La memoria olvidada de la vida
«Compartir el mismo pan, comer del mismo plato, sentarse uno al lado del otro… Son gestos que parecen cotidianos, pero que encierran profundos significados políticos. Porque la mesa suspende la jerarquía. O, al menos, encierra la posibilidad de suspenderla».

Yeni Ozgur Politika – GÜRSEL KARAASLAN – 25 marzo 2026 – Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid
La comuna es, antes que una forma de gobierno, una forma de memoria. Un recuerdo que se quiere borrar, de aquellos tiempos en los que el ser humano existía no solo por sí mismo, sino en comunidad.
Hoy en día se nos vende la individualidad. El éxito es algo personal, la propiedad es sagrada y la libertad se mide en términos de competencia. Sin embargo, la comunidad nos susurra justo lo contrario: el ser humano no se libera solo, sino en comunidad. Este susurro es la voz que más teme el mundo moderno. Porque esta voz no solo exige una transformación profunda en lo económico o lo político, sino también en lo cultural, lo artístico y la vida cotidiana.
La comuna es una idea que desafía los límites del «yo». Porque el «yo» es controlable, pero el «nosotros» es transformador. El sistema moderno, al tiempo que exalta al individuo, en realidad lo aísla. El individuo aislado consume, se endeuda, compite y se agota. La comuna, en cambio, comparte, se solidariza y reparte la carga.
Ni cuento de hadas ni catástrofe
Por eso, la idea de la comuna se neutraliza al idealizarla o se utiliza para infundir miedo al radicalizarla. O bien se presenta como una utopía nostálgica, o bien se muestra como una amenaza de caos. Sin embargo, la comuna no es ni un cuento de hadas ni una catástrofe. La comuna es el reflejo más natural del ser humano: vivir juntos.
El aspecto más inquietante de la comuna es su relación con la propiedad. Y es que la comuna propone más el compartir que el poseer. Esta propuesta parece sencilla, pero es política. Al trazar los límites de todo aquello que llamamos «mío», en realidad estamos excluyendo a los demás. La comuna intenta borrar esa línea.
Las ciudades de hoy en día están llenas de muros altos, urbanizaciones aisladas y puertas cerradas. La gente vive codo con codo, pero no convive. Vecinos que no se conocen en el mismo edificio, compañeros de trabajo que desconocen la historia de los demás en la misma oficina… El sistema nos ha hecho vivir en masa, pero no ha creado una comunidad.
La comunidad plantea aquí una pregunta: ¿cómo podemos existir juntos sin producir juntos?
La cultura es el reflejo de la forma de convivencia de una sociedad. La lengua, los rituales, las fiestas, los ritos funerarios… Todos ellos son fruto de una memoria colectiva. La cultura no es individual, sino plural. Una sola persona no crea la cultura; la cultura es el resultado de la convivencia acumulada a lo largo del tiempo.
El arte se resiste a la propiedad
La era moderna ha mercantilizado la cultura. Las tradiciones se han convertido en espectáculos turísticos, los rituales en material visual y las historias en flujos de contenido. Sin embargo, la esencia de la cultura reside en la continuidad del compartir. Sentarse a la misma mesa, conocer la misma canción, llorar juntos por el mismo dolor… Estos no son solo elementos folclóricos, sino los pilares fundamentales de la existencia comunitaria.
Cuando la cultura se debilita, la soledad aumenta. Porque el ser humano no solo se empobrece económicamente, sino también en cuanto a sentido. La comuna es un llamamiento a revivir la cultura. No como un espectáculo, sino como una experiencia.
El verdadero arte siempre tiene un carácter comunitario. Porque el arte quiere ser compartido. Un poema, una canción, un mural; aunque nazca de una sola mente, está destinado a multiplicarse. La esencia del arte se resiste a la propiedad. La inspiración no tiene factura.
Hoy en día, la industria cultural intenta convertir el arte en una marca personal. El artista se convierte en un perfil y la obra, en un producto. Sin embargo, el arte comunitario se centra más en el impacto que en la firma. La producción colectiva, la historia compartida, la creación conjunta… No se trata solo de elecciones estéticas, sino también políticas.
Un teatro de barrio, un taller de solidaridad, un fanzine escrito entre todos o un mural pintado colectivamente… Puede que parezcan cosas pequeñas. Pero son la práctica de crear juntos. Porque las personas que crean juntas empiezan a pensar juntas. Y las personas que piensan juntas se cuestionan las cosas.
El arte se convierte aquí en un espacio de resistencia. Deja de considerar al espectador como un mero consumidor y lo transforma en un sujeto. Crea una comunidad que no se limita a aplaudir, sino que participa. Por eso, el arte comunitario no es solo una preferencia estética, sino un modo de vida.
La idea de la comuna ha sido reprimida a lo largo de la historia. Porque la comuna ofrece una alternativa al poder central. Distribuye el poder. Comparte la autoridad. Nivela la jerarquía. Por eso se considera una amenaza.
Sin embargo, la comuna no es anarquía, sino el reparto de responsabilidades. No es caos, sino participación. La comuna aborda lo que la democracia representativa deja de lado: la relación directa.
La mesa suspende la jerarquía
Hoy en día, a medida que la gente se aleja de los mecanismos de decisión, la confianza en la política va disminuyendo. La ciudadanía, de la que solo se recuerda de unas elecciones a otras, se está convirtiendo en una identidad pasiva. La comunidad, en cambio, exige una participación activa. No ser espectadores, sino protagonistas.
Lo curioso es lo siguiente: aunque el sistema ensalza el individualismo, en momentos de crisis las personas actúan como una comunidad. En terremotos, pandemias, crisis económicas… La gente acude en ayuda de los demás. Comparte. Crea redes de solidaridad. Es decir, la comunidad es, antes que una elección ideológica, un reflejo humano.
Quizás el problema sea este: solo nos acordamos de la comunidad cuando ocurre una catástrofe.
La comunidad establece su práctica más invisible, pero también la más poderosa, en la mesa.
La mesa no es solo un lugar donde se come, sino un espacio donde se pone a prueba la igualdad. Partir el mismo pan, comer del mismo plato, sentarse uno al lado del otro… Son gestos que parecen cotidianos, pero que encierran profundos significados políticos. Porque la mesa suspende la jerarquía. O, al menos, encierra la posibilidad de suspenderla.
A lo largo de la historia, muchos cambios han tenido su origen en la cocina y en la mesa. Las comidas comunitarias de los pueblos, organizadas mediante el trabajo colaborativo; las comidas de barrio basadas en el compartir; las reuniones con motivo de lutos y fiestas… La mesa es el punto de encuentro entre la cultura y la comunidad. Allí, las personas no solo sacian el hambre, sino que cuentan historias, toman decisiones y establecen vínculos.
La vida moderna, por su parte, ha individualizado la mesa. Comidas que se consumen rápidamente, comidas frente a la pantalla, mesas solitarias… Sin embargo, comer juntos es una condición previa para pensar juntos. Callarse al mismo tiempo, reír al mismo tiempo, saciarse al mismo tiempo… Todo ello crea un ritmo común.
Quizás por eso algunas revoluciones no comienzan en las plazas, sino en las mesas. Porque la mesa es el lugar donde se restablece la confianza. Es el lugar donde las personas se miran unas a otras, donde circulan las palabras y donde maduran las decisiones. La revolución de la mesa es la práctica no de la propiedad, sino del compartir; no de la competencia, sino de la solidaridad; no de la soledad, sino de la vecindad.
Lo que no se dice
La comunidad no es una simple nostalgia romántica del pasado. Es, al mismo tiempo, una necesidad del futuro. La crisis climática, la desigualdad económica, la epidemia de soledad… Ninguno de estos problemas puede resolverse por sí solo. Las historias de salvación individual ya no bastan.
La verdadera pregunta es: si no volvemos a aprender a convivir, ¿cómo vamos a sobrevivir por separado?
La comuna no es un sistema perfecto. Pero es el valor de reconocerse a uno mismo en el otro.
Es la voluntad de aceptar que compartir no es una debilidad, sino una fortaleza.
Es la práctica de llegar a ser «nosotros» sin perder el «yo».
Quizás la acción más radical sea volver a ser vecinos.
Volver a producir juntos.
Volver a compartir.
Porque algunas revoluciones no empiezan en las plazas, sino en las mesas.