AnálisisDestacadosOriente Medio

El Levante y la era de las cicatrices permanentes

The Kurdish Center for Studies – Akil Said Mahfoud – 23 marzo 2026 – Traducido y editado por Rojava Azadi Madrid

En un pequeño hospital situado en una zona sitiada o abandonada, un médico realiza una compleja intervención quirúrgica bajo una luz tenue. La herida es profunda, la infección se ha extendido y los recursos son escasos. No puede cerrar la herida por completo, ni extirpar la parte infectada. Opta por una solución intermedia: limpia lo que puede, deja la herida parcialmente abierta y la venda de manera que permita el drenaje. El paciente nunca volverá a estar completamente sano, pero tal vez sobreviva.

Esta imagen quirúrgica resume la situación actual del Levante1El Levante se refiere a la región costera del Mediterráneo oriental, parte del Creciente Fértil que incluye a Siria, Líbano, Palestina/Israel y Jordania. A veces se refiere solamente a Siria.. No se encuentra en una fase «posconflicto» o «posguerra», sino más bien en un estado de coexistencia con una herida abierta. Esta condición, que no es ni recuperación ni muerte, tiene un nombre en las filosofías de Gianni Vattimo y Martin Heidegger: «La torsión o el giro» (Verwindung), o recuperación distorsionada, o resistencia.

Aunque las formas y la intensidad de esta «torsión» varían de un país a otro en el Levante —hay una diferencia entre una torsión bajo la ocupación, una torsión a la sombra de guerras civiles congeladas y una torsión bajo frágiles poderes autoritarios—, el denominador común permanece: una coexistencia forzada con una herida que no ha cicatrizado, y la transformación de un estado de emergencia en una forma de vida normal.

¿Qué es la «torsión o giro»?

Cuando Vattimo tomó prestado este concepto de Heidegger, lo distinguió de la «superación» (Überwindung). Superar significa ir más allá de una etapa hacia otra nueva, una ruptura con el pasado, un renacimiento. En cuanto a la «torsión», se trata de una continuación con un cambio de forma, como un hueso que se ha curado torcido tras una fractura. Es el soportar el pasado más que superarlo; no dejamos atrás el pasado, sino que lo llevamos con nosotros como una cicatriz, como una memoria corporal: una recuperación sin curación, un retorno a la vida, pero cargando con una discapacidad.

En el Levante, la «torsión» no es un concepto filosófico abstracto, sino la realidad cotidiana que se vive. Las sociedades y los países son como cuerpos retorcidos. El Estado se ha retorcido sobre sí mismo; no se ha recuperado de su crisis anterior, sino que se ha inclinado sobre ella hasta «retorcerse», distorsionando sus rasgos. Ha pasado de políticas y valores que reivindicaban el laicismo a políticas sectarias explícitas que no niegan su sectarismo; de autoridades que reivindicaban la representación nacional a autoridades que reducen la nación a la lealtad y la obediencia; y de Estados cuya miseria residía en las instituciones formales a Estados que ya ni siquiera necesitan la fachada institucional. La transformación no se ha dirigido hacia algo nuevo, sino hacia una versión distorsionada de lo antiguo. Los sistemas que solían decir «un pueblo» siguen pronunciando las mismas palabras, pero el «pueblo» se ha reducido a una facción, y los «líderes» se han convertido en señores de la guerra en medio de guerras intensas, prolongadas y complejas que nunca se resuelven.

La identidad distorsionada

La identidad, que ya estaba distorsionada, no se ha transformado en una nueva identidad, sino que se ha desgarrado y distorsionado aún más: de la «ciudadanía» al «sectarismo», de la «pertenencia nacional» a la «pertenencia regional o tribal», y de una «memoria compartida» a «memorias discordantes». Cada grupo recuerda lo que le conviene y olvida el resto. Incluso el lenguaje se ha retorcido: palabras como «patria», «libertad» y «dignidad» han perdido sus significados originales y se han convertido en eslóganes vacíos o armas en una guerra de significados, lanzadas por todos y en las que nadie cree.

La economía de la distorsión

La economía actual es un modelo flagrante de la economía de la distorsión: no es ni una economía de guerra en el sentido clásico (producción de armamento y confrontación) ni una economía de paz (reconstrucción genuina). Más bien, es una «economía de la cicatriz»: una economía que vive de convertir la propia destrucción en una fuente de lucro (comercio con escombros, intermediación sobre tierras destruidas, etc.) y de las remesas del exilio como sustituto de la producción local. Cientos de miles de familias dependen ahora de las «remesas» de sus hijos en el extranjero para su supervivencia.

Este panorama distorsionado se completa con una economía rentista bajo la bandera de las redes de violencia, donde las milicias y los grupos influyentes controlan los pasos fronterizos y los recursos, convirtiendo la soberanía en una mercancía y la protección en extorsión. Así, la economía gira en un círculo vicioso: la devastación crea oportunidades de lucro rápido para estos grupos, y su lucro rápido agrava la devastación, haciendo estéril cualquier esperanza de reconstrucción productiva. La corrupción se presenta como un importante motor económico. Esta economía no construye un futuro; gestiona el presente como «heridas abiertas» y genera, a su vez, una extraña percepción del tiempo.

El tiempo distorsionado

En esta torsión, el tiempo se dobla sobre sí mismo; el pasado no pasa, sino que permanece presente como dolor. Cada día es un recuerdo de alguna destrucción, de alguna pérdida. El futuro no llega, sino que se desvanece en el horizonte. No hay planes a largo plazo, solo la supervivencia día a día. El presente no es un momento fugaz, sino que se convierte en un estado permanente: la crisis ya no es una fase, sino la «nueva normalidad». Así, el Levante vive hoy en un «tiempo circular», no como el tiempo mítico de la antigüedad, sino como un tiempo de pesadilla: un ciclo de recuerdos dolorosos, expectativas frustradas y días idénticos.

La sociedad como un tejido retorcido

Si el cuerpo del Estado se ha retorcido, el tejido de la sociedad tampoco se ha librado. El tejido social no se ha desgarrado por completo, pero se ha retorcido de formas extrañas. La distorsión de la identidad nacional (de la ciudadanía a la sumisión sectaria) no se limita a los discursos oficiales, sino que se filtra en las venas de la vida cotidiana, transformándose en relaciones de coexistencia forzada entre personas que se odian pero se ven obligadas a vivir cerca unas de otras; una memoria compartida y dividida en la que el mismo acontecimiento se recuerda de dos maneras contradictorias en la misma zona; e identidades superpuestas y discordantes.

Incluso las familias han quedado distorsionadas. Es posible encontrar a miembros de una misma familia en diferentes regiones, con narrativas diferentes, tal vez enarbolando banderas diferentes y viviendo vidas diferentes. El fenómeno del «doble discurso» sirve como expresión de esta torsión: la misma persona puede utilizar un lenguaje sectario en la calle y un lenguaje moderado en casa, o viceversa, como estrategia de supervivencia.

Los límites de la distorsión

Sin embargo, esta estrategia tiene un alto precio: la «normalización de lo inhumano», como acostumbrarse a la pobreza, al miedo y a la pérdida de dignidad. El mayor peligro es que esta torsión se transforme de una «fase de transición forzada» en una «nueva naturaleza permanente», donde se olvida el origen de la herida y la distorsión se acepta como la forma natural de las cosas. Aquí, la torsión amenaza con convertirse en un «daño permanente», acabando no solo con la ambición de cambio, sino incluso con la capacidad de imaginar una alternativa. Esto nos lleva a la pregunta fundamental: ¿Es esta «permanencia» una elección o un destino forzado?

En este contexto, la torsión no es un fracaso, sino una estrategia de supervivencia que consiste en la capacidad de aguantar, de vivir con lo imposible. No se trata simplemente de inclinarse ante la tormenta, sino de una asombrosa capacidad de resistencia, de crear una rutina de vida en medio del caos. Es una resiliencia que no aspira al crecimiento ni a la mejora, sino únicamente a la supervivencia, lo que la vacía de su energía positiva y la convierte en una mera reacción a largo plazo ante el trauma. Esto se manifiesta como una adaptación distorsionada —cambiar el yo para adaptarse a una realidad dura, incluso si este cambio desfigura el yo— y vivir al margen, encontrando pequeños espacios para la vida en medio de la gran devastación.

La diferencia entre la torsión y la rendición

La torsión no es una rendición total. La rendición significa: «Este es nuestro destino, lo aceptamos». La torsión significa: «Esta es nuestra realidad, la soportamos y tratamos de vivir a pesar de ella, y tal vez le demos un pequeño giro». En el giro, queda una «pizca de esperanza»: no la esperanza de un cambio radical, sino la esperanza de mejorar las condiciones de vida con la herida.

¿Por qué «permanente»?

Hemos descrito la torsión como «permanente» porque no hay ningún poder capaz o dispuesto a imponer una «superación»: lo interno está indefenso o no está dispuesto, y las partes externas se benefician de la continuación del estado de tensión y conflicto. La economía de la cicatriz y las lealtades sectarias sirven a sus cálculos geopolíticos más que a la existencia de Estados estables y cohesionados. La sociedad ha perdido su energía transformadora; la gente está agotada, fragmentada y vive en un estado de shock continuo. La economía no genera alternativas porque la economía de la cicatriz no produce una clase media, no produce proyectos de desarrollo y no crea ambiciones de cambio.

Así, el precio existencial del giro es exorbitante: produce un tiempo circular de pesadilla, una memoria dividida y un ser humano derrotado, distorsionado y dividido consigo mismo. El panorama puede parecer desesperanzador. Sin embargo, darse cuenta de la verdad del giro —como estrategia de supervivencia y no como forma natural— es en sí mismo un paso de resistencia. Nos impide la normalización definitiva con la distorsión y preserva, bajo las cenizas de la resiliencia pasiva, una chispa de rechazo. Un rechazo no necesariamente de la realidad en sí misma, sino de aceptar esta realidad distorsionada como un destino eterno.

Vivir con las cicatrices

Quizás nuestra tarea hoy no sea buscar una «solución definitiva», sino aprender el arte de vivir con las cicatrices. Esto no significa conformarse con la situación; significa reconocer que la herida es muy profunda, que la cicatriz permanecerá con nosotros durante mucho tiempo y que debemos aprender a llevar una vida plena a pesar de la cicatriz, o quizás, en ocasiones, precisamente a través de ella. Porque la cicatriz no es solo una marca de dolor; es también un testimonio de supervivencia (de que no morimos), una memoria corporal (que no se puede olvidar ni falsificar fácilmente) y una base para una nueva identidad (somos personas que llevamos cicatrices, y estas cicatrices forman parte de nuestro ser levantino o de vivir en Oriente hoy en día).

No debemos olvidar una distinción fundamental: la «torsión o giro» para Vattimo o Benjamin es un concepto interpretativo de la historia y la cultura en la era posmoderna. En el Levante, sin embargo, este concepto abstracto se ha convertido en una «biopolítica cruel». Ya no llevamos nuestra historia simplemente como una cicatriz en la memoria colectiva, sino como ruinas físicas bajo nuestros pies, distorsiones en nuestros cuerpos y mapas sectarios grabados en la geografía de nuestros barrios y corazones.

Quizás de este giro permanente, de esta coexistencia con la herida abierta, pueda nacer una «nueva humanidad»: una humanidad humilde que conoce la fragilidad de la vida, conoce el precio de la paz y sabe que la patria no es solo tierra, sino la memoria compartida del dolor y la esperanza, aunque la memoria esté retorcida y la esperanza distorsionada.

No hemos vencido; nos hemos retorcido. Pero quizá en este mismo retorcimiento, en nuestra aceptación de que somos un pueblo que lleva profundas cicatrices, descubrimos que «nunca partimos de cero». Quizá aquí comencemos un viaje diferente: el viaje de la «recuperación lenta», que no promete un retorno a lo que éramos, sino que promete encontrar una nueva forma de existencia, donde la cicatriz forma parte de su belleza quebrada.


EL AUTOR: Akil Said Mahfoud es un destacado escritor y profesor universitario especializado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de Damasco. Ocupó el cargo de director del Departamento de Estudios del Centro de Investigación y Estudios de Damasco, Midad, entre 2015 y 2020. Sus intereses de investigación abarcan cuestiones relacionadas con el pensamiento político, la filosofía, los estudios sobre Oriente Medio y el orientalismo. Mahfoud es autor de numerosos libros y estudios que abordan temas relacionados con la región árabe, Turquía, Irán y los kurdos.
  • 1
    El Levante se refiere a la región costera del Mediterráneo oriental, parte del Creciente Fértil que incluye a Siria, Líbano, Palestina/Israel y Jordania. A veces se refiere solamente a Siria.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies