La igualdad de género y el conflicto turco-kurdo

Mujeres kurdas se manifestaron en Estambul (Turquía) para conmemorar el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, portando carteles con los nombres de mujeres asesinadas por hombres. (Erhan Demirtas/NurPhoto vía Getty Images).

Fuente: Newlines Institute

Autora: Meghan Bodette

Fecha de publicación original: 29 de septiembre de 2021

El movimiento de las mujeres kurdas en Turquía ha logrado avances significativos hacia la igualdad en medio de un conflicto cuya dimensión de género está directamente relacionada con los problemas de seguridad más amplios del país.

El actual conflicto entre Turquía y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), que es a su vez una fase de un conflicto más largo entre el Estado turco y su minoría kurda, debe entenderse en términos de género, así como geopolíticos y étnicos. Mientras que las fuerzas de seguridad turcas utilizan la violencia y la discriminación generalizadas contra las mujeres kurdas como táctica de guerra y represión política, el movimiento de mujeres kurdas que se originó en Turquía ha respondido promoviendo la igualdad de género en una amplia gama de estructuras militares y políticas que comparten su ideología. Si Estados Unidos quiere abordar la crisis del autoritarismo y el militarismo en Turquía de acuerdo con sus propios intereses, no puede ignorar los éxitos probados de un movimiento de mujeres con raíces locales que ha logrado avances concretos.

Desde la fundación de la moderna república turca sobre principios nacionalistas en 1923, los sucesivos gobiernos turcos han sometido al pueblo kurdo, que constituye casi el 20% de la población de Turquía y vive principalmente en el sureste del país, a masacres, opresión sistémica y asimilación forzada.

Este conflicto entre el Estado y su mayor minoría étnica entró en una nueva fase a finales de la década de 1970 con la creación del PKK, un movimiento armado de liberación nacional que pretendía la creación de un Kurdistán independiente y socialista. El grupo lanzó sus primeros ataques contra puestos militares turcos en agosto de 1984.

La guerra posterior se ha cobrado decenas de miles de vidas y ha desplazado a millones de civiles kurdos. También se ha extendido más allá de las fronteras de Turquía, desestabilizando aún más los ya complejos conflictos en Siria e Irak.

Entre 2013 y 2015, el gobierno del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) se convirtió en el primer gobierno turco no solo en alejarse de una política de negación total de la identidad kurda, sino también en intentar seriamente las conversaciones de paz y buscar una solución política al conflicto. Sin embargo, desde el fracaso de estas negociaciones, la reanudación del conflicto ha coincidido con un retroceso democrático y el desarrollo de una política exterior turca más militarista, cuestiones ambas que preocupan seriamente a Estados Unidos, que cuenta con Turquía como aliado desde hace mucho tiempo.

Estos acontecimientos son el origen de las tensiones entre Turquía y las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) que han provocado dos invasiones turcas en territorio sirio y han supuesto un desafío continuo a la campaña contra el ISIS liderada por Estados Unidos. También alimentan las fuerzas políticas autoritarias dentro de las fronteras de Turquía que han contribuido al empeoramiento de las relaciones de Turquía con sus aliados y al calentamiento de los lazos con Estados como Rusia.

Los vínculos entre la igualdad de género, la paz y la seguridad están bien establecidos. Dado que el gobierno de Biden pretende promover los derechos de las mujeres y las niñas, apoyar a las democracias frente a las autocracias y rebajar las tensiones en Oriente Medio en favor de la diplomacia, promover un acuerdo de paz que incluya la perspectiva de género en un conflicto que afecta directamente a la política y a la política exterior de un miembro clave de la OTAN estaría en consonancia tanto con estos compromisos como con otros intereses.

El movimiento de las mujeres kurdas

Las mujeres kurdas de Turquía desarrollaron y pusieron en práctica un paradigma único para el empoderamiento de la mujer que ahora es aceptado, en diversos grados, por mujeres y hombres de muchas etnias en diversas instituciones militares y políticas.

Los conflictos armados y los movimientos de liberación nacional suelen ofrecer a las mujeres la oportunidad de superar los roles sociales tradicionales impuestos por las sociedades conservadoras. Sin embargo, por lo general se espera que las mujeres subordinen las demandas de género a las preocupaciones inmediatas del esfuerzo bélico o la causa nacional.

El movimiento kurdo de Turquía no fue inicialmente diferente. Sin embargo, dos procesos simultáneos y mutuamente constitutivos que se produjeron a lo largo de cuatro décadas -una insistencia desde la base por parte del creciente número de mujeres en el movimiento para que la liberación de la mujer se priorizara como parte de la lucha kurda, y un cambio desde arriba en la ideología oficial del movimiento- han superado en gran medida esta dinámica.

Estos procesos comenzaron dentro del propio PKK a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, y se extendieron al ámbito civil a mediados de la década de 2000, a medida que se fortalecían los partidos políticos legales prokurdos que buscaban una solución pacífica al conflicto.

En la actualidad, la filosofía política que comparte el movimiento kurdo por la libertad se basa en el principio de que la opresión de la mujer por el hombre conduce a todas las demás formas de opresión. Se aplican ampliamente tres medidas específicas para aumentar la representación y el poder político de las mujeres: un sistema de copresidencia para garantizar la paridad en el liderazgo; cuotas femeninas para asegurar una representación equilibrada; y el principio de organizaciones femeninas paralelas y autónomas que trabajan junto a las organizaciones de género mixto y tienen la capacidad de criticarlas y anularlas en cuestiones relativas a las mujeres.

Estas medidas han conseguido aumentar la participación política significativa de las mujeres. El Partido Democrático de los Pueblos (HDP), prokurdo y segundo partido de la oposición en Turquía, aplica las tres medidas.

Como resultado, el 36% de los diputados del HDP elegidos en las últimas elecciones parlamentarias eran mujeres, aunque éstas sólo representan el 17% del parlamento turco. La discrepancia es mayor a nivel local: el 65% de todas las alcaldesas elegidas formalmente en las últimas elecciones municipales de Turquía eran del HDP, aunque el partido sólo recibió el 4% de los votos a nivel nacional.

También han provocado cambios sociales. Un estudio de todos los municipios de Turquía que tuvieron alcaldesas entre 2004 y 2014 descubrió que solo los controlados por los partidos prokurdos de entonces (el DTP y el BDP) habían aplicado políticas sustantivas para abordar la violencia contra las mujeres. Los municipios dirigidos por mujeres del AKP, nacionalista-islamista, y del Partido Popular Republicano (CHP), laico-nacionalista, no adoptaron estas medidas. El estudio señaló que se había producido un descenso de los índices de violencia doméstica en las provincias en las que actuaban los partidos prokurdos, lo que sugiere que estas políticas tuvieron el efecto deseado.

Los votantes kurdos que apoyan a los partidos pro-kurdos también se oponen menos al liderazgo de las mujeres que los votantes kurdos que apoyan al gobernante AKP. Según una encuesta de 2018, los kurdos que votaron al BDP prokurdo eran significativamente menos propensos a estar de acuerdo con las afirmaciones de que “los hombres son mejores líderes políticos que las mujeres” y de que “si una mujer gana más dinero que su marido, es casi seguro que causará problemas” que los kurdos que votaron al AKP o a otros partidos mayoritarios.

La respuesta de Turquía

Aunque el movimiento kurdo ha asumido la libertad de las mujeres como una causa equivalente en relevancia a la liberación nacional kurda, los esfuerzos de Turquía por buscar una solución militar al conflicto con el PKK se dirigen sistemática y desproporcionadamente a las mujeres y las niñas, dañándolas y restándoles poder.

El impacto más evidente es el de la violencia estatal directa contra las personas. Las fuerzas de seguridad turcas utilizan regularmente la violencia sexual y de género como táctica de intimidación en las regiones kurdas, y prácticamente nunca son castigadas por estos abusos.

En un informe de 2002, Amnistía Internacional constató que “la mayoría de las mujeres [en Turquía] que denuncian actos de violencia sexual por parte de las fuerzas de seguridad del Estado son kurdas o expresan opiniones políticas inaceptables para el ejército o el gobierno”.

Los casos más destacados han tenido como objetivo a las mujeres kurdas que defienden pacíficamente la igualdad de género y los derechos de las minorías. Las mujeres y las niñas sin afiliación política también se han visto afectadas, especialmente durante los periodos de fuerte actividad militar en las regiones kurdas.

Las supervivientes se enfrentan a barreras sociales y legales sistemáticas para denunciar estos abusos, que incluyen la posibilidad de muerte o encarcelamiento. Las organizaciones de derechos humanos han documentado casos de mujeres y niñas que fueron asesinadas por sus familiares varones tras revelarse que habían sido violadas por las fuerzas de seguridad. En 2001, después de que abogados, grupos de derechos humanos y supervivientes celebraran una conferencia histórica sobre la violencia sexual desenfrenada de las fuerzas de seguridad en Turquía, 19 participantes fueron procesados por cargos contra el Estado.

Estos abusos no son una reliquia de una época anterior de conflicto más intenso. Un informe de las Naciones Unidas de 2017 citaba la violencia sexual -incluidas las violaciones, las amenazas de violación y la toma y difusión de fotografías de desnudos- como una forma de tortura y trato degradante utilizada por las fuerzas de seguridad turcas cuando se reanudaron los combates en las regiones kurdas tras la ruptura de las conversaciones de paz en 2015. La Fundación de Derechos Humanos de Turquía descubrió que, solo en 2020, alrededor del 40 % de las víctimas de tortura en Turquía declararon haber sido sometidas a alguna forma de violencia sexual bajo custodia.

Las estrategias políticas de Turquía para contrarrestar tanto al PKK como a los grupos civiles kurdos legales también perjudican a las mujeres y las niñas. Las mujeres kurdas individuales que defienden pacíficamente los derechos de las mujeres y las instituciones civiles creadas por y para las mujeres kurdas para hacer frente a la violencia y la discriminación se han convertido cada vez más en objetivos de la “guerra contra el terror” del Estado.

Desde 2015, muchas de las políticas kurdas destacadas de Turquía han sido destituidas de sus cargos electos, encarceladas o ambas cosas. Cinco de los 10 diputados actuales o antiguos del HDP que están actualmente en prisión son mujeres. Los fiscales han citado el uso del sistema de copresidencia a nivel municipal como prueba de actividad terrorista en los procesos contra alcaldes electos del HDP. Las instituciones de mujeres kurdas, especialmente las que se ocupan de la violencia de género, también se han enfrentado a repercusiones legales por motivos de seguridad nacional.

Al tiempo que equipara las organizaciones legales de mujeres kurdas con el terrorismo, el gobierno turco ha utilizado la lucha contra el PKK para promover grupos kurdos hostiles a la igualdad de género.

Los “guardias del pueblo”, un grupo paramilitar creado en la década de 1980 para luchar contra el PKK, están organizados según líneas tribales, lo que refuerza algunos de los elementos más conservadores y patriarcales de la sociedad kurda. Estas milicias han sido acusadas de cometer graves delitos contra mujeres y niñas y de utilizar su relativo poder para eludir el castigo por estos delitos. Human Rights Watch citó la violencia sexual perpetrada por los “guardias del pueblo” en una declaración de 2006 en la que se defendía la necesidad de abolir este sistema.

Una organización paramilitar islamista kurda que recibió apoyo del Estado contra el PKK, conocida como Hezbolá, se hizo tristemente célebre por el asesinato de Konca Kurish, una feminista turca que defendía los derechos de las mujeres en un marco religioso. Si bien el grupo armado ha desaparecido, su filial política, HUDA-PAR, ha prestado su apoyo a Erdogan en el sureste de Turquía.

Erdogan y el AKP también compiten abiertamente por los votos kurdos por derecho propio, algo que no han hecho los partidos gobernantes nacionalistas seculares de Turquía. El AKP suele quedar en segundo lugar tras los partidos pro-kurdos en las provincias kurdas, ganando los votos de los musulmanes suníes socialmente conservadores de allí. Esto no es sólo una estrategia de asimilación por parte del gobierno, que promueve la identidad religiosa por encima de la étnica, sino también una estrategia que promueve los roles sociales tradicionales de las mujeres y hace poco para desafiar la discriminación.

Por qué es importante

La violencia y la discriminación generalizadas contra las mujeres y las niñas forman parte del esfuerzo de Turquía por buscar una solución militar al conflicto con el PKK y a la cuestión kurda en general. Ese conflicto, a su vez, es un motor fundamental del autoritarismo y el militarismo turcos en la región.

La dimensión de género del conflicto está directamente relacionada con los problemas de seguridad más amplios que preocupan a los aliados de Turquía. Los Estados que tienen mayores niveles de violencia y discriminación contra las mujeres son más propensos a participar en conflictos violentos, más propensos a utilizar la fuerza en primer lugar en una disputa internacional y menos propensos a respetar las normas y los tratados internacionales. Todas estas afirmaciones pueden invertirse: Los Estados en los que las mujeres están seguras y protegidas son más pacíficos.

Por tanto, la situación de las mujeres en Turquía -en particular las kurdas, que son las que sufren el mayor grado de violencia- está directamente relacionada con los retos más acuciantes a los que se enfrenta Estados Unidos por el giro autoritario y militarista del gobierno del AKP.

Una solución política sostenible al conflicto entre Turquía y el PKK que se comprometa e incorpore las políticas y filosofías sobre la inclusión y el empoderamiento de las mujeres desarrolladas por los actores políticos y militares kurdos podría así transformar la situación de las mujeres de todas las etnias en Turquía y construir una estabilidad inclusiva en toda la región. Cuando los acuerdos de paz incluyen a las mujeres, duran más, y el movimiento de mujeres kurdas ya ha demostrado que puede abordar la violencia de género, hacer cumplir las protecciones legales para las mujeres y hacer que más mujeres entren en la esfera política, todo lo cual está correlacionado con un comportamiento estatal más pacífico.

Estados Unidos cuenta con marcos jurídicos que reconocen la importancia de la capacitación y el liderazgo de las mujeres para reducir los conflictos y apoyar la democracia. También existen argumentos para que Estados Unidos se comprometa a promover una solución política negociada para la cuestión kurda en Turquía. Por tanto, un acuerdo político que incorpore las mejores prácticas del movimiento de mujeres kurdas está dentro de los intereses de Estados Unidos. Utilizando su propia influencia económica y política con respecto a Turquía, comprometiendo a los aliados europeos y a las organizaciones internacionales que tienen relaciones estrechas con Turquía hacia el mismo objetivo, y apoyando a la oposición democrática y favorable a la paz y a la sociedad civil dentro del país, Estados Unidos podría cambiar su enfoque del conflicto en apoyo de este resultado.

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