Utopía interrumpida: asalto de Turquía al cantón kurdo de Afrin

Fuente: New Internationalist
Autor: Dilar Dirik
Fecha: 29/01/2018
Traducido por Rojava Azadi

Lo que hoy está en juego en Afrin es el futuro de una coexistencia democrática y multicultural alternativa para la sociedad y la política de Oriente Medio

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En Afrin, norte de Siria, los kurdos protestan contra la invasión de Turquía bajo la mirada de los combatientes de las YPG (Unidades de Protección del Pueblo), 24 de enero de 2018. Fuente: Kurdish Struggle, CC

 
El 20 de enero, el Estado turco y las tropas proturcas del Ejército Libre Sirio (FSA) lanzaron una operación militar transfronteriza en la región de mayoría kurda de Afrin, en el noroeste de Siria. La invasión de otro país es una flagrante violación de la ley internacional y se produce con escaso análisis, aunque la comunidad internacional se mantiene observando. Además, esta declaración de guerra constituye una atrocidad contra las mismas personas que se han mantenido en primera línea en la lucha contra el fascismo de ISIS, al tiempo que construían un refugio democrático, secular y de igualdad de género para todas las comunidades en medio de la guerra.
Los Estados Unidos y sus aliados han aprobado tácitamente la operación, alegando que Turquía tiene derecho a defender sus fronteras y soberanía nacional. Al mismo tiempo, Rusia aceptó deliberadamente el asalto al permitir que Turquía utilizara el espacio aéreo bajo control ruso, después de que se rechazara su oferta de entregar la administración de Afrin al régimen de Assad.
Los mismos poderes que no han logrado organizar conversaciones de paz para Siria en los últimos siete años, aparentemente pueden actuar de común acuerdo cuando se trata de la supresión de una política democrática alternativa y a favor de la satisfacción del interés del segundo ejército más grande de la OTAN -Turquía-, independientemente de la completa indiferencia de este último incluso a las preocupaciones geopolíticas de sus propios socios. Los mismos Estados, en una coalición conjunta anti-ISIS, no sólo utilizaron a los kurdos como ‘fuerzas de confianza en el terreno’, sino que también han elegido permanecer pasivos ante la evidencia incriminatoria del apoyo turco a otras fuerzas reaccionarias como ISIS. Esta actitud expone la hipocresía de los actores internacionales cuyas políticas han contribuido activamente a la escalada de las guerras en Oriente Medio a favor de sus propios intereses.
Mientras los combatientes pro Erdogan del FSA y los soldados turcos intentan establecer una «zona segura» para defender Turquía del terrorismo, el aparato propagandístico del Estado engloba a las fuerzas kurdas nativas y los asesinos violadores de ISIS en la misma categoría, afirmando que lucha contra ambos, aunque ISIS ni siquiera tiene presencia en Afrin. Sin embargo, incluso si eso fuera cierto, Turquía no se molestó durante años, cuando ISIS controlaba las crucifixiones y los mercados de esclavos sexuales existentes junto a su frontera con Siria.

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Combatiente kurda de las YPG. Fuente: Kurdish Struggle, CC

 
Aunque varios gobiernos occidentales, incluido el ex vicepresidente estadounidense Joe Biden de la administración Obama, criticaron el papel de Turquía por contribuir al aumento de la violencia yihadista en Siria a través de medios políticos, financieros y logísticos -incluido el llamado Estado Islámico-, la importancia estratégica de Turquía como miembro de la OTAN para las empresas regionales era demasiado alto como para arriesgarse. Como ahora se sabe, Turquía ha sido la principal fuente de suministros y viajes para asesinos yihadistas de todo el mundo. Docenas de miembros del Estado Islámico han sido absueltos de cargos en Turquía, mientras que activistas pacíficos contra la guerra y disidentes del régimen de Erdogan han recibido largas condenas tras ser acusados ​​de delitos penales increíbles, algunos incluso por expresarse en las redes sociales.
Miles de personas en Afrin y otras partes del norte de Siria y el Kurdistán en general han tomado las calles para protestar por la invasión turca, que ven como una traición histórica de todos los Estados que los apoyaron en su histórica lucha contra el ISIS. La gente común de Rojava se ha levantado en armas y ha hecho un voto para defenderse de los ataques turcos, del mismo modo que se han movilizado contra ISIS y los ataques de otros contra civiles.
Asalto a un proyecto liberador y democrático
Desde que comenzó la guerra en Siria en 2011, Afrin ha estado entre las áreas más seguras de este devastado país. Negándose a seguir las reglas del régimen de Assad ni del Ejército Libre Sirio y los grupos de oposición sirios controlados por las fuerzas regionales, la mayoría del área kurda en el noroeste del país ha estado estableciendo sus estructuras autónomas de autogobierno democrático de base desde 2012, y actualmente acoge a cientos de miles de desplazados internos de Siria. Si bien su lucha militar contra el ISIS ha recibido apoyo táctico de fuerzas externas, especialmente de los EE.UU., ninguna garantía política acompañó a tales colaboraciones temporales y, por tanto, hace mucho tiempo que se había previsto esta traición histórica a los kurdos tras la derrota de ISIS.
Cuando los consejos y comunas autónomos de Afrin decidieron organizarse como cantón anexo a un sistema de autonomía democrática en 2014, ellos, junto con los cantones de Kobane y Jazeera, declararon «un sistema político y una administración civil fundados en un contrato social que concilie el rico mosaico de Siria a través de una fase de transición desde la dictadura, la guerra civil y la destrucción, hasta una nueva sociedad democrática donde se preserven la vida cívica y la justicia social». Hoy, Afrin es parte de la Federación Democrática del Norte de Siria, que establece un sistema secular de autogobierno federal con un compromiso con la democracia radical, la ecología y la liberación de las mujeres para los kurdos, árabes, turcomanos, siriacos-caldeos, asirios, chechenos y armenios que habitan la región. Esto es especialmente significativo cuando Erdogan defiende una doctrina de supremacía nacionalista y utiliza el lenguaje de la limpieza étnica al distorsionar la demografía del norte de Siria y declara «devolver Afrin a sus legítimos propietarios», haciéndose eco de las políticas racistas del partido Baath que se remontan a la década de 1960.
En los últimos años, especialmente desde la histórica batalla por la ciudad de Kobane en 2014, la política emancipadora del norte de Siria -que los kurdos llaman Rojava- ha sido un faro de esperanza en una región destruida por la guerra, el caos y el derramamiento de sangre. Las mujeres han tomado la delantera en todas las esferas de la sociedad y establecen una representación equitativa en las estructuras de gobierno a través de cuotas y principios de copresidencia del 50%, junto con un movimiento de liberación popular masivo y radical de mujeres por medio de unidades de autodefensa, comunas y asambleas autónomas, academias y cooperativas económicas.
Esta conciencia política emancipadora fue la fuerza motriz tras la resistencia kurda en Kobane; lo que motivó a la administración Obama a cooperar con las fuerzas YPG / YPJ y las fuerzas multiétnicas sirias formadas posteriormente como sus socios sobre el terreno en la lucha contra ISIS. Las posiciones ideológicas opuestas dejaron claro que ninguna de las partes podría trabajar con la otra más allá de la cooperación militar contra este enemigo común. Lo que está en juego en Afrin hoy también es el futuro de una propuesta de coexistencia democrática y multicultural para la sociedad y la política de Oriente Medio.

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Combatiente kurda de las YPG, 19 de enero de 2018. Fuente: Kurdish Struggle, CC

 
El ataque a Afrin solo aumentará el autoritarismo de Erdogan
Como saben los observadores de la guerra de Erdogan contra los kurdos, el actual ataque contra Afrin debe situarse en el contexto de la hostilidad racista de larga recorrido de Turquía hacia cualquier perspectiva de autodeterminación kurda, incluidos los derechos democráticos dentro de los Estados existentes. Al calificar cualquier intento de autodeterminación de «separatismo» y «terrorismo», Turquía intenta legitimar sus crímenes de guerra a los ojos de la comunidad internacional.
Desde que el proceso de paz entre el Estado turco y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) se rompió en el verano de 2015, y especialmente después del intento de golpe de Estado en julio de 2016, el Estado turco ha cometido varias masacres contra civiles kurdos, mientras decenas de miles de personas han sido arrestadas, y muchas más atacadas, saqueadas, heridas o desplazadas.
Los co-presidentes del Partido Democrático de los Pueblos (HDP), diputados legalmente elegidos, miembros del partido y alcaldes están hoy en prisión desde 2016, algunos de ellos aún sin cargos. Cientos de periodistas se encuentran en las cárceles turcas, lo que, según Reporteros sin Fronteras, convierte al país en ‘la prisión más grande del mundo para el personal de medios de comunicación’. Cerca de 150.000 servidores públicos han sido despedidos, más de 100.000 civiles fueron detenidos, 50.000 arrestados desde el fallido intento de golpe de julio de 2016. Más de 8.000 académicos han perdido sus trabajos. Mientras que algunos han sido acusados ​​de actividad golpista, la represión contra los académicos ha se desarrollado especialmente después de que 1.000 académicos firmaran una petición instando al Estado a detener su guerra contra los kurdos y regresar al proceso de paz. Abogados, defensoras de los derechos de las mujeres, activistas comunitarios y otros disidentes están entre las miles de personas encarceladas bajo cargos de terrorismo.
Mientras que todo el país ha quedado bajo ‘estado de emergencia’ desde el intento de golpe de 2016, las regiones kurdas se han militarizado cada vez más y han recibido tratamiento extrajudicial bajo la ley marcial, legitimando la limpieza étnica, el asesinato indiscriminado y la destrucción sistemática de asentamientos enteros. Según un informe de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH), entre 355.000 y medio millón de civiles kurdos han sido desplazados por la fuerza, mientras que el ejército turco ha asesinado a cientos de civiles. Estas cifras siguen siendo conservadoras, ya que las autoridades no permitieron a la delegación un acceso adecuado a las regiones afectadas. El informe describe a la ciudad sometida al toque de queda con términos como ‘apocalíptico’.
La caza de brujas de hoy contra quienes se oponen a la guerra se hace eco de las políticas de los últimos años. El gobierno anunció una «Operación de medios sociales» para buscar y acusar a los usuarios de redes sociales que expresaran su desacuerdo con la guerra. Los programas de televisión ponen en entredicho y apuntan a celebridades que no han respaldado la guerra ilegal. Actualmente, hay cientos de personas arrestadas por hablar en nombre de la paz.
¿Dónde está el movimiento contra la guerra?
Como debe quedar claro por la naturaleza de la operación de Turquía y la complicidad de los poderes involucrados en la guerra, mediante la aprobación tácita o directa o el comercio de armas, los ataques contra Afrin constituyen una alianza militar internacional contra un pueblo democrático, multiétnico y multirreligioso, donde se lucha activamente por la liberación de las mujeres, lo que, de hecho, se institucionaliza en todas las esferas de la sociedad. En una región plagada de nacionalismo, extremismo religioso y violencia sectaria, alimentada por un grupo genocida como ISIS, Afrin ha sido refugio de yezidis, cristianos, alevíes y musulmanes de todos los orígenes étnicos. Para que se estableciera este sistema, miles de personas en el norte de Siria se han sacrificado y siguen arriesgando sus vidas. Para los que no quieren entregar el destino de una región entera a regímenes dictatoriales y explotadores imperialistas, es crucial movilizar un frente común contra esta guerra internacional contra un destino alternativo para Oriente Medio, libre de muerte y caos.
Al igual que durante el asedio de Kobane en 2014, cientos de miles de personas han salido a las calles de todo el mundo desde el inicio del ataque a Afrin. Entre las personas que han estado ocupando calles, estaciones de tren, aeropuertos, plazas públicas y autopistas en toda Europa para protestar por los ataques turcos contra Afrin en la actualidad, hay miles de refugiados que han huido de Siria e Irak de la guerra y la destrucción. Hoy se manifiestan contra el hecho de que sean esos mismos gobiernos, que se describen a sí mismos como defensores de los derechos humanos, los que proporcionan apoyo político o militar a estados antidemocráticos y abiertamente fascistas en Oriente Medio, un acto que sólo fortalece aún más la mano de poderes como ISIS, que ha sido la razón por la que la gente ha huido de sus hogares. Pero entre los cientos de miles de manifestantes también hay antiguos refugiados kurdos que huyeron de las guerras patrocinadas por el comercio de armas en las últimas décadas. Al igual que Turquía usaba tanques alemanes para destruir 5.000 pueblos kurdos en la década de 1990, para cometer masacres civiles y desplazar poblaciones enteras y, al igual que el Irak de Saddam Hussein usaba sustancias químicas proporcionadas por los Estados europeos para cometer genocidio contra los kurdos, hoy son tanques Leopard alemanes los que están siendo utilizados en una invasión transfronteriza que viola el derecho internacional. La comunidad kurda ve repetirse la historia de complicidad de los gobiernos occidentales en la muerte de millones de civiles.
El ataque a Afrin es uno de esos pocos casos en que las potencias más influyentes del mundo se unen en un frente común para atacar a los nativos de una región y su intento de organizar sus propias vidas con dignidad, justicia y libertad. Debería ser una preocupación ética fundamental para todos aquéllos que se oponen a la guerra y al militarismo hacer frente a los crímenes de Turquía.
 
Dilar Dirik es una activista del movimiento de mujeres kurdas. Escribe para una audiencia internacional sobre las luchas por la libertad en Kurdistán y actualmente está terminando su doctorado en el Departamento de Sociología de la Universidad de Cambridge.

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