“¡A trabajar primero!” – Sobre la ética del trabajo y el espíritu del capitalismo

Fuente: Komun Academy

Autores: AK Geschichte & WIderstand

Fecha de publicación original: 24 de junio de 2020

Al abordar la cuestión de cómo pudo imponerse la modernidad capitalista en Europa Central, la iniciativa “Historia y resistencia” en Alemania se ocupó, entre otras cosas, de la obra de Max Weber sobre el espíritu del capitalismo. Sus tesis y el debate que se desarrolló a partir de su análisis, serán compartidos aquí por partes.

“Ve a trabajar primero”[1] – Sobre la ética del trabajo y el espíritu del capitalismo

El hecho de que las personas se midan socialmente por su profesión y sus ingresos es algo que nos parece mal, pero es una amarga realidad. Aceptamos la autodisciplina en el trabajo -con un poco de ayuda de la oficina de empleo- como si fuera parte del juego. Los comentarios despectivos y las humillaciones nos afectan, aunque en realidad no queremos que nos midan por nuestra competitividad en el mercado laboral. Pero, ¿qué evolución social ha llevado a estas ideas? ¿De dónde procede esta ética del trabajo, con sus valores y moral específicos, que también puede describirse como el espíritu del capitalismo, que parece casi natural? Muchos han investigado esta cuestión y han situado los cambios sociales en los valores, los modos de producción y las estructuras de poder en la sociedad en un contexto histórico. Max Weber fue uno de ellos. Su obra puede aportar algunas reflexiones para un análisis crítico de las mentalidades actuales y de cómo se han desarrollado.

El desarrollo de la ética protestante desempeñó un papel importante en la implantación del capitalismo como mentalidad y sistema hegemónico en Europa en el siglo XVI. No sólo cambió la visión religiosa del mundo tras las puertas de la iglesia, sino que también interfirió en las condiciones sociales y desafió el orden secular. Estaba estrechamente entrelazada con los levantamientos de los campesinos contra la opresión feudal y buscaba nuevas explicaciones más allá de las interpretaciones católicas del mundo. Llevó consigo la herencia de siglos de luchas heréticas[2] y campesinas. Pero, al mismo tiempo, también configuró la formación del sujeto burgués y la ética y la mentalidad asociadas a él. Abdullah Öcalan se refiere a esta conexión en su análisis de la civilización capitalista, que después de la fase romano-griega de la civilización alcanzó su siguiente pico en los centros del protestantismo, las ciudades comerciales de Amsterdam y Londres. Cómo la afirmación del capitalismo como sistema hegemónico se entrelaza con el desarrollo de una ética protestante es analizado por Max Weber en su obra “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Öcalan coincide con Weber en su análisis de que el protestantismo preparó el terreno para el capitalismo. Sin embargo, se juzga de manera diferente si el protestantismo desempeñó este papel por la fuerza de su propia moral o por la debilidad de los principios morales. En contraste con Weber, Öcalan ve el protestantismo como una religión débil en la que la moral es más débil en comparación con otras denominaciones del cristianismo. Esta evaluación diferente proviene de un concepto distinto de la moral social y de la correspondiente evaluación de su fuerza o debilidad en el protestantismo.

En el proceso histórico, el protestantismo conduce a dos desarrollos que se influyen mutuamente: la mayor destrucción de la moral social y, por lo tanto, el debilitamiento de las fuerzas sociales, mientras que al mismo tiempo se profundiza en la penetración del ser humano individualizado con el poder.

La moral: El estado actual de la sociedad

Si entendemos la moral social como un sistema de la conciencia colectiva de la sociedad, es decir, los valores que constituyen la base para poder hablar de sociedad en absoluto, como la solidaridad, la ayuda mutua, la conexión con la naturaleza, una vida comunitaria que pueda darse a sí misma un sentido, entonces éstos están mucho menos desarrollados en la ética protestante que en otras confesiones. Sólo en este sentido, desde esta perspectiva, es comprensible que la ética o moral protestante, a pesar de su profunda inscripción en el individuo y de la penetración en los ámbitos “mundanos” de la vida, se entienda como débil. Pues la ética de la que habla el protestantismo, los valores que el protestantismo ha elevado a virtud moral, son lo contrario de una sociedad intacta en el sentido descrito. Son estos valores, según Weber y Öcalan, los que prepararon el terreno para el establecimiento del capitalismo como sistema hegemónico.

Pero no podemos hablar aquí del protestantismo per se. Aunque el protestantismo luterano desempeñó un papel decisivo en la reorganización de la iglesia, son otras tendencias protestantes las que han contribuido de forma más decisiva al desarrollo del espíritu del capitalismo, a su hegemonía y a la constitución del sujeto burgués: la clase media. Son precisamente las confesiones surgidas en Inglaterra, como el puritanismo,[3] y su difusión en las colonias inglesas, así como el pietismo,[4] especialmente presente en Europa Central, y no menos el calvinismo,[5] los que han sido portadores y pioneros en este contexto.

Las virtudes y los valores que se encuentran en el calvinismo, en el puritanismo, en el pietismo y en el movimiento anabaptista[6] se caracterizan por la actuación del individuo en relación con el “aquí y ahora”[7]. Son cualidades como la diligencia, la puntualidad, la modestia, la prudencia, la sobriedad y la racionalidad para el beneficio económico en la vida laboral… en definitiva, una vida ascética para la gloria de Dios. Pero las virtudes y también las ideas de la vida ascética pueden encontrarse ya en fases anteriores de las civilizaciones sociales, es decir, el espíritu específico del capitalismo no puede relacionarse sólo con esto. La diferencia es el desarrollo hacia un sistema de estas concepciones éticas y de una ética del trabajo, que finalmente dejó su marco explicativo religioso-protestante y su forma de vida y pudo afirmarse en la mentalidad capitalista hegemónica. En esta mentalidad el nuevo Dios es el dinero, cuya adquisición se convierte en un fin en sí mismo.

La “beatificación” de cada persona en la “vocación”

El término “profesión” tiene un significado especial. El luteranismo protestante sentó las bases de la misma, pero son otras tendencias dentro del protestantismo las que la han convertido en lo que hoy encontramos. Lutero enfatizó la profesión como el cumplimiento del deber en la tierra, pero por el bien de Dios. De este modo, cimentó la situación de las masas trabajadoras y las dejó en el estado en que se salvarían. Pero incluso en el caso de Lutero esto no significaba vivir un tradicionalismo en el que se trabajara sólo lo necesario para vivir y no más. En el que la posibilidad de trabajar menos era más atractiva que ganar más. Con su nueva ética del trabajo, no sólo apuñaló por la espalda a los campesinos rebeldes que tenían exactamente esa idea del trabajo y que no querían soportar la carga de su explotación. No sólo allanó el camino a una nueva clase media que buscaba el ascenso, sino que también mantuvo el orden feudal en el que el campesino debía dedicarse ahora con mayor devoción a su profesión. Y así como la relación de clase es parte de este orden feudal propagado por Lutero, también lo es la relación de género: la mujer como súbdita y propiedad del hombre. Hay que destacar que la lucha contra la idea de trabajo del tradicionalismo en el sentido mencionado y la imposición del orden patriarcal no fue fácil. Las numerosas resistencias de los campesinos, de los artesanos y de los movimientos femeninos heréticos lo atestiguan. Aunque Weber subraya que esta nueva idea apenas pudo imponerse, sobre todo contra el modo de vida y la mentalidad de las mujeres, aún debemos responder a la pregunta de las razones de esto y su significado para la sociedad. Si entendemos que las mujeres desempeñaban un papel importante en la estructura de las sociedades precapitalistas, entonces podemos explicar su resistencia, por un lado, y la severidad de los ataques contra ellas, por otro.

Mucho más que el luteranismo, otros movimientos protestantes han dado nueva vida a la “profesión”. En la realización en la profesión y en el éxito económico de la misma reside la esperanza de ser elegido por Dios para la vida eterna. Sólo la oportunidad de un buen negocio o de una promoción profesional es el momento en el que la elección de Dios puede expresarse. Y no aprovechar esta oportunidad para sacar lo mejor de ella va en contra de la ética del buen cristiano. Toda esta ganancia económica y riqueza no es para el disfrute personal, sino únicamente para la gloria de Dios. Pero tampoco hay nada malo en la comodidad que proporciona el éxito económico, siempre que no se convierta en el motivo de la acción. Este disfrute no debe llevar a la pereza o a descansar en la riqueza y dejarse llevar. Pero la tentación de entregarse a los placeres mundanos, al lujo y a la riqueza es grande. Son la expresión del “estado natural” del ser humano con todas sus pulsiones, lujurias y sentimientos y deseos emocionales, de los que el ser humano tiene que liberarse. Según los puritanos, también la sexualidad debe practicarse únicamente para la gloria de Dios, para el aumento del pueblo creyente. Pero hay un remedio para todas las tentaciones: La dieta, los baños fríos y, sobre todo, el trabajo duro en el lugar de trabajo, son la medicina de los puritanos para las dudas religiosas. Lo que se necesita es una autodisciplina ascética del yo burgués en beneficio propio. Parece comprensible que las ideas de caridad cristiana encuentren poco o ningún lugar en ella o en la forma consumida. La vestimenta del monje católico se entendía como una expresión egoísta de falta de bondad y de evasión de los deberes mundanos. Sólo en el trabajo profesional mundano se expresa la caridad, porque -según el nuevo paradigma económico- “si todos piensan en sí mismos, entonces todos serán pensados”.

Una cuestión importante para la vida religiosa de las personas era si eran elegidas por Dios o no. Esta es la cuestión de la “doctrina de la salvación”, del destino a la vida eterna – para otros a la muerte eterna. A diferencia del catolicismo, en el calvinismo, entre los puritanos y los pietistas, como en la práctica religiosa de los anabaptistas, ya no hay confesión, ni perdón, ni iglesia que pueda absolver de todos los pecados y asegurar un lugar en el paraíso. Dios ya no está mediado por la Iglesia y sus sacramentos, enseñanzas, dogmas y salvaciones. Es la simple desmitificación de la religión. Lo único que queda es la vida ascética para la gloria de Dios y los indicios de ser los elegidos de Dios, que, sin embargo, no es ninguna garantía en la que el hombre pueda descansar.

Pero, ¿qué hacer con las muchas dudas sobre el yo que existen en el interior? Ni siquiera hay que pensarlas, por no decir formularlas, porque es la duda sobre Dios la que habla a través de ellas. Y un verdadero cristiano no duda de Dios. Pero con eso el ser humano se encuentra en un profundo aislamiento, solo consigo mismo en la discordia. No hay lugar donde pueda calmarse, formular sus dudas y luego encontrar la salvación. Este es el origen de las personalidades de la clase burguesa en los inicios del capitalismo como sistema hegemónico. Son los santos seguros de sí mismos, los mercaderes puritanos racionales, que en su inquieto trabajo profesional alcanzan la certeza de su estado de gracia y disipan todas las dudas, los seguros de sí mismos en su servilismo.

El protestantismo, especialmente las corrientes del calvinismo, el pietismo y el puritanismo, sacaron la vida ascética del restrictivo camino católico de la monja o el monje y la lanzaron a la vida laboral interior y moral. Pero este ascetismo no sólo determinó la vida laboral, sino que, esto es decisivo, configuró todo el estilo de vida de una nueva clase y con ella un orden moderno, basado en la producción industrial que surgió y creció con fuerza durante esta época. Una vez establecido el orden, todos -unos más y otros menos- nacieron en él.

Un nuevo espíritu en el comercio, el Estado y la ciencia

No es casualidad que sea precisamente en los nuevos centros de poder de los siglos XVI y XVII donde encontramos el encuentro de un nuevo espíritu del capitalismo, la ciencia y el Estado. Estos centros fueron las ciudades comerciales como Ámsterdam y Londres, donde la civilización allanó el camino hacia la modernidad capitalista. Y esto en un momento en que la religiosidad de la Iglesia católica perdía legitimidad y las ciudades libres estaban bajo la presión de reinos y principados.

Una nueva forma de organización militar y burocrática en un Estado-nación aseguró los intereses de esta clase burguesa en desarrollo en Ámsterdam. Como resultado, el Estado-nación holandés se impuso a largo plazo frente al Imperio español o de los Habsburgo y al reino francés. Se sentaron las bases de una nueva forma de guerra y de ejército, más burocrática, disciplinada y tecnológicamente avanzada que cualquier otro ejército anterior. Estos nuevos métodos no sólo aseguraron la defensa de los Países Bajos frente a los imperios circundantes, sino que también se utilizaron ampliamente en las colonias europeas y en la supresión de los levantamientos en ellas. Este nuevo espíritu también encontró su expresión en la ciencia y el arte. Los cuadros de Rembrandt hablan de ello, revelando los rostros seguros de sí mismos de los comerciantes de Ámsterdam, no en la pompa, sino en la modestia, no en la belleza exagerada e idealizada, sino en su autenticidad.

El Estado-nación refleja la forma cambiante del poder, tal como lo encontramos en los movimientos protestantes, a diferencia del catolicismo. El poder como fuerza externa, que está por encima de todo, que ejerce presión y exige obediencia, en el protestantismo se convierte en una fuerza penetrante que llama desde el interior del individuo una y otra vez a su disciplina. Esto es precisamente lo que podemos ver también en el Estado-nación, que profundiza y al mismo tiempo amplía socialmente el poder, que reúne la explotación económica y militar con la hegemonía ideológica de las nuevas ciencias positivistas.

El sujeto burgués en nosotros

Para ilustrar cómo se expresó el espíritu del capitalismo, partiendo pero desligado del protestantismo, Max Weber se refiere a algunos pensamientos de Benjamin Franklin. El propio Franklin seguía influenciado por el puritanismo en su casa paterna, pero formuló la ética burguesa del trabajo sin continuar la referencia a los valores religiosos. Con él, el Dios ya había venido a la tierra en forma de dinero.

Hoy en día, muchas personas no tienen una conexión directa con el protestantismo o el catolicismo. Han crecido en familias en las que quizá se iba a la iglesia en Navidad. El hecho de no ser creyente lleva a la creencia errónea de que la iglesia ya no tiene ninguna influencia en las personalidades. Si seguimos el pensamiento de Weber, la ética del trabajo determinada por la religión se ha generalizado socialmente a lo largo del tiempo, a través de generaciones, clases y regiones. Es a través de la socialización que esta ética se inscribe en todas nuestras personalidades y mentalidades y se reproduce socialmente cada día, incluso a través y dentro de nosotros mismos.

Especialmente en la clase media conocemos muy bien el argumento de “ir a trabajar primero”. Expresa lo que el protestantismo, a través de sus diversas tendencias, ha introducido en nuestras mentalidades. El trabajo y los ingresos son el factor decisivo, no la medida en que una persona contribuye a una vida social sana, plena, libre y feliz o no. El trabajo ha superado los valores morales, se ha convertido por sí solo en un valor. Se ha convertido en un fin en sí mismo, en el centro de la vida individual y social. Especialmente en tiempos del neoliberalismo, estas características se llevaron al extremo. La autodisciplina, la optimización, el carácter divino del dinero… Pero no se trata de una expectativa impuesta desde el exterior, sino de una imagen propia que quiere ser cumplida. Si no se cumple, es la vergüenza que se deposita también en el propio individuo. Si uno se queda solo sin su tarea social, sin su profesión, más bien sin su vocación, entonces su lugar y su papel en la sociedad se tambalean. De esta inseguridad surge la autoimagen de la propia inutilidad y falta de valor en y para la sociedad.

A menudo, sólo en contraste con las sociedades en las que esta forma de espíritu capitalista no ha podido establecerse con toda su fuerza, vemos lo profundamente que estas ideas se han inscrito en nuestras personalidades. La forma capitalista de explotación y de poder ha penetrado en todos los poros de la sociedad y de sus formas de vida. Y no se detienen en nuestras personalidades. Se refleja en los planteamientos del trabajo político, aunque el objetivo no sea un buen salario o una ventaja económica, sino la liberación social. También nosotros reproducimos las ideas y los comportamientos de un carácter trabajador, puntual, modesto, sobrio y racional, combinados con el sentimiento de no hacer “lo suficiente” ante la catastrófica realidad de este mundo. No pocas veces, por una actitud autocrítica de querer superar la mentalidad capitalista, se intenta abolir esta ética en su opuesto: el hedonismo y el no compromiso. Ni en la reproducción, ni en su contrario, encontraremos una vía emancipadora. Nuestro camino es una tercera vía: la fiabilidad, la modestia, la autodisciplina y la reflexión, combinadas con un profundo amor por las personas y por nosotros mismos, con empatía y conexión emocional y con alegría en lo que hacemos. Una personalidad que, con esfuerzo, devoción y lucha interior, está siempre al acecho de la solución de los problemas sociales, y por tanto en busca de la libertad y la verdad social.

Pero aunque el espíritu del capitalismo se haya expresado entretanto desvinculado del protestantismo, todavía hay mucho que queda abierto, si queremos responder a la pregunta de qué significado tuvo y tiene la religión en general, las tendencias protestantes en contraste con el catolicismo en particular, para la sociedad alemana. Es esencial considerar cómo se ha expresado y se sigue expresando el papel y el significado social de la mujer en los distintos movimientos religiosos. Y ¿encontramos, históricamente y todavía hoy, una diferencia regional en las actitudes ante la vida, en el espíritu capitalista, que pueda concluirse de la aplicación regionalmente diferente del protestantismo y sus movimientos?

El protestantismo en el flujo de la civilización democrática

La Reforma es una de las olas del río de la civilización democrática que se abre paso constantemente en la historia y que nunca ha sido ni podrá ser detenido del todo por el poder y la dominación. Formar parte de la civilización democrática no significa estar libre de contradicciones. Significa insistir en ser humano, defender los valores fundamentales de las sociedades y perpetuar así la herencia de los que luchan por la libertad.

La Reforma, desencadenada por las luchas seculares de los movimientos heréticos, representa un momento de la larga historia de las fuerzas democráticas en el flujo de la civilización democrática. Los movimientos heréticos recordaron el cristianismo de los pobres como base para un despertar revolucionario en relación con las luchas de la población campesina.

Pero gran parte de los movimientos protestantes, sobre todo la línea política en torno a Lutero, se limitó a establecer nuevos centros de poder contra el emperador y el papa católicos. Fueron los príncipes quienes, por su propio interés en el poder, se unieron al bando de Lutero y se convirtieron en los más fuertes opositores de aquellos movimientos protestantes que ya no aceptaban el orden mundano de dominio y opresión. Y como tantas veces en la historia, diferentes centros de poder, a veces rivales, unieron sus fuerzas frente a la revolución social desde abajo. Por eso no es de extrañar que la alianza contra las revueltas campesinas y contra el papel social de la mujer se extendiera más allá de todas las contradicciones entre el protestantismo y el catolicismo.

Aunque, y no es casualidad, casi ninguna mujer ocupó un papel destacado en el protestantismo, sí desempeñó un papel central dentro de los movimientos heréticos en la búsqueda de un cristianismo libre basado en valores sociales. Las convenciones de las beguinas, que se extendieron por muchos países de Europa, dan testimonio de esta influencia y de la fuerza de sus valores y modos de vida, y prepararon primero el terreno para lo que hoy llamamos la Reforma. Pero no consiguieron defender sus valores y su estructura económica contra los ataques del orden patriarcal imperante. La brutalidad con la que se llevaron a cabo estos ataques puede verse en la persecución de las brujas. Con estas mujeres, perseguidas y exterminadas como brujas, se intentó destruir una cultura social y sus valores. Esta cultura vivía de un tradicionalismo económico, de una conexión con la naturaleza y la sociedad, de una creencia en la sacralidad y vitalidad de la naturaleza. La relación holística con el mundo estaba así en contradicción con un orden de poder patriarcal y capitalista recién establecido.

No es la discusión sobre la cuestión de la existencia de Dios según la cual los movimientos revolucionarios deben definir su relación con la religión y los movimientos religiosos. La religión debe entenderse como una realidad social, como una estructura de pensamiento para explicar el mundo. Este significado de la religión la convierte necesariamente en objeto de una teoría y una práctica revolucionarias que cambian la sociedad. Y al igual que las explicaciones religiosas prepararon el terreno para el espíritu capitalista, estas explicaciones dieron lugar a movimientos revolucionarios como el cristianismo primitivo, las convenciones de beguinas y los movimientos teológicos de liberación del lado de las luchas anticoloniales. Por lo tanto, la cuestión no es si, sino cómo los movimientos religiosos que quieren liberarse del poder y la dominación para formar parte del despertar a la modernidad democrática.

El despertar a la modernidad democrática sólo puede basarse en una moral fuerte que se centre en la sociedad y no en el poder y el beneficio. Una moral fuerte que proteja a las fuerzas sociales de convertirse en parte del poder. Una moral que se vincule con lo que constituye la sociedad: la ayuda mutua, la solidaridad, la libertad, la igualdad y la democracia.


1] Muchos activistas en Alemania conocen la frase: “Primero vete a trabajar” es la respuesta de muchos, en las discusiones en la calle o en la familia, cuando alguien plantea quejas sobre la sociedad, cuando intentan convencer a otros de ideas que cambian la sociedad. Con esta respuesta se niega el derecho a no aceptar más el statu quo.

2] La herejía (“opinión”, “escuela”) es una declaración o enseñanza que contradice los principios de fe de la Iglesia. Un hereje es un representante de la herejía.

3] El puritanismo fue un movimiento especialmente eficaz de la Reforma entre los siglos XVI y XVII. Especialmente en Inglaterra, Escocia y a partir de 1629 en “Nueva Inglaterra” tuvo un gran número de seguidores. El término “puritano” proviene de la palabra “purificación”. Lo más característico del puritanismo es el rechazo total de todas las ceremonias religiosas y de la jerarquía eclesiástica que se interponían entre la comunidad y Dios. Su carácter está marcado por un individualismo pesimista y sin ilusiones que no confía en nadie más que en Dios. Al mismo tiempo los puritanos, seguimos las observaciones de Janet Biehl sobre las Asambleas de Ciudadanos, “una vez que se establecieron en Nueva Inglaterra después de 1629, fundando ciudades donde antes no había ninguna, esa autonomía religiosa se extendió al mundo civil en forma de autonomía política”. Así, sentaron las bases de una importante forma de autogobierno social. (Janet Biehl: “Citizens’ Assemblies, From New England to Rojava”, en Challenging Capitalist Modernity II. Diseccionando la modernidad capitalista – Construyendo un confederalismo democrático)

4] En la segunda mitad del siglo XVII, el movimiento pietista en Alemania se desarrolló a partir de la Reforma. Lo característico del pietismo es su lucha interna entre el lado emocional de la vida religiosa y el ascetismo racional. Conectado con este lado emocional estaba el deseo de saborear la “comunión con Dios en su bendición” ya en este mundo y no esperar a una vida posterior indefinida. Sin embargo, el lado racional mantuvo en principio la ventaja, aunque fuera menos pronunciada, por ejemplo en el calvinismo. Y así también el trabajo siguió siendo el instrumento ascético decisivo para la gracia de Dios, que bendice a su pueblo mediante el éxito en la vida laboral.

5] El calvinismo se refiere a las enseñanzas teológicas de Juan Calvino, que vivió a principios del siglo XVI. En contraste con el protestantismo del luteranismo, el calvinismo fue particularmente efectivo fuera del área geográfica actual de Alemania. A diferencia del luteranismo, el calvinismo sustituyó el enfoque emocional de la religión por un estricto autocontrol y regulación de la vida religiosa.

6] El movimiento anabaptista se desarrolló a principios del siglo XVI. Su punto álgido fue el control de la ciudad de Münster en los años 30 del siglo XVI. A diferencia de otros movimientos protestantes, su referencia al cristianismo primitivo se caracteriza por la referencia concreta a la vida de Cristo y los discípulos. Estos discípulos sirven de modelo para la forma de vida. Se evita todo lo mundano y toda la reverencia es para servir sólo a Dios. Con ello, cada creyente puede establecer una conexión con el Espíritu Santo, lo que se asocia a un rechazo radical de todas las enseñanzas del cadáver de la Iglesia. Y con este rechazo, el movimiento anabaptista se basa totalmente en un control interno de la persona.

[7] El movimiento anabaptista se desarrolló a principios del siglo XVI. Su punto álgido puede verse en el control de la ciudad de Münster en la década de 1530. A diferencia de otros movimientos protestantes, su referencia al cristianismo primitivo se caracteriza por la referencia concreta a la vida de Cristo y los discípulos. Estos discípulos sirven de modelo para la forma de vida. Se evita todo lo mundano y toda la reverencia es para servir sólo a Dios. Con ello, cada creyente puede establecer una conexión con el Espíritu Santo, lo que se asocia a un rechazo radical de todas las enseñanzas del cadáver de la Iglesia. Y con este rechazo, el movimiento anabaptista se basa totalmente en un control interior de la persona.

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