Cooperativas de mujeres y democracia local en Rojava

Ballast – Loez – 4 septiembre 2021 – Traducido por Rojava Azadi Madrid

La estructura cooperativa es una de las alternativas económicas que la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria -más conocida como Rojava- está tratando de implementar. Se inscribe en un marco político más amplio de confederalismo democrático: un “nuevo socialismo”1En palabras de Cemil Bayık, miembro fundador del PKK, cuyos pilares teóricos son la democracia comunal, la emancipación de la mujer y la ecología. Las cooperativas invitan a repensar la organización del trabajo y el reparto de los beneficios; para las mujeres, son también un vector de emancipación cotidiana. A continuación, reportaje en un pueblo del norte del país. ☰ Por Loez

Nafiya está preocupada. Con Amel, Hafifa y Mawluda, tres amigas que viven en el pueblo de Meshoq, está examinando unos granos de trigo en la palma de su mano. A pocos metros, una cosechadora ya ha comenzado su trabajo, un gran insecto oscuro que zumba entre el cielo azul y el campo amarillo bañado por el sol. Situado en el norte de Siria, el pequeño pueblo está a un puñado de kilómetros de la frontera turca, que se ve a lo lejos, marcada por un alto muro de hormigón. Debido a la sequía y a las restricciones de agua de Turquía, los cultivos no han podido crecer adecuadamente. Los granos son demasiado pequeños, demasiado secos. Nafiya, encargada del seguimiento sobre el terreno del Comité de Economía de las Mujeres (Aborî jin) de la región de Tirbespiye -estructura vinculada a la Administración Autónoma y al Movimiento de Mujeres (Kongra Star)-, se encarga de coordinar el trabajo de las veinticuatro mujeres de la cooperativa Meshoq.

Hace tres años, ayudó a las tres amigas a ponerla en marcha. Hoy en día, cultivan trigo, comino y garbanzos en varios cientos de dönem2Unidad de superficie equivalente a 0,1 Ha. de tierra proporcionados por la administración autónoma. Sus rostros se muestran serios, pero aún así tienen la esperanza de salir adelante. Para la cooperativa Meshoq, la cosecha terminará en junio. El producto de la cosecha se vende a la Administración Autónoma, que cobra directamente su parte del 5-10% por el préstamo de la tierra. Para complementar los ingresos de la cooperativa, las tierras no cultivadas se alquilan a ganaderos de ovino. “Alquilamos 1.400 dönem, por unas 350.000 LS”3Libras sirias, explica Nafiya, una mujer cincuentona de voz firme y rostro quemado por el sol. “Este dinero se utilizará para los gastos de la cooperativa. Cuando todo esté pagado, probablemente en junio, nos repartiremos los beneficios restantes a partes iguales. Este reparto se realiza una vez al año. Luego nos reuniremos para reiniciar la cooperativa.” A continuación, las mujeres trabajarán juntas para elaborar un programa para el año siguiente y prever la llegada de nuevas miembros, según procedimientos precisos: “Estos son identificados por Kongra Star y Aborî jin, que piden a las comunas que transmitan los nombres de las familias o las mujeres necesitadas. Luego las visitamos para hacer una evaluación. Si la familia cumple los criterios, puede unirse a la cooperativa. Si una familia no puede pagar su parte, podemos adelantársela y nos reembolsaremos al final del año con su parte de los beneficios. Hay dos familias en esta situación.

Aborî jin también recibe una parte de los beneficios para financiar sus actividades y ayudar a desarrollar otros proyectos. Si una mujer muere, sus ganancias van a sus hijos. Al afiliarse a una cooperativa, cada mujer se compromete a venir a trabajar con regularidad y a no tener ninguna otra actividad asalariada durante el periodo en que sea socia. Para facilitar la organización del trabajo, las miembros de la cooperativa Meshoq están divididos en dos grupos, cada uno con un coordinadora. Además de las reuniones organizativas, también se ofrecen sesiones de formación sobre diversos temas. Esto se debe a que las cooperativas no sólo tienen una finalidad económica: también son un medio que permite a las mujeres salir de sus casas, emanciparse y participar más en la sociedad.

[Aldea de Meshoq, en zona bajo el control de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria, mayo de 2021]

Vivir libre

Amel vive en una casa rodeada por un alto muro que protege un gran jardín verde, plantado con judías, pepinos, cebollas, sésamo y hierbas cuyo aroma impregna el aire cálido. Mientras trabaja allí, arrancando algunas malas hierbas, cinco mujeres de Kongra Star vienen a visitarla. Les saluda cordialmente con su voz firme y, como siempre, se apunta al próximo taller que organizan. Tras doce años de cárcel en Turquía y luego en Siria por cruzar la frontera ilegalmente, el marido de Amel combatió de 2011 a 2016 en las YPG,4Unidades de Protección Popular, en su mayoría kurdas, que ahora forman parte de la coalición más amplia de las Fuerzas Democráticas Sirias dejándola sola para criar a sus dos hijos. Tuvo que trabajar mucho para salir adelante. Hoy, entre la cooperativa, su huerto y su pequeña granja de pollos, patos y ovejas, dice que sigue teniendo “las manos en la tierra” y afirma con satisfacción que puede mantener a su familia. “Me gusta trabajar mi tierra para mi marido y mis hijos. Tenemos una vida dura, trabajamos todo el tiempo, pero lo hacemos por ellos. Sabemos lo que es no vivir en libertad, queremos que sean libres”.

“Tras doce años de prisión en Turquía y luego en Siria por cruzar ilegalmente la frontera, el marido de Amel combatió de 2011 a 2016 en las YPG”.

Para Yusra, una viuda de 68 años con una voz fuerte y una sonrisa en la cara, trabajar en esta cooperativa a la que se unió en un principio le permite pagar los estudios de medicina de su hija en Damasco. Mawluda también destaca el placer del trabajo colectivo, “que beneficia a todos”. Y crea solidaridad. En 2019, la casa de Nafiya, situada en un pequeño pueblo aislado, se derrumbó debido a las fuertes lluvias. Soltera, Nafiya se enorgullece de decir que lleva más de 30 años viviendo de forma independiente, sin la ayuda de sus hermanos. Cuando se quedó sin hogar, las familias de los cooperativistas acudieron a su casa y la ayudaron a reconstruirla de forma voluntaria.

Las mujeres de la cooperativa no se conforman con su trabajo agrícola. Junto con Yusra, Hafifa y Mawluda son también miembros del Comité de Justicia del Distrito de Aliyan, que incluye doce pueblos. “La revolución está en mi sangre, en la de mi familia y en la de mi marido”, dice Hafifa. De 42 años, vivió en Damasco antes de regresar a la región en 2012 con su familia, un año después de que comenzara el levantamiento contra el régimen. Inicialmente se instaló en Ali Badr Xan -donde se encuentran los terrenos de la cooperativa-, pero debido a la falta de una casa, se trasladó a Meshoq, al lado. Sin embargo, Hafifa tiene un huerto allí, donde, al igual que Amel, cultiva verduras que vende en el pueblo. Su marido está en las Fuerzas Democráticas Sirias, vigilando una base militar.

Resolver los problemas a nivel de base

Como cada domingo y miércoles, los ocho voluntarios del Comité de Justicia se reúnen en los locales de la Junta de Distrito de Aliyan. El consejo está copresidido por una mujer y un hombre -la norma en la Administración autónoma- quienes lo representan. La gente acude allí para resolver sus trámites y buscar una solución a sus diversos problemas: obtención de documentos oficiales, declaraciones diversas, solicitudes de fuel, necesidades de agua, pan, etc. Las cuatro mujeres del comité de justicia están allí, pero sólo han acudido dos hombres. Como muchos de los habitantes, la mayoría trabaja en la agricultura o la ganadería. El comité de justicia pretende resolver el mayor número posible de problemas a nivel local, a través de la mediación, sin pasar por las fuerzas de seguridad (la Asayish) o el sistema judicial. Mientras la pequeña reunión empezaba a revisar los documentos de varios casos, llegó un hombre: su vecino, un pastor, había hecho pastar su ganado en sus campos, devastando las cosechas. Pidió al consejo que hablara con él para buscar una reparación. Sentados en un círculo en la sala, los miembros le hacen algunas preguntas para obtener más información. La comisión dejó pasar dos días antes de convocar al vecino en cuestión, dando a los afectados la oportunidad de resolver el conflicto por sí mismos.

“El comité de justicia pretende resolver el mayor número posible de problemas a nivel local, a través de la mediación, sin recurrir a las fuerzas de seguridad.

En las aldeas, los casos suelen referirse a problemas relacionados con la tierra, su reparto y explotación, pero también, a veces, a historias familiares: matrimonios precoces, divorcios complicados, etc. La presencia de las mujeres, una de las cuales también trabaja con Kongra Star, es especialmente importante en este sentido. “Nuestra sociedad tiene muchos problemas, a menudo heredados de la política del régimen sirio de dividir a la gente por todo: lo social, los servicios, la tierra… Conocemos el estado de nuestra sociedad porque también somos miembros. La gente acude a nosotros a través de las comunas para resolver sus conflictos. Cuando surge un problema, le damos seguimiento y tratamos de encontrar una solución. Convocamos a las partes implicadas para escucharlas antes de iniciar una discusión. Si no vienen, les llamamos una segunda vez. Si no podemos resolver un problema, lo remitimos al Comité de Justicia de Tirbespiye, al que enviamos nuestro análisis del problema. Trabajamos duro para intentar encontrar soluciones. Aconsejamos a la gente que no acuda a los tribunales. Es un proceso largo y costoso. Les decimos que podemos ayudarles, también podemos ayudarles a conseguir documentos del tribunal si los necesitan. Nuestro objetivo es resolver los problemas de la sociedad”, explica Mahmud Sulayman, que parece actuar como facilitador del comité.

Los miembros del consejo no tienen formación jurídica, pero son reconocidos por sus compañeros por sus habilidades y han sido elegidos en las comunas. Mawluda, a pesar de tener siete hijos a su cargo, es copresidenta de uno de ellos. Según explica, su trabajo consiste en hacer de intermediaria con la Administración Autónoma, lo que incluye llevar las necesidades de los residentes al Consejo de Distrito de Aliyan. Su marido, asayish, siempre la ha dejado libre para seguir con sus actividades, como ella misma se encarga de decir. El municipio es de paso obligado para todos los trámites. Su pequeño tamaño, de unas decenas a unos cientos de personas, permite un fuerte vínculo social. Mawluda organiza la distribución de gas y fuel, asegura el suministro de pan y celebra reuniones periódicas en las que se resumen las noticias políticas, seguidas de discusiones y debates sobre las necesidades del pueblo.

Trabajo y emancipación

Alrededor de la una de la tarde, la reunión del comité termina. Hafifa, Mawluda y Yusra se apresuran a cambiarse. Con otras mujeres de la cooperativa, entre ellas Amel, que coordina el grupo, irán por la tarde a empezar a cosechar, a mano, su campo de garbanzos. Por el momento, todas se reúnen en el salón de Mawluda. Un suelo de hormigón cubierto de alfombras, paredes blancas. En una esquina, un televisor sobre el que cuelgan algunas fotos familiares y un gran retrato de Abdullah Öcalan, líder del PKK y teórico del confederalismo democrático5Encarcelado en Turquía desde 1999, el proyecto político de la Administración autónoma. Tras una taza de té y unas cuantas bromas, las mujeres se ponen en marcha. Hacen autostop hasta los campos, ya que no quieren invertir en un coche y perder todos sus ahorros. Al lado de la carretera, esperan a que un vehículo lo suficientemente grande las recoja; detrás de ellas, unas palpitantes torres de perforación extraen petróleo del suelo.

“Antes de la revolución, las mujeres no podían trabajar, no tenían derechos.

Por fin se detiene una pequeña camioneta blanca con plataforma, de lo contrario habríamos tenido que hacer el viaje a pie: kilómetros agotadores bajo un sol abrasador. En el borde del campo, algunos pastores han montado sus tiendas. Mawluda no tarda en gritar a uno de ellos, cuyos animales se acercan demasiado a los cultivos. Las cosechas ya son bastante malas, ¡tampoco deberían comérselas las ovejas! Pero a ellos también les falta alimento. Los garbanzos son minúsculos; Hafifa cree que sólo se pueden utilizar para hacer harina o pienso. Entonces las mujeres se ponen a trabajar. Agachadas o con la espalda doblada, recogen brazadas de plantas que van apilando poco a poco. El trabajo es duro y, a pesar de su práctica, el dolor de espalda es habitual. Pero las mujeres se mueven rápido. Según Amel, pueden cosechar casi 600 dönem en tres días; el campo tiene 1.000 metros cuadrados. Después de tres cuartos de hora de trabajo, se detienen. Luego comparten agua helada, pepinos y pan.

En las aldeas de los alrededores de Tirbespiye hay actualmente tres tipos de cooperativas, en las que trabajan unas cincuenta mujeres. Así nos lo explica Guljin, la directora del Abori jîn de la región de Tirbespiye, con la que nos reunimos en los locales de la Administración autónoma de la ciudad. Las cooperativas de mujeres comenzaron en 2014 con un puñado de voluntarias: rápidamente animaron a otras a unirse. Hoy en día, hay una panadería, una pequeña tienda en una escuela y algunas cooperativas agrícolas de diferentes tamaños, menos numerosas que en años anteriores. La pandemia de Covid y la cuarentena establecida para controlar la propagación del virus, junto con las dificultades económicas de la región, han hecho mella en el frágil equilibrio de las cooperativas; muchas han tenido que cerrar.

Algunas han optado por volver a un modo de funcionamiento tradicional y trabajar sin vínculos con la Administración autónoma. Para las mujeres, existe la dificultad añadida de resistir la presión social en pueblos a veces conservadores: el hecho de que trabajen puede estar mal visto. Sentada junto a Guljin, Lama Khalif, que coordina el proyecto de panadería en la aldea árabe-kurda de Hilwa, relata cómo, al comienzo de su actividad, se encontraron con sus locales apedreados y les robaron el equipo. Pero, poco a poco, las mentalidades han cambiado; ahora se acepta su actividad. Hay que decir que, como el negocio va bien, las mujeres aportan un dinero muy necesario en una región donde el desempleo es elevado.

“Antes de la revolución, las mujeres no podían trabajar, no tenían derechos”, dice Lama, de 40 años y madre de dos hijos, cuyo marido está desempleado. Incluso hoy en día, dice que algunas familias del pueblo le cierran las puertas, ya que los hombres tienen miedo de ver a sus esposas emanciparse del hogar. Descubrió el Movimiento de Mujeres cuando, tras la toma de la zona por el PYD6Partido de la Unión Democrática, vinculado al PKK turco, es uno de los principales órganos de la Revolución y el Tev-DEM 7El Movimiento para una Sociedad Democrática es la organización que promovió inicialmente el proyecto de confederalismo democrático, reuniendo a todos los grupos de la sociedad civil. En la actualidad, su papel ha evolucionado: trabaja al margen de la Administración autónoma y se encarga de transmitirle las demandas de las organizaciones de la sociedad civil que aglutina., las hevals, es decir, las “camaradas”, miembros de Kongra Star, acudieron a los pueblos puerta por puerta para convencer a las mujeres de que participaran en sus actividades para poner en práctica el proyecto político del confederalismo democrático. Se unió a ellas en 2014. “Me gusta el pensamiento democrático, quiero difundirlo. Al principio, vinieron las hevals, y poco a poco empezamos a darnos cuenta de que podíamos hacer algo. Nos probamos a nosotras mismas y poco a poco salimos y empezamos a trabajar en la sociedad”. Y creer en ella.


Fotografía del cartel y de la viñeta: Loez
  • 1
    En palabras de Cemil Bayık, miembro fundador del PKK
  • 2
    Unidad de superficie equivalente a 0,1 Ha.
  • 3
    Libras sirias
  • 4
    Unidades de Protección Popular, en su mayoría kurdas, que ahora forman parte de la coalición más amplia de las Fuerzas Democráticas Sirias
  • 5
    Encarcelado en Turquía desde 1999
  • 6
    Partido de la Unión Democrática, vinculado al PKK turco, es uno de los principales órganos de la Revolución
  • 7
    El Movimiento para una Sociedad Democrática es la organización que promovió inicialmente el proyecto de confederalismo democrático, reuniendo a todos los grupos de la sociedad civil. En la actualidad, su papel ha evolucionado: trabaja al margen de la Administración autónoma y se encarga de transmitirle las demandas de las organizaciones de la sociedad civil que aglutina

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