La traición a los kurdos

Sobre el terreno en el norte de Siria, en las peligrosas semanas tras la retirada militar de Trump

Una compañera y la madre de Hevrin Khalaf vistan su tumba en el cementerio a las afueras de la ciudad de Al-Malikiyah (o Derik, como es conocida por los kurdos), Siria, 22 de octubre de 2019. Cengiz Yar for Rolling Stone .
THE ROLLING STONE - Jason Motlagh - 18 diciembre 2019 - Traducido por Rojava Azadi Madrid

La mañana del 12 de octubre, Hevrin Khalaf, una joven líder política kurda en ascenso, recorría la autopista M4 en el norte de Siria. Sentada en la parte de atrás de una camioneta Toyota a prueba de balas, pasó rápida por los pueblos de su tierra natal, tres días después de un brutal asalto militar desde Turquía, que fue posible gracias a la decisión de Donald Trump de retirar las tropas estadounidenses de la región. Se dirigía a al-Raqqa, la efímera capital de Estado Islámico (ISIS) y la ciudad más grande y más dañada del territorio controlado por los kurdos. Raqqa estaba empezando a recuperarse, y Khalaf se dirigía a una de sus frecuentes reuniones políticas allí. En 2018, había ayudado a fundar el Partido del Futuro de Siria (FSP), con el noble objetivo de promover el pluralismo y la democracia a través de las fallas sectarias de Siria.

“El objetivo de nuestro partido es la unidad y la fraternidad para todos los que viven en esta tierra”

Khalaf, de 35 años, una kurda siria de largo pelo castaño y barbilla con hoyuelo, creía que se necesitaba un nuevo tipo de política. Kurdos, cristianos, turcomanos y árabes por igual habían sufrido bajo el régimen sirio y el reinado de terror de ISIS, y ella quería unificar a las comunidades históricamente conflictivas, hartas de violencia. “El objetivo de nuestro partido es la unidad y la fraternidad para todos los que viven en esta tierra”, dijo en febrero. “Entablaremos un diálogo con todas las personas para restaurar el espíritu de tolerancia en la región.”

Khalaf vivía en Derik, una ciudad de clase obrera con edificios de bloques de cemento, a unas seis millas de la frontera turca. Forma parte de la región semiautónoma del noreste de Siria dirigida por los kurdos, conocida como Rojava. Una zona que se convirtió en símbolo de esperanza para la minoría perseguida durante mucho tiempo, 35 millones de personas, divididos en cuatro países hostiles. Rojava defiende la diversidad, el autogobierno y los derechos de la mujer. Es la “estructura de gobierno más inclusiva en la región más diversa de Siria”, dice Nicholas Heras, el becario de Seguridad de Oriente Medio del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense.

El experimento democrático no podría haber surgido en circunstancias más adversas. El régimen del dictador sirio Bashar al-Assad está decidido a recuperar cada centímetro de territorio perdido durante los nueve años de guerra civil del país, y ha logrado avances constantes con el apoyo de Rusia e Irán. Los kurdos y Assad habían mantenido un pacto de no agresión de facto durante la mayor parte del conflicto, permitiendo a los kurdos centrarse en sus propios asuntos hasta que surgió la amenaza de ISIS. Con la ayuda de la fuerza aérea y las fuerzas especiales de Estados Unidos, los combatientes kurdos expulsaron a los militantes de un tercio del país, a un coste de más de 11.000 vidas.

[La invasión de Turquía] “hay que entenderla como un acto deliberado de preparar a los kurdos y a las minorías religiosas en el noreste de Siria para la limpieza étnica”.

La calma que tanto le costó conseguir se hizo añicos a principios de octubre. El coche de Khalaf volvió a atravesar los campos de nuevo bajo bombardeo. Menos de una semana antes, tras una conversación telefónica con el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, Trump ordenaba a todas las fuerzas militares estadounidenses que se retiraran de Siria, dando luz verde al ataque contra los kurdos. Turquía ya había iniciado operaciones militares limitadas a lo largo de la frontera en 2016 y 2018, pero la presencia estadounidense las había controlado. Consideran que la principal fuerza de los kurdos, las YPG, son una extensión del prohibido Partido de los Trabajadores del Kurdistán, al que consideran un grupo terrorista. La intención declarada de Turquía es crear una “zona segura” de 20 millas de profundidad y 300 millas de largo en tierras kurdas, para proteger el territorio turco y reasentar a millones de refugiados de guerra sirios. Pero la gente teme una meta más malévola. El periodista kurdo Mohammed A. Salih, estudiante de doctorado en la Universidad de Pennsilvania, dice que “hay que entenderlo como un acto deliberado de preparar a los kurdos y a las minorías religiosas en el noreste de Siria para la limpieza étnica”.

Khalaf había hecho caso omiso de las advertencias de no viajar. “Era más valiente que cualquier otro hombre que conozco”, dice su amiga y miembro del partido, Samira Abdel Aziz. En la carretera, cerca de la ciudad de Tal Abyad, el vehículo de Khalaf fue emboscado por Ahrar al-Sharqiya, una milicia respaldada por Turquía. Un vídeo difundido en las redes muestra al Toyota fuera de la carretera, acribillado a balazos. El conductor yace muerto, boca abajo en el suelo, mientras los militantes se apiñan a su alrededor. “Otro cerdo huyendo ha sido liquidado por las manos del Ejército Nacional”, se jacta un hombre. Una voz femenina es brevemente audible en el fondo. Éstas son las últimas palabras de Khalaf.

Khalaf abogaba por la tolerancia y la democracia. “Hevrin no creía que la violencia funcionase”, dice su madre. “Ella nunca tocó una bala.”
Fotografía de Cengiz Yar para Rolling Stone

Entré en Siria 10 días después del asalto turco, llegando por tierra desde Irak, por el único paso fronterizo aún abierto, en Semalka, un puente de pontones sobre el río Tigris. Furgonetas llenas de gente nos rebasan al salir y se desploman cerca del suelo. Conducimos rápido, pasando por tiendas y vallas publicitarias de combatientes mártires de las YPG, ansiosos por salir de la oscura carretera. Las células durmientes de ISIS y las milicias habían estado estableciendo puestos de control falsos, y los proyectiles turcos estaban matando y mutilando al azar.

Bajo el fuego de republicanos y demócratas por su descuidada decisión, Trump había enviado al vicepresidente Mike Pence para negociar un alto el fuego temporal, pero continuaron los bombardeos de artillería, los ataques con aviones teledirigidos y las incursiones por tierra, burlándose de la promesa de Trump de “destruir” la economía turca con sanciones en caso de que [Turquía] hiciera algo “prohibido”. Hasta la fecha, varios centenares de civiles han muerto y más de 300.000 personas han sido desplazadas, la mayoría de las cuales se han visto obligadas a adentrarse en territorio controlado por los kurdos, donde las escuelas se están convirtiendo en refugios. Otros 15.000 se han convertido en refugiados en Irak.

Visito la casa familiar de Khalaf en Derik. Familiares y amigos se afligen en silencio y beben café amargo bajo los carteles con su rostro. La madre de Khalaf, Souad Mohammad, lleva una abaya negra adornada con un broche de la bandera de las YPG y recibe llamadas de los medios de comunicación de Europa. “Espero que la sangre de mi hija una a todo el Kurdistán -kurdos, árabes, cristianos- y espero que toda la nación viva en paz”, dice Mohammad, su ira se acumula en un crescendo que llena la sala. “Hevrin sacrificó su alma por esto. ¨¡Sehid namirin! ¡Sehid namirin! ¡Sehid namirin!” Los mártires nunca mueren.

Mohammad me muestra una pancarta de pared a pared con sus dos hermanos y su hija primogénita, todos ellos guerrilleros que murieron luchando por la autonomía kurda en Turquía. La imagen de Khalaf ha sido añadida a la galería de mártires, pero su madre insiste en que era de otra raza: “Hevrin no creía que la violencia funcionara. Nunca tocó una bala”.

La promesa de Khalaf no pasó desapercibida para los funcionarios estadounidenses. A ella y a otros líderes se les encomendó la “necesaria y a menudo ingrata tarea de construir la estabilidad después de ISIS que Estados Unidos les había exigido”, dice Heras. El 3 de octubre, representantes del Departamento de Estado visitaron al FSP en Raqqa, dice el presidente del partido, Ibrahim al-Qaftan, y les aseguró que su partido tendría un papel en las conversaciones internacionales sobre el futuro de Siria. (El Departamento de Estado [norteamericano] no ha respondido a las reiteradas solicitudes de comentarios [sobre este asunto].)

Como secretaria general del Partido del Futuro de Siria, Khalaf mantenía un calendario vertiginoso y se reunía frecuentemente con líderes tribales árabes para crear confianza y resolver disputas, dice al-Qaftan, él mismo árabe. También dirigía talleres para víctimas de abuso doméstico y daba clases de matemáticas a estudiantes, dejando poco tiempo para ella misma.

“Estaba preocupada por cosas más importantes”, dice Steristan Haji, una amiga desde la infancia. Nunca se casó, Khalaf vivía en la misma habitación en la que creció, con pocas indulgencias: velas perfumadas, chocolate negro, poesía. Haji me entrega un volumen a medio terminar del escritor kurdo Loran Khatib sobre la lucha de una mujer por el respeto en una cultura conservadora y centrada en los hombres. “Hevrin siempre decía que debemos levantar la voz”, dice Haji.

Marwan Khalif, combatiente kurdo, fue asesinado por milicianos apoyados por Turquía que estaban despejando el camino para que refugiados árabes sirios fueran reasentados en tierras kurdas. Fotografía de Cengiz Yar para Rolling Stone

Según el informe de la autopsia, Khalaf sufrió múltiples disparos y fracturas en una pierna y el cráneo; le arrancaron carne del cuero cabelludo, señal de que había sido arrastrada por la fuerza antes de ser ejecutada. Los medios de comunicación turcos vinculados al Estado saludaron inmediatamente una “operación exitosa” para “neutralizar” a una política afiliada a un grupo “terrorista”. Khalaf, su chófer, un ayudante y al menos otros ocho civiles desarmados fueron asesinados ese día en el mismo tramo de carretera. Amnistía Internacional ha denunciado los asesinatos sumarios y otros ataques indiscriminados contra zonas residenciales como crímenes de guerra.

La madre de Khalaf dice que su cara fue mutilada hasta quedar irreconocible; el cuello, las orejas y las muñecas despojadas de joyas, como si quisieran “borrarla”. “No estaba en contra de Turquía, no estaba en contra de nadie”, dice Mohammad. “¿Cómo pudieron los EE.UU. dejar que Erdogan hiciera esto?”

Desde antes de asumir el cargo, Trump había expresado su aversión a las guerras abiertas en Afganistán e Irak que han costado decenas de miles de vidas y trillones de dólares. Pero para un empresario de naturaleza cínicamente transaccional, apoyar a los kurdos tenía sentido: una inversión de bajo costo y alta recompensa (Estados Unidos tenía alrededor de 1.000 fuerzas especiales sobre el terreno) que mantenía en jaque la estabilidad en una vasta franja de Siria al tiempo que mantenía en jaque al régimen de Assad y a sus partidarios rusos e iraníes.

“Nos abandonáis para ser masacrados”

“Nos abandonais para ser masacrados”, dijo el general Mazloum Kobane Abdi, comandante de las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF) dirigidas por los kurdos, al principal diplomático estadounidense en el norte de Siria, William Roebuck, en una reunión el día que Khalaf fue asesinada. Advirtió que si Estados Unidos no intervenía, se vería obligado a llegar a un acuerdo con Rusia y Assad, para protegerse de Turquía. Diez días después, el presidente ruso Vladimir Putin y Erdogan anunciaron un pacto en el que las fuerzas rusas y turcas tomarían el control conjunto del territorio controlado por los kurdos. Aparentemente por un capricho, Trump había logrado revocar el sueño de Rojava; cambiar el equilibrio de poder en Siria decisivamente a favor de sus archienemigos Assad, Rusia e Irán; y arriesgarse a dar una segunda oportunidad a ISIS.

El repentino cambio y la ignominia que siguió -banderas rusas izadas en puestos de avanzada vacíos de Estados Unidos; kurdos lanzando piedras y basura a los convoyes estadounidenses, ha enfurecido a los operativos de las fuerzas especiales en servicio activo. “Los chicos con los que he hablado están muy decepcionados”, dice un veterano de la campaña contra ISIS. “Los kurdos son las fuerzas aliadas más motivadas y capaces con las que he servido -lucharon hasta la muerte- y han vuelto a obtener el palo más corto”, dice, destacando la larga historia de traición de Estados Unidos a los kurdos, incluso cuando el presidente George H.W. Bush les pidió que se levantaran contra Saddam Hussein en 1991, sólo para mantenerse al margen mientras eran masacrados.

“Las consecuencias de esta falta de fiabilidad del Despacho Oval reverberarán mucho más allá de Siria”, dijo Brett McGurk, quien fue enviado especial de la presidencia para combatir a ISIS de 2015 a 2018. “El valor de un apretón de manos americano se está depreciando. Trump dijo hoy que podríamos ‘aplastar a ISIS de nuevo’ si se regeneraba. ¿Con quién? ¿Qué aliados firmarían? ¿Quién lucharía por sus garantías?”

Los funcionarios estadounidenses estiman que hay hasta 18.000 miembros de ISIS que siguen en libertad en Irak y Siria; otros 12.000 están detenidos en prisiones kurdas, donde el control está ahora en peligro. Un oficial de la inteligencia kurda me dice que todos los prisioneros de ISIS han sido reubicados más al sur de la zona ocupada por los turcos. “Estamos protegiendo no sólo a Europa sino a todo el mundo”, dice, “pero nuestra mayor prioridad es luchar contra Turquía y defender a nuestra nación”. La mitad de los guardias de la prisión han sido retirados para luchar desde que comenzó la invasión, dice, y más de 100 combatientes ya han escapado, junto con 785 simpatizantes.

ISIS está explotando descaradamente el vacío. En Qamishli, una bomba detonó en el centro de la ciudad el día que me fui, el segundo ataque en otras tantas semanas atribuido a ISIS. El 11 de noviembre, tres explosiones se cobraron seis vidas más. Ese mismo día, un sacerdote armenio y su padre fueron asesinados en una carretera al sur de la ciudad. ISIS se llevó el crédito. Según el Centro de Información Rojava, ISIS se dirige a las personas que trabajan con las autoridades dirigidas por los kurdos en la provincia de Deir Ezzor, y afirma que ha habido más de 100 asesinatos desde la invasión turca. Lina Abdulwahid, otra mujer líder del Partido del Futuro de Siria, fue atacada el 17 de noviembre, pero sobrevivió.

Unos niños juegan frente a la casa de Khalaf en Derik, a seis millas de la frontera turca, a tiro de piedra. Una serie de vídeos en las redes muestran a cautivos kurdos torturados y ejecutados por milicias apoyadas por Turquía. Fotografía de Cengiz Yar para Rolling Stone.

Mientras tanto, Trump ha dado marcha atrás en su llamamiento a una retirada completa, y ha desplegado tropas estadounidenses para asegurar los campos petrolíferos alrededor de Deir Ezzor. A pesar de sus afirmaciones de “cantidades masivas de petróleo”, las reservas de Siria ascienden a menos del uno por ciento de la producción mundial, y los expertos dicen que se necesitarían muchos años y miles de millones de dólares en inversiones para rehabilitar la infraestructura. Y luego está el hecho de que el petróleo pertenece a Siria. Altos funcionarios estadounidenses han tratado de restarle importancia a la táctica del petróleo, pero Trump ha estado declarando públicamente que las tropas permanecen “sólo por el petróleo”. Entre 500 y 600 fuerzas estadounidenses se quedarán indefinidamente con un vago mandato de proteger los campos petroleros, no a nuestros aliados kurdos asediados que tanto sacrificaron en nombre del pluralismo.

En noviembre, un memorándum filtrado de Roebuck, el enviado estadounidense en el norte de Siria, criticaba a la administración Trump por no hacer lo suficiente para detener la invasión turca, que “representa un esfuerzo intencionado de limpieza étnica”. Los demócratas y republicanos de la Cámara de Representantes están tratando de imponer sanciones a Turquía, pero la legislación tendría que pasar un Senado controlado por los republicanos y luego ser firmada por el presidente. Si había alguna duda sobre la posición de Trump, el 13 de noviembre honró a Erdogan con una recepción en la Casa Blanca y le agradeció por el trabajo que ha hecho en Siria, declarándose “un gran fan”.

” Rojava es nuestra nación. No somos refugiados en esta tierra, ¡ésta es nuestra tierra!”

El camino de Qamishli a Irak es sombrío. “Rojava es nuestra nación”, dice nuestro fumador conductor, Abdulrahman, agitando un brazo tatuado hacia el horizonte. “No somos refugiados en esta tierra, ¡ésta es nuestra tierra!” Pero las escenas que vemos apuntan lo contrario. Algunos controles de las Fuerzas de Autodefensa están totalmente vacíos, con banderas desgarradas azotadas por el viento; otros están custodiados por unos pocos rezagados. Las bombas de petróleo crujen en el horizonte gris, el aire teñido de humo acre de las refinerías improvisadas. Camiones de plataforma llenos de familias que huyen hacen cola en las gasolineras. Los que no tienen transporte van junto a la carretera caminando, agarrándose a lo que pueden cargar: bebés, sacos de dormir, bolsas de plástico con ropa.

A medida que avanzamos, Abdulrahman admite que puede ser el momento de trasladar a su familia a Irak -o “coger mi arma de nuevo”-, temeroso de que el régimen sirio amplíe su presencia y tome represalias. La noche anterior, Rusia y Turquía anunciaron un acuerdo para realizar patrullas terrestres conjuntas en el noreste de Siria y permitir que las tropas sirias regresen a las zonas fronterizas de las que han estado ausentes durante años.

Juliet Nicola se recupera de las heridas de metralla en la espalda y el estómago en un hospital de Qamishli, la capital de facto de Rojava. “Puede que nunca vuelva a caminar”, dice su marido, Fadi. Su casa y su tienda fueron destruidas por los bombardeos turcos.
Fotografía de Cengiz Yar para Rolling Stone

En Rojava, los kurdos habían vivido como ciudadanos de segunda clase en Siria, su lengua y cultura suprimidas. En 2008, Abdulrahman pasó 14 meses en prisión por encender una hoguera en la fiesta de Newroz, haciendo caso omiso de la prohibición del régimen de celebrarlo. Cuando estallaron los combates en su Alepo natal, se unió a una unidad de protección kurda y luchó durante más de tres años para derrotar a las fuerzas yihadistas y de Assad, perdiendo a unos 30 amigos en el camino. “Ningún lugar es seguro para los kurdos”, dice. “Si el régimen racista vuelve, no nos dejarán respirar.”

Erdogan tiene la intención de llenar las zonas kurdas con 2 millones de árabes sirios que actualmente son refugiados en Turquía. Las milicias afiliadas están despejando el camino, desplegando crueles tácticas de choque. Se ha acusado a combatientes respaldados por Turquía de atacar a civiles con fósforo blanco, un producto químico altamente inflamable que se come la carne. Ha aparecido una serie de vídeos que muestran a militantes torturando a cautivos kurdos y mutilando cadáveres. En una grabación, un hombre va de puerta en puerta en la ciudad fronteriza de Serekaniye, gritando “mata a los cerdos, mata a los infieles” mientras pinta con aerosol las casas vacías para diferenciar las que pertenecían a kurdos, cristianos y árabes musulmanes. Se compromete a quemar el primero, saquear el segundo y dejar el tercero intacto.

“Turquía está sembrando las semillas de futuros conflictos civiles entre árabes y kurdos. Es una agenda siniestra.”

“Turquía está sembrando las semillas de futuros conflictos civiles entre árabes y kurdos”, dice Hassan Hassan, director del programa de actores no estatales del Center for Global Policy. Sospecha que milicias radicales como Ahrar al-Sharqiya, el grupo que mató a Khalaf, han sido presentadas como el “rostro” de la campaña para agravar las tensiones sectarias. “Es una agenda siniestra.”

Cuando llegamos a la frontera, Abdulrahman nos despide rápidamente, deseoso de volver con su esposa e hijos en Qamishli. Llamó Hevrin a su hija, que nació dos días después de que la política fuera asesinada. Le pregunto por qué eligió su nombre. “Porque ella nos dio dignidad”, dice.

Al otro lado de la frontera, en el Kurdistán iraquí, los campos de refugiados se están llenando. A la entrada de Bardarash, un vasto campo dirigido por la ONU, Amin Mohammad y su familia se encuentran en medio del enjambre que espera su asignación de vivienda. El hermano de Mohammad fue asesinado por un proyectil turco en Serekaniye el primer día de la ofensiva turca, mientras conducía su motocicleta al mercado para comprar comida. Su hogar familiar también fue arrasado, y durante los últimos 14 días se habían ido trasladando de aldea en aldea, durmiendo a la intemperie junto a la carretera y buscando comida. “Estamos tan cansados”, dice Mohammad. “No puedo pensar en el futuro de Rojava, sólo en cómo encontrar arroz para comer.”

Bardarash, un campo gestionado por las ONU junto a la frontera en Irak ha sido ocupado con miles de refugiados desde la invasión. Fotografía de Cengiz Yar para Rolling Stone.

Durante la siguiente media hora, vagan por un laberinto de tiendas de campaña de lona blanca en busca de su nuevo hogar. Pasan entre las pandillas de niños desaliñados y las miradas planas de las familias, hasta que ven una tienda de campaña pintada con su número; C-652. La luz del día se está desvaneciendo rápidamente, y todo el mundo se apresura a colocar la ropa de cama en la losa de hormigón, que se inundó por una tubería rota del excusado.

“Desearía haber muerto en mi casa, no aquí”, dice la esposa de Mohammad, Hukmiya. “Los americanos nos traicionaron. Que les pase lo mismo a Erdogan y Trump, que un día vivan en una tienda de campaña”.

Al otro lado de la calle, Selva Sedo acuna a su hija de nueve meses, Nivar. Originaria de Raqqa, Sedo se trasladó al enclave kurdo de Afrin en 2014 para escapar de los combates, y tuvo que volver a trasladarse cuando Turquía ocupó la ciudad a principios de 2018. Vivía en Serekaniye con su marido hasta que los bombardeos turcos la obligaron a marcharse una vez más. “La guerra me está siguiendo”, dice ella.

Los padres de Sedo siguen en Afrin. La mayoría de sus antiguos 200.000 residentes kurdos se han marchado, pero los que permanecen se enfrentan al acoso y saqueo de las milicias árabes sirias que participan en la operación actual de Turquía. “Estoy harta de pelear”, dice. “Quiero dejar Siria [y] Kurdistán. Iré a cualquier parte fuera de Oriente Medio”. Después de una pausa, pregunta. “¿Conoces a alguien que pueda ayudarme a llegar a Europa?”

La familia de Amin Mohammad’ llegó a Bardarash tras dos semanas de caminar por la carretera. Su casa fue ocupada, y su hermano muerto por una bomba en el primer día de la invasión. “No puedo pensar en el futuro de Rojava,” dice Mohammad, “sólo en encontrar arroz para comer.” Fotografía de Cengiz Yar para Rolling Stone .

En mi última tarde en Siria, Souad Mohammad me lleva al cementerio de los mártires donde está enterrada Khalaf. Se encuentra en las afueras de Derik, a unas tres millas de la frontera turca, a tiro de piedra. Un ataque aéreo cerca del cementerio cinco días antes obligó a la familia a cancelar una visita.

La carretera de salida de la ciudad está vacía de coches y gente. Con pocas palabras entre nosotros, pasamos por un campo vacío que solía albergar a decenas de yazidis, la minoría religiosa por la que los combatientes kurdos se unieron para salvarla de una campaña de matanzas sistemámicas de ISIS, ya que gran parte del mundo se mantuvo al margen y no hizo nada.

Nos detuvimos en la puerta del cementerio. Más de 1.200 muertos están enterrados en el terreno, de los cuales unos 700 perecieron en la lucha contra ISIS. Pasamos fila tras fila de retratos de muertos enmarcados, una mezcla uniforme de mujeres y hombres vestidos de camuflaje, algunos serios y otros sonrientes, hasta llegar a la tumba de Khalaf, envuelta en flores de plástico y una cinta que dice que los mártires nunca mueren.

Mohammad cae de rodillas. “Oh, querida mía, oh, querida mía. Lo mucho que te extraño. Diste tu vida por la paz, tu sangre por la hermandad. ¿Dónde están los derechos humanos? ¿Dónde está el mundo?”

Cerca de allí, un agotado grupo de combatientes de las YPG se turnan para cavar nueve nuevas tumbas para los camaradas que murieron en los recientes enfrentamientos en la frontera. Detrás de ellos, una extensión amurallada, más larga que un campo de fútbol se extiende plana e ininterrumpidamente, a la espera de las bajas de mañana.

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