. Pero lo que estas palabras parecen significar en el papel no siempre coincide con cómo se entienden o se aplican en la realidad.
Recuerdo una conversación que mantuve con un miembro del parlamento de uno de los países de nuestra región. Me dijo con orgullo que su nueva constitución garantizaba la libertad de religión y de creencias. Le pregunté: «¿Y qué pasa con los ateos?». Me miró sorprendido y respondió: «¡Por supuesto que no!». Ese hombre era sincero, culto y se preocupaba profundamente por los derechos humanos. Pero hablaba desde su propia verdad y su propia comprensión de los derechos en una sociedad ideal. Palabras como «libertad», «justicia» e «igualdad» pueden significar cosas radicalmente diferentes para diferentes personas. Por lo tanto, el hecho de que una ley utilice esos términos no significa que todo el mundo esté de acuerdo en a quiénes incluyen o qué protegen.
La brecha entre la ley escrita y la realidad vivida en una sociedad puede ser abismal. Esto se debe a que, más que las palabras en sí mismas, lo que realmente importa es quién las define, quién las interpreta y quién queda excluido. Por lo tanto, proteger los derechos requiere algo más que tinta sobre papel, sesiones fotográficas o declaraciones grandilocuentes a la prensa. Requiere un entendimiento común, humildad cultural, trabajo duro y el valor de aplicar esas palabras de manera justa, incluso cuando hacerlo desafía nuestras propias verdades.
Hoy, más que nunca, estas cuestiones son urgentes. Mientras observo la nieve sueca caer suavemente fuera de mi ventana, se vuelve a esgrimir el discurso de la «unidad nacional» y la «seguridad» para destruir hogares, vidas y esperanzas. En el sur, en el norte, en el oeste y en el este, en las montañas y en las llanuras. A menos que queramos que nuestras vidas se reduzcan a una lucha salvaje por la supervivencia, debemos aprender esta lección: cuando palabras como «libertad» se entienden de manera diferente, no es solo una cuestión de lingüística. Puede significar seguridad para una persona y peligro para otra. Pertenencia para algunos y exilio para otros. Así que tal vez no deberíamos debatir si una ley promete libertad, justicia o seguridad, sino reflexionar sobre las cuestiones que realmente importan: «¿Libertad y seguridad para quién? ¿Justicia según la definición de quién?».
Las palabras no viajan vacías. Llevan consigo historia, poder y suposiciones. Si queremos un futuro que no esté definido por la fuerza bruta, el odio y la destrucción, un mundo en el que podamos volver a disfrutar del Sheikh al-Mahshi en todas sus deliciosas variantes, debemos preguntarnos no solo qué dice la ley, sino qué significa realmente. Quizás, antes que nada, simplemente necesitemos aprender a preguntarnos unos a otros: «¿Qué significa esa palabra para ti?». Y luego, estar preparados para escuchar.