Ecología en tiempos de guerra

KOMUN ACADEMY – 14 de diciembre de 2019 – Traducido por Rojava Azadi Madrid

Ante las consecuencias para la salud, y al ver el impacto de las armas en el planeta vivo, se podría pensar que no es relevante preocuparse por la ecología cuando hay guerra, pero los luchadores por la libertad de la Administración Autónoma del Noreste de Siria nos muestran que hay más en la guerra y la ecología de lo que parece a primera vista. Excavemos en el tercer pilar de la revolución de Rojava, y veamos cómo se conecta con la lucha por la libertad.

La comprensión de la ecología que nos da la modernidad capitalista, a través de los anuncios, las campañas gubernamentales y la cultura liberal, suele ser cuidar el medio ambiente de forma individual e inmediata. Por ejemplo, no tirando la basura al suelo, sino poniéndola en la papelera, para que sea (quizás) reciclada más tarde. O apagando todas las luces al acostarse.

Esta forma de pensar implica que lo que queremos lograr a través de la ecología (ojalá, un ambiente de vida saludable en todo el planeta) se puede hacer a través de estos simples gestos, que cualquier individuo puede hacer (y por lo tanto debe sentirse responsable de hacerlos).

Pero, ¿qué tal si definimos que un planeta vivo y saludable sólo puede lograrse organizando nuestra sociedad a través de la autoadministración democrática, con la autonomía total de las mujeres, y a través de la organización de nuestra autodefensa, preparándonos para usar ametralladoras con un fuerte impacto ambiental cuando enfrentemos amenazas fascistas?

La mentalidad implícita en esta definición de ecología es que nuestro cuidado del planeta vivo nos empuja a organizarnos colectivamente, y que el pensamiento a largo plazo prevalece sobre el corto plazo a la hora de defender y mejorar nuestro entorno, tanto social como ecológico. También es una definición en la que la dominación de los hombres sobre las mujeres y la naturaleza se enfrenta de una manera que aborda ambos temas al mismo tiempo, por lo que es un enfoque eco-feminista radical de la vida y la sociedad, en el que las mujeres y los hombres aprenden a vivir juntos de nuevo, fuera de los patrones tradicionales y modernos de amo y esclavo.

Tal propuesta se hace aquí, y constituye el paradigma de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria. Por supuesto, aunque la parte de la autodefensa se destaca a menudo, como una propuesta relativamente nueva para el movimiento de liberación de las mujeres y las luchas ecológicas, el enfoque principal cuando se construye una sociedad ecológica no es éste en absoluto, sino más bien la diversidad y la profundidad de nuestras interacciones sociales, con todo un ecosistema de instituciones y enfoques de la vida dentro de la propia sociedad.

En este paradigma, el bienestar del medio ambiente se establece en dos calendarios distintos aunque entrelazados: en general, los comités ecológicos lanzan y gestionan activamente proyectos, pero cuando son atacados, la autodefensa de la sociedad democrática es lo primero, con el fin de detener la destrucción liderada por el capitalismo lo antes posible, y defender las premisas de la sociedad ecológica (es decir, la sociedad que mantiene las semillas de la ecología en su núcleo). La sociedad tiene, por tanto, un mecanismo de defensa similar al de muchos animales y plantas: destinar todos los recursos a replegarse y atacar cuando se está bajo presión, mientras que se continúa con el curso normal de la vida cuando no, lo que incluye la construcción de la defensa.

El arte de la guerra ecológica: Conocer al enemigo

Las guerras actuales son dirigidas por fuerzas imperialistas que representan los intereses de los individuos patriarcales y de las empresas capitalistas que tienen, como definición, un lema antiecológico de «crecer o morir», al que están atados por el mecanismo del mercado. Como dice el ecologista social Murray Bookchin: «La enfermedad social actual no sólo radica en la perspectiva que impregna la sociedad actual; radica sobre todo en la propia estructura y ley de la vida en el sistema mismo, en su imperativo, que ningún empresario o corporación puede ignorar sin enfrentarse a la destrucción: crecimiento, más crecimiento y aún más crecimiento». De hecho, los individuos que quieren dominar («ser exitosos») deben colocarse en un mercado en el que toda su producción sigue perdiendo valor en el segundo momento en que se produce, con los competidores generando cada vez más presión para seguir creciendo, con el fin de seguir estando en la cima. Este proceso lleva a que cada elemento de los reinos materiales y sociales se transforme en una relación amo-esclavo o sujeto-objeto, de la existencia a la mercancía, de ser libre e igual a ser dominado permanentemente.

Como muestra la historia, especialmente cuando se presta atención a la importancia del simbolismo en su curso (sobre todo a través de la mitología), es la mentalidad patriarcal la que generó los entornos cerrados (emocionales, psicológicos y físicos) en los que se mantuvo la dominación, la que dio origen a las primeras ciudades-estado y sirvió de base para la civilización capitalista tal como la conocemos. La dominación social encontraría muy pronto sus expresiones en la dominación física y en la dominación económica, llevando, ciudad tras ciudad, imperio tras imperio, al capitalismo moderno y a la esclavitud, perpetuando la dominación patriarcal a escala mundial.

El curso de esta historia suya, socavando su historia, no lleva a ninguna parte más que a la muerte, ya que la infinita mercantilización, mantenida ideológica y materialmente, no conoce ninguna barrera ética o física, como lo demuestran los recientes escándalos de la Amazonia ardiente y la pedofilia organizada, así como la constante destrucción industrial y los matrimonios infantiles. Desde el interior del paradigma masculino, no se puede detener esta eterna competencia autopropulsada de dominación entre elementos, siendo las principales entidades actuales los Estados nacionales y las empresas supranacionales.

No debería sorprender, conociendo este desarrollo en la historia, que el Pentágono sea el mayor usuario institucional de petróleo del mundo y, en consecuencia, el mayor productor de gases de efecto invernadero (GEI) del mundo. Tampoco debería sorprendernos escuchar que 100 compañías son responsables del 71% de las emisiones globales. Su dominio de la naturaleza es un resultado lógico de su dominio político y económico. O, para formularlo al revés, la destrucción de la naturaleza es la empresa más fructífera, dentro del capitalismo, después de la explotación de las mujeres, que es la base de toda la industria. Y no nos engañemos pensando que podría haber sido de otra manera, que otros Estados o empresas o individuos se habrían comportado de manera diferente dentro de este paradigma o podrían hacerlo en el futuro, porque mientras no nos propongamos radicalmente luchar contra la dominación de la que provienen, seguiremos participando en ella y eventualmente creceremos para convertirnos en el nuevo opresor principal, si no morimos mientras lo intentamos. No meternos en la lucha contra la hegemonía de la mentalidad masculina dominante y el poder físico, es darle poder dándole tiempo para reunir fuerzas.

Ecología y mente: un espejo autorreflexivo

Un aspecto en el que la ecología se relaciona con la guerra es en la mentalidad generada a través de la lucha. Utilizando el concepto de ecología mental introducido por Félix Guattari, podemos entender la mente humana como una entidad flexible que interactúa con su entorno, proyectando en él ideas y emociones, y reaccionando a las que recibe. A medida que las interacciones entre la mente y el medio ambiente continúan, terminan por moldearse mutuamente. Por un lado, por supuesto, la mente humana apareció como una creación de la naturaleza, y es parte de ella, como un animal. Por otro lado, es a través de la mente humana que pensamos en la naturaleza, y que terminamos actuando sobre ella, cortando un árbol, por ejemplo, si este árbol no encaja con el plan que teníamos en mente.

Otra comprensión de la ecología mental es que nuestras ideas y emociones actuales vienen como un legado de todas las ideas y emociones previas llevadas por los individuos a lo largo de la historia. Esto hace que nuestra propia conciencia sea una filosofía viva heredada a través de todas las interacciones del universo que llevaron a este momento. Y para darle sentido a la incomunicable cantidad de información y posibilidades que esta realización nos permite considerar, se puede rastrear la historia de las ideas que nos hacen quienes somos, es decir, la historia de las mitologías, filosofías e ideologías – en definitiva, las sociedades, de las que son reflejo-. Hacerlo, recuperar los orígenes de nuestros pensamientos, es tener sentido, como cuando descubrimos la etimología de una palabra, como «berxwedan» – resistencia en kurdo: «ber» – dar, «xwe» – tú mismo, «dan» – delante, así que la resistencia es darse a sí mismo cuando se enfrenta a algo. O «Jiyan» – vida: una declinación directa de «Jin» – mujer. Al hacer esta auto-educación sobre nuestra historia, de hecho sobre nosotros mismos, podríamos encontrar herramientas, como canciones y dibujos, para fortalecer nuestra posición contra la hegemonía masculina dominante, potenciando la autodefensa de nuestra mente, lo que dará lugar a una sociedad más resistente y más ecológica, una en la que los conflictos se resuelvan a través de la reconciliación en lugar de la aniquilación.

En el contexto de la guerra, la mente se pone en condiciones extremas ya que se enfrenta a la extinción en cualquier momento, y para seguir adelante y no empezar a huir del peligro, necesita algo a lo que aferrarse. Eso da paso a experiencias trascendentales de «guerra santa», y seguramente se puede encontrar un fuerte sentido de camaradería en el hecho de ir juntos al frente de batalla para luchar contra los fascistas. Pero eso también abre el camino a un entendimiento limitado de la realidad que se reduce, en el momento crucial, a un simple «nosotros contra ellos». Esta ecología de la mente, reducida a dos factores, se proyecta entonces en toda la sociedad, cuando esta sociedad se centra en la guerra. En una sociedad patriarcal o, dicho de otra manera, en el contexto de una guerra contra la mujer, la mentalidad de dominio masculino acabará reduciendo todas las relaciones, todas las situaciones de la vida, a este pensamiento de fondo: necesito dominar «esto» o «aquello» para reafirmar permanentemente mi masculinidad, mi dominio sobre la mujer.

Así que la guerra empieza ahí. En la mentalidad que tenemos al enfrentarnos a los desarrollos actuales de la modernidad capitalista. ¿Estamos, sobre todo los hombres, dispuestos a cambiar nuestros comportamientos para cumplir con los objetivos reclamados (recordemos, aquí, un entorno de vida saludable en todo el planeta)? ¿Estamos dispuestos a dejar que otras personas comenten nuestras prácticas individuales, dentro de los círculos comunales y democráticos, aceptando la crítica y haciendo una autocrítica significativa? ¿Estamos listos para dejar que las mujeres lideren el camino de su propia emancipación, fuera de nuestras fantasías y abrazos físicos, y que trabajen juntas hacia nuestra liberación común? ¿Estamos listos para hacer las paces con otros hombres, saliendo de los esquemas deshonestos y competitivos del hombre y la hermandad que conocemos? ¿Estamos listos para luchar contra la mentalidad de guerra que llevamos dentro?

La revolución biológica

La eco-feminista y activista lesbiana revolucionaria francesa Françoise d’Eaubonne propuso una comprensión de la revolución como mutaciones en el código «genético» social. En una sociedad determinada, si un nuevo elemento viene a perturbar el curso homogéneo de la misma, podemos decir que es algo similar a un gen que se reemplaza en el ADN de la sociedad, a través de una mutación. Como es el caso biológicamente, esas mutaciones pueden aparecer al dar a luz nuevos individuos dentro de una especie, la nueva generación entonces desafía a la anterior, siendo la juventud una constante fuerza revolucionaria, y tal vez simplemente evolutiva al considerar las sociedades.

De manera similar a un nuevo gen en una entidad biológica, un nuevo conjunto de reglas puede aparecer dentro de una sociedad cuando se forma un nuevo grupo, una nueva organización. Pero este nuevo gen no es necesariamente predominante, puede permanecer presente sin tomar el control. Como por ejemplo con los ojos verdes, o los anarquistas. E incluso cuando toma el control, sigue siendo parte de la misma entidad biológica, que se ha transformado a sí misma – no se puede decir que una nueva especie se hizo de la nada. Aplicado al mundo político, puede ser una valiosa lección para la izquierda reconocer que no tiene sentido verse a sí misma como separada de la sociedad; siempre fue parte de ella. Tal vez sea un pensamiento revolucionario que considere ser la totalidad de la sociedad, para impulsar un movimiento general de cambio. Por lo tanto, dentro de una sociedad capitalista y patriarcal, los izquierdistas deben trabajar para cambiar la sociedad por completo, y no sólo en los círculos de la izquierda, que tratan de ser sociedades perfectamente horizontales surgidas de la nada.

Ver a los seres humanos y la sociedad en tal perspectiva sociobiológica también lleva a desdibujar los límites entre ellos y otras especies y con la naturaleza misma. En este sentido, es interesante observar, a partir de las estadísticas, que la guerra civil siria ha matado muchos más animales no humanos que animales humanos. Si no es posible comparar la importancia de las diferentes vidas, y más aún cuando son de diferentes especies, lo que sí podemos decir es que la guerra que se libra contra los kurdos, árabes, asirios, yezidis, armenios y turcomanos de la región, se libra también contra las cabras, ovejas, vacas, pollos y perros del mismo territorio, así como contra las plantas, con mercenarios turcos o yihadistas que incendian los campos de trigo y los olivos de Rojava. Lo que está siendo atacado es todo el ecosistema.

¿Y qué sería una revolución en términos biológicos? Una revolución no puede ser la mera mutación de uno de los genes, lo que sería un reformismo, en el que la mayor parte de la cadena genética seguiría siendo la misma. Es más bien el cambio de todo el código genético de nuestra sociedad, que en otras palabras podría relacionarse con el cambio de la civilización en su conjunto.

El confederalismo democrático, con su enfoque holístico y sus conceptos omnicomprensivos, es una propuesta de un nuevo código genético para una sociedad orgánica, incorporando un fuerte sistema inmunológico en su ADN, y con la autonomía de las mujeres haciendo de la dinámica del movimiento una poderosa doble hélice. Pero, aunque la autonomía de las mujeres puede ser un rasgo fuerte de esta revolución, también es importante ver que la perspectiva de las mujeres no se limita a ella. Para continuar con la metáfora biológica, podemos decir que el núcleo del nuevo código genético, los genes muy importantes y básicos que han impedido que el viejo código genético se corrompa completamente, son los valores sociales del cuidado, reproducción y defensa, que principalmente la mujer ha estado protegiendo. Por eso, la nueva propuesta no solo destaca la autonomía de la mujer, sino que hace de ella el nuevo centro de la sociedad, su propia columna vertebral, para reforzar y dar a conocer el papel que hasta ahora ha desempeñado en el mantenimiento de la sociedad.

Abandonar la ecología frente a la guerra: un enfoque patriarcal

«No hay ecología cuando hay guerra». Reaccionar de tal manera es parte de la mentalidad que produce el pensamiento «No hay democracia cuando hay guerra», un pensamiento que ha aparecido a lo largo de la historia incluso en el campo socialista, legitimando la autoridad jerárquica y estableciendo la organización de una sociedad democrática para más tarde, con el fin de crear un frente unido más fuerte contra los ataques fascistas o imperialistas. Esto, como sabemos, abrió la puerta a que las revoluciones socialistas fueran asumidas por tiranos con mentalidad de Estado, como ocurrió recientemente en Nicaragua, por ejemplo.

Y como una medida común a la mayoría de las luchas de los últimos 5.000 años, es el pensamiento de «ningún feminismo cuando hay guerra», expresado a través de la violación y el asesinato sistemático de mujeres a lo largo de la historia de la guerra hasta este mismo día. Pero esta observación no puede detenerse ahí. Entendiendo de dónde viene la guerra en nuestra sociedad, entendemos que en realidad es la guerra contra la mujer el punto de partida fundamental de todas las guerras.

Como Bell Hooks, Abdullah Öcalan y otras escritoras feministas la analizan, es parte de la cultura masculina colocar la guerra como un absoluto, al que todo lo demás está sometido. Recientemente, Bese Hozat describió la guerra como «el invento más terrible de la mente masculina». Ella dice: «Las guerras son el invento masculino dominante. El hombre dominante ha fortificado y mantenido su poder con las guerras. El Estado es la encarnación del poder dominado por el hombre. La guerra es el alimento que mantiene vivo ese cuerpo. Si bien este alimento es la principal fuente de vida del hombre dominante, es un veneno mortal para las mujeres, la sociedad y la naturaleza».

Por lo tanto, es un esfuerzo natural para nosotros defender la posibilidad de una sociedad democrática, igualitaria en términos de género y ecológica a través, no de la guerra, sino de la autodefensa contra la guerra que se nos impone. Ésta es la única guerra legítima que se puede hacer. Además, nuestra comprensión de la guerra no debería limitarse a la confrontación en el frente, sino que podemos verla como una guerra dentro de nosotros mismos para sostener nuestras creencias radicales todos los días, para salir al frente de la sociedad y participar en la acción, como la organización en nuestra comunidad de vecinos. La guerra que nos libra la modernidad capitalista es una guerra tanto psicológica y emocional como física, así que no perdamos la moral y afirmemos con firmeza: sí, nuestra lucha es ecológica, porque es la guerra popular ecológica, es la guerra popular revolucionaria.

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