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Hacia un nuevo internacionalismo

Fuente: ROAR Magazine

Autor: Thomas Jeffrey Miley

Fecha: enero 2018

Traducido por Rojava Azadi Madrid

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Si se va a reavivar la lucha de clases, debemos denunciar el resurgimiento del chovinismo social de la izquierda. El/la trabajador(a), una vez más, debe asumir que no tiene país.

La tiranía de las relaciones capitalistas de propiedad social, cada vez más consolidadas en todo el mundo, lleva a la humanidad a una guerra perpetua y a una catástrofe ecológica. El futuro mismo de la vida en el planeta está amenazado, la contradicción cancerosa entre el imperativo del crecimiento construido en el capitalismo y la finitud de los recursos naturales cada vez más manifiesta. Los obstáculos arraigados a la racionalidad colectiva, que debemos superar con éxito si queremos evitar un desenlace brutal y trágico, son inmensos y de alcance mundial.

Necesitamos desesperadamente un nuevo internacionalismo revolucionario, capaz de coordinar y conectar las luchas locales contra el capitalismo global y contra los sistemas de dominación relacionados e interrelacionados -de etnicidad y raza, de género, sobre la naturaleza-. Sin embargo, el espectro del nacionalismo sigue persiguiendo a los imaginarios sociales hegemónicos, dificultando la urgente tarea de organizar la resistencia anticapitalista por encima y por debajo del nivel del Estado-nación.

Algunas partes de la izquierda se mueven para abrazar de nuevo la táctica y la estrategia del populismo nacional, cuando en su lugar necesitamos un internacionalismo profundo. Hemos visto antes esa capitulación oportunista a la llamada del chovinismo social, con consecuencias humanas devastadoras. No hay ninguna razón plausible para creer que cabalgando el tigre nacionalista de nuevo conducirá a un destino socialista esta vez.

Por el contrario, hay buenas razones para ser aún más escépticos. No sólo el alcance global y la coordinación de la producción capitalista, las finanzas y, en consecuencia, el dominio político capitalista son más intensos y cohesivos que nunca antes en la historia, sino también una situación suficiente para que las promesas de un renacimiento de la «edad de oro» de la socialdemocracia huelan a utópico; de manera más preocupante, también estas agendas neo-social-demócratas están manchadas por compromisos chovinistas, especialmente en asuntos de «política exterior», es decir, en relación con políticas de intimidación neoimperial, sanciones, agresiones violentas y saqueo de recursos naturales. Peor que el compromiso: complicidad.

CUANDO EL TRABAJADOR NO TENÍA PAÍS

A mediados del siglo XIX, Marx y Engels pudieron declarar que «el trabajador no tiene país». Los orígenes del internacionalismo obrero radican en la ausencia de representación política y de integración material en el Estado-nación. La clase obrera estaba al principio por debajo y más allá de la nación. Su «nacionalización» tuvo lugar bastante tarde, en las últimas décadas del siglo XIX, y especialmente en las primeras décadas del XX.

La educación obligatoria con el propósito de crear una reserva de mano de obra alfabetizada y nacionalizada; el reclutamiento en máquinas de guerra capaces de movilizar a las masas para el sacrificio suicida en la guerra total, éstos fueron los motivos y mecanismos que apuntalaron e impulsaron la «nacionalización» de las masas en gran parte del núcleo capitalista. La «nacionalización» y los nacionalismos propagados por el Estado fueron el producto de decisiones deliberadas tomadas por los gobernantes que comandaban barcos de Estado rivales a través de los mares tormentosos en una era marcada por la democratización progresiva, la expansión capitalista e imperialista y la amenaza de una guerra interimperialista.

Como Eric Hobsbawm insistió elocuentemente, durante esta época, todas las versiones del nacionalismo que «salieron a la luz» tenían una cosa en común: «un rechazo de los nuevos movimientos socialistas proletarios, no sólo porque eran proletarios, sino también porque eran, consciente y militantemente internacionalistas, o por lo menos no nacionalistas». De hecho, en el preludio crucial del nivel sin precedentes de destrucción humana de la llamada Gran Guerra, el nacionalismo de masas compitió directamente por resultar atractivo en medio de una serie de ideologías rivales -«en particular, el socialismo de clase»- que, trágicamente, venció.

La Segunda Internacional finalmente sucumbió al oportunismo de la socialdemocracia y al contagio íntimamente conectado del nacionalismo. La solidaridad de la clase obrera fue socavada por las maquinaciones de dividir y conquistar, aplastada en el contexto de la rivalidad interimperial y enterrada en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

En el caso paradigmático de Alemania, Rosa Luxemburg diagnosticó y trató de explicar el oportunismo como un obstáculo fundamental para la victoria de la lucha revolucionaria, como un fenómeno patológico pero histórico, que ella interpretó persuasivamente -a través de la lente del materialismo histórico- como relacionado con la infiltración de una mentalidad pequeñoburguesa progresiva por el crecimiento del Partido Socialdemócrata de Alemania y su correspondiente burocratización. El arco de la trayectoria organizativa del partido fue así: de un pequeño grupo de revolucionarios profesionales a un grupo cada vez más numeroso de burócratas reformistas.

Fue una trayectoria que reflejó y correspondió al crecimiento del propio Estado en Alemania y, de hecho, en gran parte de Europa y Norteamérica en el llamado «núcleo capitalista», a partir del tercer cuarto del siglo XIX, y que continuó con una inclinación cada vez más militarista con el inicio de la era de la lucha imperial.

Sólo los revolucionarios más comprometidos, que no eran casualmente los más profundos teóricos y críticos del imperialismo, principalmente Lenin y Luxemburg, sino también todos los individuos y organizaciones involucrados en el movimiento Zimmerwald, se mantuvieron fieles a los principios internacionalistas; sólo ellos fueron capaces de resistir la corriente hegemónica hacia la «integración nacional» y, en última instancia, de capitular ante los ídolos beligerantes de la nación.

¿Dónde estaba el motín masivo? ¿Dónde estaba la voluntad de resistir una muerte sin sentido y brutal? ¿Dónde estaba la solidaridad entre los trabajadores del mundo? ¿Dónde estaba su voluntad de unirse, de romper las cadenas que los ataban, a pesar de las fronteras nacionales y más allá de ellas? Incluso la fe de Luxemburgo se vio sacudida por el estallido de la guerra, lo que le llevó, desde la celda de la prisión en la que escribía su Folleto Junius, a doblar o subir la apuesta, formulando las alternativas en la famosa frase «socialismo o barbarie», una frase que ella atribuía a Engels.

Si, y sólo si, de las cenizas de la catástrofe surgiera el ave fénix de la revolución mundial, entonces, y sólo entonces, la humanidad podría evitar un descenso interminable a la «barbarie», un término revelador por derecho propio. Una revolución mundial, nada menos, fue lo que los internacionalistas anticapitalistas consideraron el resultado necesario y el desenlace de las contradicciones, la crisis, la guerra total. La alternativa era simplemente impensable, o al menos indescriptible, para ellos.

LUXEMBURGO CONTRA EL BOLCHEVISMO

La Revolución Rusa, cuando llegó, fue aclamada entre los internacionalistas -Luxemburgo, Trotsky y Lenin por igual- como precursora y desencadenante de la revolución mundial. Tal fue el criterio sobre el cual todos los revolucionarios más prominentes -al menos en la tradición marxista- estuvieron de acuerdo en que era el más relevante para juzgar el éxito o el fracaso final de la revolución «local»: si servía para desencadenar la revolución mundial.

Todos los grandes internacionalistas marxistas coincidieron: la revolución para derrocar al capitalismo tenía que ser de alcance global. A Lenin, sin duda, le costó mucho concebir la perspectiva de una revolución rusa sin «más repercusiones», «abandonada a sí misma». De hecho, como Paul Mattick señaló hace mucho tiempo, Lenin parecía asumir «que el ataque de las naciones imperialistas contra los bolcheviques rompería la espalda de la revolución rusa si el proletariado de Europa Occidental no llegaba al rescate».

Sin embargo, cuando la revolución mundial de hecho no se materializó, el partido bolchevique en el poder no bajó las armas y simplemente se rindió. En lugar de ello, procedió a improvisar, a afianzar aún más su control sobre las palancas del poder, su fusión con el aparato estatal y, en última instancia, a seguir adelante con el proyecto del «socialismo en un solo país». La dictadura hipercentralizada del partido bolchevique en un Estado de partido único; y dentro del partido, una dictadura hipercentralizada del Comité Central sobre sus miembros; y dentro del Comité Central, una dictadura hipercentralizada de la Presidencia. En resumen, una dictadura del partido, sobre el proletariado y sobre la población en general.

Éste fue el modelo de gobierno del centralismo democrático marxista-leninista en la práctica, en la URSS y, con alguna variación, en todos los Estados donde el marxismo-leninismo llegó al poder posteriormente, transformándose con mayor frecuencia en dictaduras de estado capitalistas y «desarrollistas». Un modelo tiránico, muy alejado de la emancipación humana tal como se imaginaba, por ejemplo, en los primeros escritos de Marx, o para el caso, en su descripción de la dictadura del proletariado en su trabajo posterior sobre la Comuna de París, o incluso tal como la imaginó Lenin en Estado y revolución, en vísperas de la toma del poder por parte de los bolcheviques.

¡Ojalá Luxemburgo hubiera vivido! Hay que significar que su martirio, junto con el de su camarada Karl Liebknecht, en enero de 1919, marca un punto de inflexión histórico-mundial, una coyuntura crítica en la que la marea revolucionaria-mundial comenzó a bajar definitivamente, y las fuerzas contrarrevolucionarias del fascismo comenzaron a ganar impulso en su lugar.

Pero Rosa Roja tenía razón en sus primeras críticas a la forma de organización bolchevique por su estructura y estilo autoritario, su promoción de «la subordinación ciega, hasta los más mínimos detalles, de todos los órganos del partido, al núcleo del partido, que es el único que piensa y decide por todos», una crítica que formuló por primera vez ya en 1904. Aunque es más controvertido decirlo, Rosa Roja también tenía absoluta razón en su tenaz oposición al nacionalismo en todas sus manifestaciones. Ella, y no los bolcheviques, demostró ser la más «previsora sobre los peligros que acechan en el nacionalismo para el internacionalismo revolucionario».

Luxemburgo estaba en lo cierto al enfatizar el vínculo entre el oportunismo bolchevique y su adhesión al dogma de la autodeterminación nacional, una crítica penetrante por la que ha sido muy caricaturizada y calumniada. No es que Luxemburgo se oponga a la libertad nacional; no lo hace. Como señaló Jacob Talmon, ella era más honesta, más sobria, más incisiva que los bolcheviques en su doble evaluación de que «el socialismo no podía alcanzarse a través de las luchas de liberación nacional» y, a la inversa, que «la libertad nacional sólo podía obtenerse a través de una revolución social internacional», lo que la llevó a abrazar la conclusión programática de que «el primer y categórico imperativo era, por lo tanto, el de hundir todas las diferencias nacionales y unirse en un frente común antiimperialista».

Es más fácil decirlo que hacerlo; más difícil de practicar que de predicar.

CONCIENCIA ANTICOLONIAL

Es posible que la Guerra Mundial y la revolución bolchevique no se hayan extendido por toda Europa y desencadenado la revolución mundial, como sus protagonistas esperaban y creían que debía hacerlo. Pero ciertamente contribuyó a la infiltración de la conciencia anticolonial en todo el mundo colonizado, y el reclutamiento de súbditos coloniales en ejércitos imperiales desempeñó un papel importante en el proceso.

Como Timothy Mitchell ha enfatizado, mientras que «la declaración de Lenin al día siguiente de tomar el poder de que a ‘cualquier nación que desee la independencia’ le debe ser permitido ‘determinar la forma de su vida estatal mediante el voto libre'» definitivamente tenía un amplio atractivo entre los colonizados, y más allá; de hecho, «se hizo eco de campañas más amplias, que surgieron a través de varios continentes, en contra de la violencia y la injusticia del Imperio».

Después de todo, la propia teoría de Lenin sobre el imperialismo venía en gran parte derivada del trabajo de J.A. Hobson, el liberal británico que proporciona la conexión aparentemente paradójica entre las ideas de Lenin sobre la autodeterminación y las de Woodrow Wilson. Hobson había «apoyado a las repúblicas afrikaners que Gran Bretaña derrotó en la guerra sudafricana», y se había hecho amigo del líder militar y político de los afrikaners Jan Smuts, «que luchó contra los británicos pero luego negoció la incorporación de las repúblicas bóer a la Unión de Sudáfrica», y que más tarde se unió a su «viejo amigo» en el gabinete de la guerra británica «para que participara en la elaboración del acuerdo de posguerra».

De hecho, como Mitchell ha argumentado de manera provocativa pero convincente, fue Smuts quien «de hecho guiaría la formulación del ‘ideal’ de autodeterminación que más tarde se atribuyó a Woodrow Wilson». ¿El modelo de autodeterminación en la práctica? Nada menos que «el desarrollo del autogobierno en Sudáfrica, que se convirtió en un método para empoderar a los blancos y desempoderar aún más a los no blancos».

La experiencia de las repúblicas bóer configuró así «la solución más amplia a las reivindicaciones de las poblaciones sujetas después de la Primera Guerra Mundial», de una manera que transformó sutilmente «la demanda de democratización en el muy diferente principio de autodeterminación, o `el consentimiento de los gobernados'». El régimen de autodeterminación como una alternativa a las demandas democráticas más profundas, como un medio eficaz para defenderse de la amenaza y el espectro de las demostraciones globales emergentes, en resumen, la descolonización como reequilibrio y la transición hacia un sistema global neocolonial de «despotismo descentralizado», por invocar el término más sugerente de Mamdani.

Luxemburgo, como ningún otro, vio a través de la piadosa cantinela de la autodeterminación. Ella insistió convincentemente, en contra de Lenin, en términos inequívocos, que «mientras los Estados capitalistas perduren, particularmente mientras la política mundial imperialista determine y dé forma a la vida interior y exterior de los Estados, el derecho nacional de autodeterminación no tiene nada en común con su práctica, ni en la guerra ni en la paz».

Tampoco se abstuvo de sacar conclusiones clarividentes de este análisis, apelando urgentemente a sus compañeros revolucionarios para que resistieran a toda costa el canto de sirena de la nación, clarividente en su advertencia de que, como dijo más tarde Mattick, «cualquier política socialista que no tenga en cuenta este nivel histórico definido y que en medio del vórtice mundial se deje gobernar únicamente por los puntos de vista aislados de un solo país está condenada de antemano». Una descripción y un diagnóstico más concisos de los límites inherentes de las tácticas, estrategias y (falta de) principios destinados a ser perseguidos por la Tercera Internacional sería, en efecto, difícil de encontrar.

Ponerse del lado de Luxemburgo contra Lenin en el tema de la autodeterminación plantea, por supuesto, la cuestión de la relación entre el internacionalismo revolucionario y el antiimperialismo. Podríamos argumentar, con Mattick, que el internacionalismo anticapitalista debe ser ciertamente antiimperialista, pero en este punto de la historia, simplemente no podemos permitirnos el lujo de engañarnos a nosotros mismos pensando que el fin del imperialismo puede lograrse por cualquier otro medio que no sea destruir el sistema capitalista en el llamado «núcleo capitalista avanzado». A falta de tal destrucción, podemos estar seguros, tarde o temprano, de que «‘la liberación’ de un tipo de imperialismo lleva a la subordinación a otro».

LEER LUXEMBURGO CON FANON

En un artículo reciente para Al Jazeera, Hamid Dabashi llamó a Luxemburgo «una heroína olvidada de la teoría postcolonial». Esto quizás lleva la cosa demasiado lejos, pero el internacionalismo revolucionario de Luxemburgo ciertamente tiene mucho más en común con los pensadores postcoloniales posteriores de lo que se supone con demasiada frecuencia. Emblemáticamente, con Frantz Fanon, que vivió lo suficiente para presenciar las «trampas de la conciencia nacional», para ver con sus propios ojos que «el nacionalismo, esa magnífica canción que hizo que el pueblo se levantara contra sus opresores, se detiene, se tambalea y muere el día en que se proclama la independencia».

De hecho, Fanon fue particularmente agudo en sus observaciones sobre la degeneración de la política partidaria en el contexto postcolonial, en su denuncia del incipiente despotismo nacional y la corrupción progresiva. Como él supuso astutamente:

«Después de la independencia, el partido se hunde en un letargo extraordinario. Los militantes sólo son llamados cuando las llamadas manifestaciones están en marcha, o cuando se celebran conferencias internacionales o celebraciones de independencia. Los líderes locales del partido reciben puestos administrativos, el partido se convierte en una administración, y los militantes desaparecen entre la multitud y toman el título vacío de ciudadano. …

Después de unos años, la ruptura del partido se hace evidente, y cualquier observador, incluso el más superficial, puede notar que el partido, hoy en día el esqueleto de su antiguo yo, sólo sirve para inmovilizar a la gente. El partido, que durante la batalla había atraído a toda la nación, se está desmoronando. Los intelectuales que en vísperas de la independencia se unieron al partido, ahora dejan claro por su actitud que dieron su apoyo sin otro fin que el de asegurar su parte del pastel de la independencia. El partido se está convirtiendo en un medio de progreso privado.

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Aun así, Fanon se mantuvo quizás demasiado optimista en su formulación del remedio para este mal colectivo, en lo que ahora parece ser una receta bastante ingenua: «Si realmente quieres que tu país evite la regresión o, en el mejor de los casos, las paradas y las incertidumbres, hay que pasar rápidamente de la conciencia nacional a la conciencia política y social». En retrospectiva, Smuts y Hobson fueron más realistas, en su juicio de que la conciencia nacional era el antídoto preciso y la alternativa necesaria para defenderse y domesticar las perspectivas de los desafíos internacionalistas revolucionarios a la tiranía del capitalismo global, para traducir y transformar los reclamos amenazantes sobre la justicia global en asuntos más inocuos de caridad internacional.

Menos ingenuo por parte de Fanon fueron sus dos puntos adicionales, relacionados: el primero, sobre la urgencia vital de la tarea de la «educación política»; el segundo, íntimamente relacionado, sobre la necesidad de la «descentralización en el extremo». Abrir la mente de la gente, «despertarla», no significa nada más para Fanon que «permitir el nacimiento de su inteligencia». Esta tarea no puede confundirse con «hacer un discurso político». Significa, por el contrario, «tratar de enseñar a las masas, implacable y apasionadamente, que todo depende de ellas; que si nos estancamos es su responsabilidad, y que si seguimos adelante se debe también a ellas».

Para poner en práctica esa pedagogía revolucionaria, continúa Fanon, «para encarnar realmente al pueblo», es esencial la descentralización extrema. Una educación política para la autodeterminación, entendida y practicada, literalmente, como tomar las cosas en las propias manos; éste es el giro radicalmente descentralizador de Fanon sobre la autodeterminación. Constituye una contraparte crucial y dialéctica del énfasis de Luxemburgo en el internacionalismo revolucionario profundo.

MÁS ALLÁ DEL CULTO A LA NACIÓN

La nación como base mistificada de la comunidad no sólo ha derrotado las alternativas revolucionarias basadas en la clase en múltiples coyunturas críticas a lo largo del siglo pasado, sino que también ha sido institucionalizada y por lo tanto cosificada en el sistema educativo, los medios de comunicación, la burocracia estatal, así como por los partidos políticos, incluyendo a los representantes de la socialdemocracia.

Las fuerzas de la socialdemocracia, junto con sus aliados en el movimiento sindical, fueron responsables de muchos de los límites democráticos a la mercantilización impuestos al capitalismo, especialmente en el norte y oeste de Europa, en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando los derechos sociales se expandieron bajo la égida del estado de bienestar. Sin embargo, esa mercantilización tuvo un precio, a saber, la desorganización y despolitización de la clase obrera, su conversión progresiva en espectadores pasivos de la política, a lo sumo, la mayoría de las veces, en meros consumidores. Esta disminución, si no muerte, de la conciencia de clase ayudó a allanar el camino para la subsiguiente victoria del neoliberalismo, el triunfo del culto al mercado, por no mencionar el resurgimiento del culto a la nación.

Las múltiples formas en que se ha institucionalizado la conciencia nacional, reforzadas por los frecuentes llamamientos de las élites políticas a las concepciones supremacistas, excluyentes y patriarcales de la pertenencia nacional, con el fin de dividir y conquistar a los explotados y oprimidos, han entorpecido de hecho la popularidad y la importancia de los sentimientos de empatía, solidaridad, lealtad, comunidad y pertenencia transnacionales.

En una palabra, el culto a la nación constriñe y limita los horizontes de nuestra conciencia colectiva. Por lo tanto, socava nuestra capacidad de ejercer la racionalidad colectiva frente a los urgentes problemas sociales y políticos a los que debemos enfrentarnos juntos, como miembros de la raza humana, si queremos tener la oportunidad de transformar con éxito las constelaciones globales de relaciones entre la sociedad y la propiedad.

Esta transformación es urgentemente necesaria, no sólo por el bien de la justicia. Los privilegios de los plutócratas, los tiranos y los belicistas deben ser controlados, deben rendir cuentas, porque su codicia, su ansia de poder, su ineptitud letal y su colosal irresponsabilidad están amenazando literalmente el futuro de la vida en nuestro planeta. Pero mientras el culto a la nación siga desconcertando nuestra conciencia, seguiremos sin poder, o peor aún, seguiremos siendo cómplices, condenados a ser cómplices de sus crímenes.

Hay una larga historia de crímenes cometidos en nombre de la nación, especialmente en nombre de aquellas naciones que pueden ser clasificadas como «grandes potencias». De hecho, los crímenes del pasado pueden explicar en gran parte el estatus de «gran potencia» de algunos Estados-nación en la actualidad. En este sentido, estos crímenes no permanecen en el pasado, sino que viven en el presente. Y viven también en otro sentido, pues las mentiras y la propaganda empleadas para justificar los crímenes del pasado siguen resonando en el presente, incluso aunque no se repitan y defiendan explícitamente, sino que simplemente se minimizan y encubren, o incluso se encubren en un intento de inducir la amnesia histórica.

Mientras no se enfrenten directamente y no se deconstruyan deliberadamente, en nombre de la verdad y más que de la mera reconciliación, en busca de una justa compensación, las mentiras y la propaganda heredadas del pasado seguirán pesando sobre la conciencia colectiva culpable. Seguirán contaminando el subconsciente colectivo y, por lo tanto, se filtrarán, acentuarán y reflejarán inevitablemente en los contornos de la conciencia colectiva contemporánea.

Ésta es precisamente la razón por la que los conflictos y tabúes sobre la memoria colectiva nunca se refieren sólo a cómo se recuerda el pasado, sino que a menudo son centrales en las luchas por la hegemonía en el presente, enfrentando a aquéllos comprometidos con la preservación del statu quo contra los que lo están con proyectos alternativos que buscan disputar y transformar las constelaciones existentes de relaciones de poder material y social. «La tradición de todas las generaciones muertas pesa como una pesadilla en el cerebro de los vivos.»

Nosotros, los de la izquierda, debemos denunciar en términos inequívocos todas y cada una de las concesiones al resurgimiento del chovinismo social. El/la trabajador(a), una vez más, debe darse cuenta de que no tiene país. La cohesión transnacional y la coordinación global de la clase capitalista ha superado y socavado progresivamente los compromisos de clase y los límites a la mercantilización que habían sido negociados e institucionalizados a nivel del Estado-nación en respuesta a las demandas colectivas del trabajo organizado.

Como consecuencia, la clase obrera se encuentra cada vez más desorganizada, no integrada, privada de derechos. Ahora, más que nunca, se encuentra dispersa por todo el mundo, con una composición multiétnica, por debajo y más allá de la nación. Si la lucha de clases ha de reavivarse, tanto a nivel local como mundial, es imperativo que se reorganice y vuelva a articularse en consecuencia.



Thomas Jeffrey Miley es profesor de Sociología Política en el Departamento de Sociología de Cambridge. Sus intereses de investigación incluyen nacionalismos comparativos y teoría democrática. Actualmente está trabajando en un proyecto sobre las luchas por la autodeterminación en el siglo XXI. Su último libro, coeditado con Federico Venturini, es Tu libertad y la mía: Abdullah Öcalan y la cuestión kurda en la Turquía de Erdogan (Black Rose, 2018).

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