Para vencer en Siria, Estados Unidos debe reconsiderar su política kurda

Una nueva estrategia debe abordar todos los problemas, desde sus raíces, que la zona segura pretende resolver.

Por Giran Ozcan. The National Interest. 8 septiembre 2019.

El mes pasado, Estados Unidos y Turquía llegaron a un acuerdo temporal sobre una propuesta «zona segura» en el noreste de Siria, marcando el último tramo de un patrón de amenazas y negociaciones que ha caracterizado los últimos años de las relaciones entre ambos países. Aunque Estados Unidos parece haber evitado por el momento una operación militar unilateral turca contra las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) lideradas por los kurdos, los detalles del plan son vagos, y es probable que resulte ser poco más que una medida provisional. En lugar de negociar desde una posición de fuerza, los diplomáticos estadounidenses intervinieron en el último minuto y dieron prioridad a una solución que permitiría al presidente turco Recep Tayyip Erdogan salvar la cara en lugar de obligar a su gobierno a abordar las causas profundas del conflicto en cuestión. Al hacerlo, han evitado una escalada temporal, alargando su resolución por la vía diplomática.

Esta crisis es sintomática de un problema mayor de estrategia regional. Hasta ahora, la gestión estadounidense de las tensiones entre Turquía y las SDF ha cometido tres errores importantes: Privilegiar la relación de Turquía con la OTAN por encima del giro antioccidental de Erdogan, considerar a los grupos kurdos como actores militares sin potencial de compromiso político, y separar los conflictos en Turquía y Siria a pesar de sus innegables conexiones. Cada uno de estos supuestos fallidos se basa en una visión obsoleta de Oriente Medio y del papel que desempeñan en él las potencias exteriores, incluidos los Estados Unidos. Cada uno de estos supuestos también ha puesto en entredicho la capacidad de Estados Unidos para alcanzar sus objetivos declarados en Siria. Si lo que pretende Estados Unidos es retirar sus fuerzas de Siria al tiempo que asegura la derrota duradera de ISIS y trabaja por un final negociado del conflicto de ocho años, estas lecciones aportadas por la crisis de la «zona segura» sacan a la luz una nueva estrategia.

Un reajuste con la OTAN

Turquía ha sido miembro de la OTAN durante casi setenta años. A lo largo de este tiempo, esto le ha valido un apoyo casi incondicional de Estados Unidos a sus objetivos en política exterior, incluso a los que se relacionan con circunstancias geopolíticas diferentes de aquéllas del momento de su adhesión.

Al unirse a la alianza, Turquía acordó «resolver cualquier conflicto internacional en el que pueda verse involucrada por medios pacíficos, de tal manera que no se pongan en peligro la paz, la seguridad y la justicia internacionales» y «salvaguardar la libertad, el patrimonio común y la civilización de [sus] pueblos, sobre la base de los principios de la democracia, la libertad individual y el Estado de Derecho». Sería difícil argumentar que las incursiones unilaterales de Erdogan en territorio sirio pacífico, la discriminación contra las minorías étnicas y religiosas y el encarcelamiento de decenas de miles de políticos, activistas, periodistas, académicos y disidentes cumplen esta norma. Sería aún más difícil afirmar que la profundización de sus lazos políticos y militares con Rusia -cuyos intereses pretendía contrarrestar la fundación de la OTAN, y cuya presencia regional se buscaba equilibrar con la admisión de Turquía- es compatible con el espíritu más amplio del Tratado.

Para Erdogan, los compromisos de Turquía con la OTAN son ahora poco más que palabras sobre el papel. Para Estados Unidos, sin embargo, permiten a los políticos justificar los peores excesos autoritarios del actual gobierno turco. Los funcionarios turcos lo saben: de ahí su confianza en la obtención de concesiones sobre Siria y en el mantenimiento del silencio internacional sobre su represión interna. Los Estados Unidos no deben permitir que Turquía siga aprovechando esta diferencia de perspectivas. En lugar de considerar el estatus compartido de la OTAN como base para el apaciguamiento, Estados Unidos debería apremiar a Turquía a mantenerse en los estándares que la alianza afirma tener.

También debería reconocer que el giro autocrático de Erdogan es inseparable de su acercamiento a Rusia. Su concentración de poder y su corrupción institucionalizada le permiten hacer tratos -como el acuerdo de los S-400- que benefician a unos pocos poderosos más que a los intereses del país en su conjunto. Las voces pro-rusas más fuertes dentro de su gobierno tienden a ser las que más apoyan la represión en su país y la agresión en el extranjero. Irónicamente, lograr el regreso de Turquía al redil de la OTAN requerirá el apoyo de Occidente a las fuerzas democráticas y pluralistas cuyas preocupaciones no han sido escuchadas internacionalmente durante décadas por temor a molestar a un socio de la OTAN.

Asientos a la mesa

También será necesario un nuevo enfoque político para dirigirse a los grupos kurdos. Históricamente, Estados Unidos los ha visto a través de una lente militar, sin tener en cuenta las razones políticas por las que lucharon. Este patrón quedó bien establecido en las últimas dos décadas del siglo XX. En el Kurdistán iraquí, donde un movimiento armado de resistencia kurda era útil, Estados Unidos trabajó con esos grupos cuando resultaba ventajoso, los abandonó al régimen de Saddam Hussein cuando no lo era, y permitió que los líderes locales establecieran un gobierno inestable y antidemocrático cuando la región ganó autonomía. Al otro lado de la frontera, en Turquía, donde tal movimiento era una amenaza, los Estados Unidos dieron a los sucesivos gobiernos turcos un cheque en blanco para la guerra a un gran coste humano. Independientemente de que los grupos armados kurdos sean considerados socios o terroristas, la lógica del compromiso es la misma: son actores militares cuyos objetivos políticos últimos -y sus bases civiles- no importan.

Hoy corremos el riesgo de que esta tendencia se repita en Siria. Las Fuerzas de Autodefensa han liberado más territorio sirio de ISIS que cualquier otro actor en el conflicto, pero a su ala política no se le ha concedido un asiento en la mesa de negociaciones. Los desafíos que enfrenta hoy en día -la justicia para los miles de prisioneros de ISIS que mantiene, la reconstrucción de docenas de ciudades devastadas por la guerra y la seguridad a largo plazo contra vecinos hostiles- son cuestiones políticas con soluciones que requieren esfuerzos internacionales para resolverse. A pesar de ello, los Estados Unidos parecen reticentes a comprometerse, buscando en cambio soluciones que abordan los problemas de seguridad en la superficie, evitando al mismo tiempo sus raíces políticas.

Si Estados Unidos continúa con esta visión reductiva, se perderá el papel esencial que el pueblo kurdo puede desempeñar en el realineamiento de Oriente Medio. En este momento, hay unos cuarenta millones de kurdos que viven en cuatro Estados cruciales para la política regional: dos millones en Siria, seis millones en Irak, doce millones en Irán y veinte millones en Turquía. El programa político más difundido entre ellos se basa hoy en día en el laicismo, los derechos de la mujer y una visión del Estado no excluyente por motivos étnicos o religiosos, sino que tiene en cuenta la rica diversidad de la región a través de la descentralización. Estados Unidos debería comprometerse políticamente con los grupos kurdos que defienden estos valores en toda la región y permitir que la exitosa asociación militar con las SDF sirva como inicio de una nueva estrategia, no como una repetición de una fracasada.

Compromiso por la paz

En la base de las fallidas suposiciones estadounidenses sobre el Estado turco y el pueblo kurdo que se han discutido hasta ahora, está la insistencia en separar su conflicto a lo largo de las fronteras estatales. Ésta es una forma de compartimentación que ninguna de las partes suscribe por sí sola. En la raíz de la crisis de la zona segura de Siria están los temores turcos a su cuestión kurda interna. El gobierno actual insiste en una solución militar porque siempre ha recurrido a ella en su país. Los kurdos sirios, por otra parte, temen una invasión turca porque saben cómo se ha tratado a los kurdos del otro lado de la frontera. El único punto de acuerdo entre las dos partes podría ser la comprensión de que su conflicto es transnacional, algo que los Estados Unidos no han logrado hacer.

Estados Unidos ha reconocido que las tensiones turco-kurdas en el noreste de Siria requieren una solución negociada, que nuevas acciones militares serán perjudiciales y que tiene un papel crucial que desempeñar en la mediación de dicho acuerdo. Sin embargo, todavía no ha sido capaz de ampliar esta lógica para alcanzar un verdadero punto de partida para una solución: El compromiso de Estados Unidos por la paz en el noreste de Siria requiere el compromiso de Estados Unidos por la paz en Turquía.

Recientemente, más voces estadounidenses influyentes que nunca antes se han comprometido con esta idea. La Evaluación Provisional del Grupo de Estudio de Siria, publicada a principios de mayo, ha resuelto que «la solución a largo plazo a las tensiones entre Turquía y las YPG [Unidades de Protección Popular] radica en un proceso de paz renovado entre Turquía y el PKK [Partido de los Trabajadores del Kurdistán]». En su primer artículo de opinión desde su jubilación, el ex comandante del CENTCOM, General Joseph Votel, escribió que «la solución ideal para el dilema de seguridad de todas las partes implicadas es que Turquía resuelva pacíficamente su problema kurdo interno», y que «Estados Unidos debe seguir comprometido diplomáticamente para fomentar una solución pacífica».

El apoyo estadounidense a un renovado proceso de paz requerirá nuevos modelos de compromiso tanto con Turquía como con los kurdos. Los Estados Unidos tendrán que estar dispuestos a respaldar a aquellas figuras en Turquía que han apoyado el retorno a la paz desde que se rompieron las conversaciones anteriores. Este año, elementos del gobierno de Estados Unidos han mostrado su voluntad de reconocer la represión de las voces pro paz, especialmente el Partido Democrático Popular pro kurdo, al que represento en Washington. El informe anual del Departamento de Estado sobre los derechos humanos en Turquía cita a los 6.000 miembros de nuestro partido encarcelados bajo cargos de terrorismo por apoyar la democracia y oponerse a la guerra. La Comisión de Derechos Humanos de Tom Lantos en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos ahora aboga por el preso político del HDP de mayor perfil, nuestro ex-copresidente encarcelado Selahattin Demirtas, a través de su Proyecto de Defensa de las Libertades.

Para trabajar realmente hacia una solución, Estados Unidos debe ir más allá e instar explícitamente a Turquía a abrir un espacio para la participación política kurda y poner fin a la criminalización de la oposición pro kurda. Después de cuarenta años de guerra, el pueblo kurdo está más que dispuesto a buscar vías políticas para atender sus quejas. Es el actual gobierno turco el que ha hecho que estas vías no estén disponibles y que el conflicto sea inevitable. Una verdad que los Estados Unidos deberían ayudar a hacer realidad.

Traducido por Rojava Azadi Madrid

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