Öcalan en Roma: Recuerdo de un internacionalista italiano

 KOMUN ACADEMY – Chiara Mu – 11 febrero 2020

Con ocasión del 21º aniversario de la detención de Abdullah Öcalan, que tuvo lugar en Nairobi (Kenia) el 15 de febrero de 1999, me gustaría compartir con ustedes lo que la palabra «Öcalan» significa para mí; de hecho, es una palabra además de un nombre.

Soy un artista italiano que fue políticamente activo en Italia en los años noventa, y estaba en Roma cuando «Apo», como se llama a Öcalan, llegó el 12 de noviembre de 1998, después de viajar lejos de Siria y buscar un país dispuesto a acogerlo como refugiado político. El gobierno italiano de entonces estaba liderado por el único primer ministro de izquierda (Massimo Dalema) que hemos tenido desde la Segunda Guerra Mundial, y había una posibilidad legítima de que Öcalan obtuviera el estatus que necesitaba. Estuvo retenido en el hospital militar Celio en Roma hasta el 16 de enero de 1999. Durante este periodo, las constantes presiones políticas de la UE, EE.UU. y Turquía obligaron al gobierno italiano a expulsar a Öcalan, si bien sólo la justicia italiana podía declararlo refugiado político, como hizo al final aunque fuese demasiado tarde; ya estaba fuera y por desgracia fue capturado.

Recuerdo haber conducido imprudentemente por las tardes, tratando de evitar el típico atasco de tráfico del centro de la ciudad, y encontrado un lugar no tan legal para aparcar mi viejo coche Ford en la plaza frente al Hospital Celio. El primer día que vi esa enorme plaza ocupada por tiendas de campaña, coches, furgonetas con matrícula extranjera y gente, tanta gente, que venía principalmente de Alemania y otras partes de Europa para apoyar a Apo, quedé asombrado. Nadie esperaba una avalancha humana de kurdos, formada por mujeres y hombres de todas las edades, con bufandas de colores, mirando a todos con ojos brillantes y abiertos y cantando, bailando, haciendo té, hablando entre ellos y con cualquiera dispuesto a escuchar, asegurándose de que la plaza realmente nunca se durmiera. Pasé muchas noches en esa plaza, rebautizada por los activistas romanos como Piazza Öcalan (Plaza Öcalan), y más tarde conocida como Piazza Kurdistan. Solía salir del trabajo y correr allí, para ver cómo estaban las cosas, para pasar tiempo juntos frente al fuego durante largas y frías noches, ayudando cuando era necesario, trayendo comida, participando en este extraordinario periodo fruto de un alegre esfuerzo colectivo para decirle a un hombre que su lucha no era sólo suya, que su lucha también representaba la de ellos, en nombre de la libertad e independencia que nunca habían tenido antes.

Como activista internacionalista, estaba acostumbrado a participar en protestas masivas para apoyar diferentes causas que eran afines a mi pensamiento político, como la lucha palestina por el reconocimiento y la Revolución de Chiapas en México. Mi implicación política en esta emergencia fue un acto perfectamente racional; sentí que tenía que estar allí para ser fiel a mis ideas y a mí mismo. Pero lo que ocurrió en la Plaza Öcalan fue un acontecimiento diferente que descubrí sólo al experimentarlo. Tuve la oportunidad personal, por primera vez, de conectar con gente muy diferente que forma parte de mi cultura y mi historia personal. Este evento me dio el don de apreciar la diversidad y lo diferente como un sentimiento. Me encantó la dignidad y la apertura que los kurdos mostraban al estar allí, tan lejos de casa durante tanto tiempo, abrazando a su líder y a sí mismos sin rendirse a la desesperación o la ira.

Después de las celebraciones de Año Nuevo, las cosas se pusieron más difíciles. Estaba claro que el gobierno italiano no podía oponerse al frente internacional contra la estancia de Öcalan. Muchos empezaron a volver a Alemania y el Ayuntamiento presionó a los kurdos que quedaban para que abandonaran la plaza. La organización política de la que formaba parte (C.S.O.A. Snia), junto con otras, mediaba con la Policía. Ofrecimos acoger a los pocos cientos de kurdos que no querían irse hasta que la situación de Apo estuviera clara. Les dimos la bienvenida al edificio (una antigua fabrica en desuso) que ocupamos como nuestro cuartel general. Teníamos enormes espacios interiores y exteriores que llenar; pusimos interminables camas en el suelo de la parte interior, organizamos tiendas de campaña para incendios y reuniones en el exterior, hicimos mucho té durante los días de Ramadán y nos aseguramos de que todos estuvieran a salvo. Vigilábamos constantemente la zona, manteniendo a los fascistas y a la policía fuera. Protegimos y defendimos a cada uno de ellos, sintiendo que nuestra lucha era en realidad una contribución muy pequeña a una lucha aún mas grande.

Recuerdo el día que Öcalan dejó Italia y la noche siguiente, cuando pusimos a los últimos de nuestros amigos kurdos en los autobuses para volver a sus casas. Recuerdo haber llorado mientras los veíamos alejarse, desaparecer tras los semáforos, durante otra interminable y fría noche.

Cuando Öcalan fue capturado en Kenia, yo formé parte de la protesta masiva que tuvo lugar unos días después, que comenzó con el bombardeo de la oficina cerrada de las Aerolíneas Turcas en la principal plaza romana donde nos reunimos (Piazza della Repubblica). Yo estaba allí, mis amigos estaban allí. No contribuí al atentado físicamente, pero participé con mi presencia y  apoyo al acto junto con mis camaradas. Vi a los policías apuntando sus armas contra los manifestantes. Yo estaba, como todos los que estaban allí, muy, muy enfadado con el gobierno italiano y la comunidad internacional. Muchos fueron arrestados en los días siguientes, continuando durante mucho tiempo este sentimiento de desesperación y rabia y, sobre todo, de absoluta impotencia. «Öcalan» para mí es una palabra que contiene todas las que usé para escribir este recuerdo. Sobre todo, significa un permanente y largo abrazo; el mismo que sostiene el corazón del pueblo kurdo con la esperanza y la libertad que ninguna prisión puede disminuir ni borrar, y que crece día a día con el compartir de su verdad.

Video de la manifestación:

Traducido por Tomás Ghinzu, Rojava Azadi Madrid.

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